El rey Pirro y la derecha

Pirro, apodado el águila por los suyos, fue rey de Epiro, un estado griego de la antigüedad, entre los siglos IV y III antes de Cristo. Ejerció su gobierno en dos épocas. No era un rey en el sentido tradicional de la palabra, sino un caudillo, la autoridad política suprema: basileos, en griego clásico. Resultaba Pirro un gobernante ambicioso y pendenciero. No se conformaba con lo que tenía, quería siempre más. Se ocupó con mayor ahínco de las conquistas que de administrar lo conquistado. Extendió el poder de Epiro por territorios de Macedonia y Tesalia. Pero no le bastó con ello. Deseaba más, siempre más. La emprendió entonces contra la República romana, en aquella época un estado en ciernes, todavía sin el poderío que demostraría después, aunque ya despuntaba en su organización política y ciudadana.

“Otro triunfo como este y estamos perdidos”

Con la excusa de ayudar a los tarentinos, en la costa de Apulia, penetró en la península itálica. Corría el año 280 a.C. y Pirro tenía 38 años. Su impaciencia por poco le hace perder a un ejército devastados sus barcos expedicionarios por una tormenta. Aún con ello, se aprestó con determinación a enfrentarse a los romanos. Pirro actuaba con la misma suficiencia con la que un lobo se abalanza contra lo que cree una pieza fácil. Nada se interponía en su deseo de vencer a Roma. Y la venció. En la batalla de Heraclea. Sonaron vítores y los poetas ensalzaron su nombre con bonitos versos. Perdió a muchos soldados. Pero había ganado. Saboreaba con delectación la victoria. No se daba cuenta el general griego, preso como estaba de la borrachera del éxito, que aunque los enemigos habían acumulado más bajas en la batalla, su capacidad de recuperación era mayor, y su ejército poseía más facilidad para acceder a nuevas levas que el de Pirro. No gestionó bien la victoria. En vez de pactar con el vencido con la fuerza que otorga el triunfo, y conseguir un acuerdo para la administración de los territorios al sur de la península, el general seguía en su empeño de conquistar Roma. ¿Para qué? Daba igual. Su objetivo era la victoria, sin más, aunque la estrategia a largo plazo ocultara el verdadero fin de todo buen gobierno: la administración inteligente –es decir con eficiencia- de los recursos de los que dispone, no el hecho en sí del triunfo. La guerra volvió en el 279 a.C. Fue en la batalla de Aesculum. Volvió a vencer Pirro, pero la victoria le reportó poco. Tan es así que respondiendo a las felicitaciones por haber derrotado a los romanos, el general, el gobernante, el rey de Epiro, contestó: “Otro triunfo como este y estamos perdidos”.

“Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia”

Siglos más tarde, Rudyard Kipling escribió una frase que siempre me ha parecido digna de grabarse, como si se tratara de una filacteria, en la frente de toda persona que se precie: “Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia”.

Pablo Casado tiene dos años más que Pirro cuando este se embarcó para la conquista de Roma. Isabel Díaz Ayuso, cinco. Han transcurrido desde entonces veintitantos siglos. Pero los políticos por lo general nunca aprenden de las enseñanzas de la historia. Pirro se replegó a su tierra con triunfos bajo el brazo. Pero triunfos baldíos. Los romanos hicieron de su ciudad el núcleo de un imperio del que todavía subsisten sus huellas en la cultura occidental. El rey de Epiro murió asesinado después de que una teja lanzada por una anciana le golpeara tontamente la nuca y le dejara sin sentido. Ha legado a la posteridad un concepto: victoria pírrica; triunfos que solo guardan en el nombre la estela del éxito porque son solo sombras personales que apagan cualquier destello que pudiera derivarse de la acción. Las batallas ganadas encierran en sí, en ocasiones, más amenazas que las perdidas, porque, siguiendo a Kipling, su impostura alimenta el ego, que es mucho peor y más peligroso que el sentimiento de derrota. Una persona inteligente pronto se recupera de un fracaso, una torpe, mediocre, nunca lo hace de un éxito.

Los políticos en general, pero los de derecha en particular, tienen una propensión enorme a dispararse en el pie cuando huelen la victoria. José María Aznar gestionó mucho mejor con mayoría simple que con absoluta. Los aires de grandeza le perdieron. Su figura terminó enterrada en El Escorial, pero no en el panteón de la Casa Real española, sino en la vulgaridad de una boda. Ahora Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso están en las mismas. Hace unos meses escribíamos que el problema de Ayuso podría ser el no gestionar bien la victoria. En realidad, lo hemos visto, es una epidemia general, que la historia ejemplifica. Pablo Casado, por su parte, demuestra la impaciencia de Pirro en el desembarco de Italia. Cuando quiera acudir a la vía diplomática será tarde, porque cada tiempo tiene su afán. Incluso las guerras. Las guerras reclaman su arte, como escribió Sun Tzu. El supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar. Que el olor de la victoria no excite en su impostura los sentidos y anule la inteligencia. Que no es otra cosa, en estas lides, que saber en dónde reside el enemigo principal y aliarse ante él con el enemigo secundario.