El rito de Todos los Santos

Es probable que la vocación por los ritos sea propia de personas con poca imaginación, incluso de aquellos que tienen un miedo atroz a lo nuevo, y se anclan en tradiciones como manera de demostrar que la existencia —como diría Spengler— tiene algo de circular, y que el gusto por lo conocido y vivido es una autoafirmación personal y social. Pero también es posible que el rito suponga un deseo de romper la monotonía de la existencia; al fin y al cabo es el rito el que diferencia una hora de otra, un día del equivalente, una estación, una fecha, un acontecimiento. La existencia repetida de manera continua, cansa. Da más placer lo esporádico; lo que se espera porque tiene su momento de llegada; lo que se desea porque se sabe que tarde o temprano, y coincidiendo con alguna circunstancia, va a acontecer, y que por eso supondrá un acontecimiento.

Desde hace muchos años celebro ritualmente el Día de Todos los Santos. No es que me llame la atención la muerte, más bien la detesto en su cruel vulgaridad, sino que me atrae el misterio antropológico y social que la rodea; incluso la belleza que se concita en la celebración de este día, mitad recuerdo de quienes han desaparecido por ley vital mitad exorcismo de lo que obligatoriamente ha de acontecer. Los mexicanos construyen altares que rellenan de pequeños lamines culinarios: chocolate, tortitas fajitas… que una vez concluido el tiempo del recuerdo devoran ellos mismos, quiero decir, los vivos. Es un culto al recuerdo pero también una exaltación de la vida, como si los pequeños placeres jugaran la función de unir a quienes se fueron con los presentes; como si el placer fuera un elemento capaz de superar la muerte porque se transmite entre los vivos; más que las creencias, más que las ideas.

«Las palabras, como los placeres, poseen la capacidad de transmitirse, de quedar latentes cuando la muerte ha arramblado con la existencia de su creador»

Durante la festividad de Todos los Santos suelo leer siempre los mismos libros. Las palabras, como los placeres, poseen la capacidad de transmitirse, de quedar latentes cuando la muerte ha arramblado con la existencia de su creador. Es un consuelo ridículo para el autor, pero un goce para quien revive el pensamiento que subyace en estos minúsculos signos que conforman junto con la pintura el mayor logro de los humanos en la historia de la existencia.

Leo El cuervo, de Edgar Allan Poe. Y leo Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Ya sé que podrían ser otras las lecturas, incluso más españolas, como Don Juan Tenorio, de José Zorrilla —costumbre que se ha perdido en muchos teatros nacionales, aunque hoy aquí, en esta página, lo recuerde Madrigal—, o el capítulo XVI de la segunda parte de El Quijote, en donde, a propósito de El retablo de Maese Pedro, Cervantes demuestra que el protagonista de la historia que se encamina a su final es definitivamente en su sinrazón un muerto en vida, un espectro que deambula sin otro fin que protagonizar astracanadas.

Ya puestos, podría volver a contemplar El séptimo sello, de Ingmar Bergman, hoy más excitante desde su atemporalidad que cuando la vi por primera vez a mitad de los setenta, y me aterró. Y si no fuera porque preside mis momentos de ocio de manera reiterada —y por lo tanto se aleja de la condición de rito que comentaba antes— releería la Antología de la literatura fantástica, de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampos, en donde se recoge uno de los textos más breves y magníficos de este género literario. Se titula Un creyente, y se debe a la pluma de George Loring Frost.

El ambiente, la atmósfera, la sorpresa, el paseo por otros mundos que salen a relucir de manera solo livianamente perceptible, rompe en estas obras la monotonía, los convencionalismos, el exceso de realidad —y de lo que es peor: de superficialidad existencial— del día a día. Es el valor del rito para convertir un día cualquiera en otro con una belleza ceremonial especial.

Por si no hubiera bastante con las muestras reflejadas en las líneas anteriores, recomiendo también la lectura de Alguien camina sobre tu tumba, de Mariana Enríquez, un paseo sobre las ciudades de los muertos —verbigracia: cementerios— de todo el mundo. Y sumándome a la faena, elijo tres —alguno de ellos no aparece en la obra: cuestión de gustos—: El cementerio de los ingleses, en Málaga, el Père Lachaise, en París, y el alpino de Zermatt.

Y no olvido otro rito: los Buñuelos de Viento y los Huesos de Santo. Desde hace once años —los ritos también experimentan su renovación— los como y disfruto de la misma pastelería de Segovia. Son un manjar. Y una manera radical de afirmar la vida creando desde el placer futuros recuerdos.