El Salvador, plaza del barrio maldito

‘En la en la plaza se alza una iglesia. La iglesia tiene torre, ancha y firme, de piedra, dorada y verde. Y en la torre, sobre el tejado, chato, también este año ya han hecho nido las cigüeñas’.

Con esta apertura comenzaba un extraordinario relato Julián Mª Otero Rubial  (Segovia 1887-1930), en uno de sus escritos en los medios de comunicación, en este caso El Heraldo, sobre una de las plazas del arrabal segoviano, que bajó el título genérico de ‘La Ciudad, al agua-fuerte’, insertaba, cuando conveniente lo estimaba, en el  referido semanario. Año 1927.

En tan detallado escrito, Otero describe, con un gran realismo, la situación del barrio a principios del siglo XX. Pasen y lean.

‘Plaza de El Salvador. Amplia y encuestada. Cimentándose por tres de lados de su cuadrado, casi regular, unas fachadas próceres, de portada de piedra, de herrajes roñosos… las casas de los Vírseda, de los Ortiz de Paz y de los González de la Bodega; algunas que fueron, en el antaño próspero de la ciudad, obrages de paños, como lo dicen sus altos tendederos; y la casa rectoral y otra donde asentó una fundación benéfica (Ochandátegui). El cuarto bastidor de la decoración fórmalo la fachada de la iglesia: el atrio tapado y cubierto de cal y un alto y recio paredón de piedra dorada y verdinegra.

Unas cuantas viviendas humildes, miserables más bien, pegadas a las mansiones señoriales cierran el escenario. Unas acacias arraigan en la rampa. Y en el centro de la plaza se abren los brazos de una cruz de granito, en cuyo pedestal, sobre plinto escalonado, está esculpida la buena memoria del donador; la misma cruz de cualquier plaza de cualquier pueblo, chico o grande, de España. Y como en plaza mayor de aldea, hay una fuente sin pilón y, casi siempre, sin chorro.

Plaza señorial que, a través de muchos lustros de venir a menos la ciudad toda y, más que la ciudad, los barrios que fueron dos veces célebres por su industria y por sus linajes, conserva su carácter. Plaza apartada y solitaria, a la que no llegan los ruidos de la ciudad invadida por un afán de limitación. Remanso de sol y de silencio en la plaza, en que se embalsan y serenan, se aclaran y purifican las aguas revueltas y turbias que le llegan por las callejas sombrías y mal afamadas, cauces de barro, miseria y vicio que cruzan el barrio maldito, donde se refugian los obreros que bordean la vagancia, el barrio de El Salvador  y de San Justo; calles de buen nombre y mal vivir, donde entornan sus puertas las posadas de la madre Celestina y de su tía fingida.

Por una de estas calles ‘de los Batanes’,-¡oh, tiempos en que cada dos casas una era fábrica de paños!-, entre bardas de huerta y puertas de mancebía, pasa todas las tardes el carro de los muertos, camino del cercano ‘Cerro del Ángel’. En una casucha de esta calle, en una tarde de carnaval, el juzgado levantó el cadáver de una vieja medio mendiga, medio proxeneta, que vivía sola y murió de hambre y frío sobre unas pajas podridas. La hallaron con una mano y la cara comida por el gato que era su única compañía, y acaso, el único pariente…

Media tarde. Por la plaza ha pasado un entierro; la campana del cementerio –La Golosa-, dobla penetrante. En el tejado de la torre, la cigüeña, de pie, machaca el ajo. Se oye, cercano, un clarín guerrero que toca una llamada. Al minuto, se repite el toque del clarín. Un cadete sale de un portal con un libro debajo del brazo’.

Mini biografía

Julián María Otero, escritor y poeta, comenzó a estudiar Filosofía y Letras y acabó haciendo derecho. En 1918 opositó y obtuvo plaza de funcionario, con destino en Hacienda (Ávila y Segovia). Con 16 años comenzó a escribir en periódicos y revistas (El Defensor, El Adelantado, Manantial…). Nos dejó un bello  libro ‘Itinerario Sentimental de la Ciudad de Segovia’, 1915. Cuando murió – de un infarto a los 47 años-, Antonio Machado escribió: ‘He conocido pocos hombres tan nobles, tan limpios de alma, como Julián Mª Otero’.

‘Su obra destaca por un gran lirismo y llena de amor por su tierra natal. Tenía un carácter difícil y recto en su comportamiento, de gran austeridad, lo que le llevó a ser un solitario’ (Alfonso Ceballos-Escalera en su descripción sobre el escritor).