El papa Francisco en silla de ruedas ¿debe dimitir? (y II)

Quedaba claro en mi artículo anterior, hace dos domingos, que no parece muy oportuno considerar la discapacidad, incluso la del Papa Francisco, como una “humillación”, ni tampoco como “sacrifico que ofrecer” por alguien o por algo, incluso referido a Dios. “El Padre Misericordioso, nos recuerda José María Marín, que tanto ha visibilizado el Papa en numerosas ocasiones, no parece muy acorde con un Dios que necesita sacrificios y ofrendas. El dolor y la enfermedad son amenazas que hay que tratar de evitar y contra las que debemos luchar con todos nuestros recursos técnicos y espirituales, cuando se producen en cualquier ser humano, hijo de Dios y hermano nuestro. No son desgracias ni castigos que llegan de una divinidad ofendida e insensible. No son, tampoco, una prueba o gracia especial que Dios utiliza con los que ama”.

En otro orden de cosas, surgen voces que sugieren que en su estado físico actual, el Papa debería replantearse su dimisión. ¿Es motivo suficiente el hecho de que tenga que desplazarse en silla de ruedas? No tiene ningún sentido hablar de la sucesión, al menos por esta causa. “La falta de movilidad de Francisco, explica el autor, nada tiene que ver con una incapacidad para el ejercicio de su ministerio y su servicio universal a la comunidad eclesial. Más bien todo lo contrario: “donde no pensamos nos viene el provecho” (Teresa de Ávila). Es de agradecer que se le pueda ver con normalidad cojeando, con bastón o en silla de ruedas. Lo que necesita para dirigir la Iglesia y llevar a cabo las reformas que tanto necesita, es un corazón sensible ante las necesidades y el sufrimiento de los pobres (como parece que tiene) y una mente sana y lúcida. Necesita fortaleza, gente noble y fiel a su lado que no permita que nadie tome decisiones por él o a sus espaldas. El secretismo y la ocultación de la fragilidad no hacen otra cosa que agravar el problema”.

Indica José Mª Marín que “vivir en fragilidad sus últimos años de pontífice quizá sea una bendición para el propio Francisco, para toda la Iglesia y para la humanidad “ y recuerda que “no sucedió lo mismo, con otra silla, la llamada “Silla Gestatoria”, aquella “silla”, que utilizaron los Papas demasiado tiempo y los presentaba ante el mundo como lo que nunca debieron ser (cónsules, jefes todopoderosos). Cuesta entender como pudimos llegar tan lejos como testigos del joven campesino de Nazaret al que todos vieron “abajarse” hasta el extremo de ocupar el lugar de los esclavos, lavando uno a uno los pies de sus discípulos y que nos dejó como testamento: ´…el que quiera hacerse grande y el primero entre vosotros, será vuestro servidor´… (Mateo 20, 26-27)”.

Concluye: “aquella otra “silla” ha sido sustituida por la silla de ruedas: un artilugio perfecto para paliar la limitación de movilidad y permitir a Francisco seguir activo, ejerciendo su ministerio. Trasladarse en silla de ruedas no es ninguna desgracia, ni para el Papa ni para la Iglesia, quizá sea, efectivamente, una verdadera bendición. La imagen de Iglesia que surgirá de esta experiencia será mejor, y más hermosa, que aquella otra excesiva y prepotente. Esta fragilidad del pontífice nos ayudará a gestionar la discapacidad únicamente como una circunstancia y valorar a las personas en su dignidad inalienable.

Aprender a convivir pacíficamente con la fragilidad corporal quizá sea la forma más sana y saludable forma de vivir. De la enfermedad decía Ignacio de Loyola que salió “hecho medio doctor”. Son millones de personas con discapacidad, creyentes y no creyentes, que lo testifican: viven en pie y con dignidad cada día de su vida, convirtiendo en oportunidades las amenazas y los miedos que provoca la enfermedad y la discapacidad. “Cargar con la silla de ruedas” probablemente obliga a caminar más despacio, al ritmo de los más lentos, pero al mismo tiempo, permitirá aprender juntos a gozar y compartir cada tramo del camino de la vida, ofreciendo en cada circunstancia de nuestra existencia, personal y colectiva, lo mejor de nosotros mismos”.