El poder de la educación

28 de julio de 1936. Las fuerzas golpistas detienen a un maestro en su domicilio, en la calle Trinidad número cuatro de Segovia, arrancando su cuerpo de los brazos de la esposa y su pierna del apretón desesperado del hijo mayor, de seis años de edad. Tras pasar tres días en la cárcel vieja –actual casa de la lectura– es conducido para su traslado a Valladolid, donde no llega jamás, ya que por el camino, en el Puente Uñez, es ejecutado.

Aquella mujer, también maestra de escuela, viajera, reformista, innovadora, fue tomada como modelo ejemplarizante de la más severa represión del régimen frente a enseñantes liberales. Tras ser sometida al denominado “proceso de depuración”, cesada y suspendida de funciones y nómina, fallece el 23 de marzo de 1937 en las más absoluta indigencia.

Ese niño de seis años que se agarraba a los pantalones de su padre, se forjó a sí mismo como hombre, llegando a ser una figura viva de la medicina en la segunda mitad del siglo XX en esta capital. El maestro, Ángel Gracia, mi abuelo. La maestra, Fuencisla Moreno, mi abuela y, aquel niño, Ángel Gracia, mi padre.

Esta historia personal, unida a una insaciable y voraz curiosidad por la enseñanza y la medicina desde que recuerdo, me impulsa a escribir una breve reflexión sobre el poder de la educación.

Desprovisto, a estas alturas, del menor atisbo de odio o de venganza, utilizando una mente serena y analítica, no dejo de añorar aquellos años de esplendor cultural que vivió nuestra capital a lo largo del primer tercio del siglo XX. Esa edad de plata –que dio lugar a esa magnífica exposición que hemos podido disfrutar hasta hace no mucho tiempo en el Torreón de Lozoya, aprovechando la celebración del centenario de El Adelantado– se encuentra muy cerca de mi corazón y muy lejos de la actual Segovia del cochinillo y el cordero.

En aquellos tiempos, coincidieron aquí un grupo de intelectuales que gestaron una de las mayores odas a la libertad escritas durante un estado de paz, jamás cantadas en este país. La base fundamental de aquel movimiento fue, sin lugar a dudas, el compromiso personal, la formación intelectual y la vocación social de todos ellos. En aquel caldo de cultivo, maestros y maestras de extraordinaria valía, abrazaron las ideas de la Institución Libre de Enseñanza. La libertad de cátedra era uno sus pilares más enraizados. La instrucción, no solo sobre conocimientos, sino también sobre el carácter, la formación integral del alumno, el desarrollo de un inseparable cuerpo-espíritu, el aprendizaje experiencial y práctico de los contenidos, el despertar la intuición personal, la evaluación continua superando el anacronismo de exámenes, la educación física, el desarrollo de las capacidades artísticas, el respeto a la persona, el sustento sobre unos pilares morales básicos y universales, el rechazo de un único libro de texto impuesto, el trabajo personal, el fomento de la creatividad, el amor al aprendizaje y al estudio como elemento esencial en la vida del individuo más allá de la escuela, el autoconocimiento y el manejo emocional, son algunos de los principios de aquella educación. En definitiva, la enseñanza de “¿quién soy?

Años luz separan al actual sistema educativo de aquellos ideales que no fueron ideas, sino realidades. Aquellos maestros ayudaban a los niños a encontrar los dones y talentos que cada uno de ellos había traído a esta existencia, dándoles las herramientas prácticas para poderlos desarrollar y, de este modo, ofrecerles la posibilidad de ser felices durante el resto de sus vidas, participando en la creación de una sociedad próspera basada en lo mejor que podía aportar cada individuo. Ahora, sin embargo, todo está encauzado hacia la creación de máquinas de trabajo desprovistas de decisión propia. Existe un pastor denominado Estado que dirige al rebaño formado por una mano de obra productiva cuya única libertad consiste en estudiar lo que le dejan las notas y no lo que les dicta su verdadera vocación. La necesidad los obliga a aferrarse a las migajas que les son ofrecidas y el miedo a perderlas. Los chicos “despiertos” se aburren como hongos ante un estúpido chorreo de contenido que nos les interesa en absoluto, son llamados hiperactivos y sometidos a tratamientos que anulan para siempre esa chispa de creatividad que no saben por dónde reconducirla.

Pero, lo más grave del asunto, es el poder oculto escondido tras el dominio de la educación. De ahí las modificaciones del sistema adaptándolo a los intereses del iluminado de turno. Merece la pena dedicar un instante a un somero repaso legislativo: La Ley General de EducaciónLGE— de 1.970, promulgada en las estribaciones de la dictadura, vigente hasta 1980, creadora del BUP y la FP. La Ley Orgánica por la que se regula el Estatuto de los Centros EducativosLOECE– de 1980, que se cocía cuando irrumpió Tejero entre Sus Señorías. La Ley Orgánica del Derecho a la EducaciónLODE— de 1.985, socialista, incorporó el sistema de colegios concertados. La Ley Orgánica General del Sistema EducativoLOGSE—, de 1990, doblegó la rodilla del PSOE ante las exigencias de los socios comprados para poder gobernar a cambio de la moneda de permitir la existencia de diecinueve paquetes educacionales diferentes. La Ley Orgánica de la Participación, la Evaluación, y el Gobierno de los Centros DocentesLOPEG— de 1.995, aprobada con la oposición de profesores y el resto de grupos parlamentarios. La Ley Orgánica de Calidad de la EnseñanzaLOCE— de 2.002, de Aznar, que jamás llegó a aplicarse, pues fue paralizada cuando Zapatero llegó al trono. La Ley Orgánica de EducaciónLOE— de 2006, también socialista, que mantuvo a la población entretenida con la sibilina polémica entre “religión” y “educación para la ciudadanía”. Llegó Wert en 2013, con su gran iluminación: La Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa —LOMCE—. Y por último, la Ley Celaá, una concesión a los socios separatistas para el mantenimiento del poder a toda costa.

Cualquier tipo de educación fuera de este sistema, no solo está prohibida, sino también penada para aquellos padres que intentan buscar enseñanzas alternativas para sus hijos.

En mis tiempos, el enemigo daba la cara. ¡Qué alegría sentí cuando murió el dictador!, para qué negarlo, y no fue precisamente por la semana de vacaciones que nos dieron. Ahora, el enemigo se disipa como la niebla y se cuela por todos los rincones ocultando tras él la luz de la verdad. Resulta necesaria una educación que forme a libre-pensadores que sean capaces de traspasar este velo y discernir lo que es Real.

Las grandes conquistas siempre se han llevado a cabo utilizando el arma de la educación. Lo que los musulmanes no consiguieron en India durante siglos a través de la fuerza, lo lograron los ingleses en unos años a través de la implantación de su propio sistema educativo. Y es que, el control de la educación es sinónimo de control de la población.