El pariente de Jesús Robledano

Uno de los regalos que tiene esto de andar como zascandil entre archivo y campus, biblioteca y aula, es conocer gente maravillosa, de amplia experiencia, conocimiento y mayor humanidad. Así, en los últimos veinte años he tenido la fortuna de participar en la lucha obrera con Ángel Herrerín; descifrar letras endemoniadas a la vera de José Miguel López Villalba; trasegar medio Medievo con el Maestro Manolo Ladero; pasar páginas incunables con Fermín de los Reyes, tesoro segoviano donde los haya; perderme en el trazos imposibles con el gran Diego Navarro; buscar mi sitio entre información y datos inmanejables, transparentes para Mercedes Caridad y Ana Reyes Pacios; transitar por los años del descubrimiento de la democracia con José María Marín Arce; reír a carcajadas entre beatos encerrados con mi querido José Luis La Torre; amar el cine con Josefina Martínez, la lucha de la mujer decimonónica con Florentina Vidal y entender el feminismo y la justicia política con Carmen de la Guardia. Me he pegado con la gestión de la información gracias a Carlos García Zorita y al Maestro José Antonio Moreiro y el origen de los vascones con María Pérex, cuya X final espero nunca pierda por mucho que se empeñen los correctores. Rafael Ramos me ha hecho confiar en los ingenieros, pilar básico de esta y cada una de las sociedades vividas. Holly Zimmerman me hizo amar las Minehaha Falls y Yukiko Okazaki, la española más auténtica de todas las nacidas en Japón, ha sabido anidar en mi ser una pasión por lo nipón que nunca perderé. En el programa de la Universidad de Oregon en Segovia encontré una familia que amplié en la sede toledana de la Fundación Ortega-Marañón, donde residirá parte de mi alma in saecula saeculorum, con los consejos antimodernos de Antonio Fornés.

Y haciendo memoria entre esta vorágine de hallazgos, caí en la cuenta de que uno de ellos tenía una relación sorprendente con este Paraíso. Colega de departamento y mucho más, mi querido Jesús hizo despertar en el que suscribe esta curiosidad irredenta que me consume ante la mínima relación con el Real Sitio. Podría referirles el amor que tiene por la sierra, caminante impertérrito de cuantas sendas partan hacia las cumbres del Guadarrama, por no aludir el asentamiento familiar a la sombra de la sierra de Quintanar. Todo ello y su aspecto desenfadado, la seriedad en la profesión y, obviamente, una tranquilidad innata que explota cual vendaval cuando la tormenta viene desde el Caloco, deberían haber sido indicios suficientes para ponerme en marcha. Ahora bien, lo que me envió directamente al Archivo Histórico Municipal fue, sin duda, su apellido, pues, llamarse Robledano suena a Real Sitio de San Ildefonso por lo cuatro costados. Unos pocos legajos más tarde pude asegurar que Jesús Robledano Arillo era pariente de quién fuera alcalde de este Real Sitio, Cándido Robledano Sanz.

Empresario, industrial y hotelero, Cándido había recogido el testigo de emprendedores locales tan exitosos como lo fuera José Carlos Wicht y Chipot. Siguiendo su estela, gestionó los Hoteles Europeo y Roma, así como los restaurantes y lobbies correspondientes. Dado el prestigio que alcanzó en aquella España a medio camino entre la democracia y el desatino, el pariente de Jesús ocupó la alcaldía en tres ocasiones. La primera de ellas, entre 1930 y 1932, le sirvió para experimentar el paso a una república ostentando el bastón de mando en la casa consistorial de la Plaza de los Dolores, siendo sustituido por Aquilino Gómez una vez se reformó la política local en base a la nueva constitución. En 1934 volvió a la responsabilidad en sustitución de Victoriano Lozano para tener que soportar la usurpación de la voluntad popular tras los sucesos de octubre de 1934, cuando el gobernador civil de Segovia laminó a medio consistorio pasándose la constitución por el arco del infante. Finalmente, en 1947, volvió al cargo, esta vez detentándolo tras la ocupación de este durante casi siete años por miembros de Falange Española. Finalmente, Cándido acabó por gastar siete años igualmente gestionando lo municipal desde la Casa Consistorial de San Ildefonso-La Granja, perdido el nombre de Real Sitio desde 1931, tal y como parece querer la Junta de Castilla y León en la actualidad, a decir de los carteles que ha impuesto en las entradas a este Paraíso.

Y en todos estos años vividos como alcalde, en toda la memoria hoy perdida del que fuera uno de los industriales más significativos de esta comunidad en los últimos cien años, este humilde Cronista no puede dejar de recordar que Cándido Robledano Sanz fue el único alcalde capaz de cerrar el ayuntamiento por falta de fondos. Acogotado por la falta de presupuestos, la ausencia de inversión pública en un municipio usado por todos y costeado por nadie, el pariente de Jesús publicó un bando en 1930 por el que echaba el cierre a la casa consistorial y santas pascuas. Incapaz de recaudar fondos y negándose a crear nuevos arbitrios que esquilmaran más a los pobres vecinos, tomó la honrosa decisión de abandonar el bastón para no incumplir la promesa de defender los intereses de los administrados.

Quizás por ello, porque se cansó de marear la perdiz para seguir ordeñando una teta seca y enfermiza, Cándido Robledano y su cierre consistorial siempre han sido uno de mis momentos favoritos en la historia del Real Sitio. Ya me gustaría a mí haber tenido más dirigentes en esto de estrujar lo público que hubieran preferido el cierre a tirar para adelante comprometiendo la existencia de una sociedad que, por no tener, ya hasta carece identidad a la que agarrarse. No olvidemos, queridos lectores, que en la responsabilidad de los líderes políticos se halla la supervivencia de la nación. Por ello, mirando hacia adelante, atrás, a un lado y a otro, recordando la desesperación del pariente de Jesús Robledano, sólo puedo pensar, como diría mi santa madre, en el rosario de la aurora.