El Ochavo de Pepe García Lomas

Es mi amigo Pepe García Lomas un tipo inquieto. Amante del saber por encima del creer, pasa la mayor parte de su tiempo intentado acabar con esas lagunas que la ciencia nos lleva regalando eones. Encelado en descubrir aquello que no tiene explicación, exprime su sesera entre expertos compañeros y viejos textos ajados por el constante uso. Consciente de que, si no hay explicación, es porque la ciencia aún no ha encontrado la respuesta, transita por este mundo con una sonrisa diáfana, segura de que más pronto que tarde hallará respuesta a esa comezón que le obliga a echar mano de alguna guitarra que distraiga la duda. Ora en ascuas por la desaparecida empatía social, por la tergiversación del pasado, la indolencia del común o la injusticia imperecedera; ora comprometido con el refugio merecido por todo aquel que lo precise y con esa docencia que tanto ama, Pepe pasea sombrero y gafas por el Real Sitio con un no-sé-qué galán que le hace inherente al paisanaje. Igual que el exabrupto de Javier Herrero en el restaurante La Fragua, la media sonrisa de José en el Eclipse, la mirada penetrante de Ramón en La Fundición Restaurante o la carcajada de Luisete en el Castilla, ese transitar decimonónico y abastonado forma parte de un párrafo que bien podría haber escrito Ramón Mesoneros Romanos entre Casa L´Hardy, el viejo casino de la calle de Alcalá o el café Gijón de Gumersindo Gómez. Con el clarete sobre la mesa y la mirada juvenil y traviesa retándote a responder a cualquiera que sea el trabalenguas diario, mi amigo me empuja a desenterrar legajos de vetustos anaqueles donde hallar respuesta al debate envinado de una mañana cualquiera en este Paraíso serrano. Sin embargo, algunas veces la cuita trasciende a los vinitos rosados y sus primos, esos Godellos paridos secos y angulosos en Monterrey o estirados y cítricos en la Rúa Petit de Valdeorras que tan bien sientan a mi Compadre, el Sr. Bellette, y que tanto amara en el recuerdo Don Ángel, su Señor padre,. Meses hará que, acariciados por sedosos blancos de cristalino fulgor dorado en el patio que fuera de la vieja enfermería levantada por Andrea Procaccini por mandato de un orate coronado, Pepe dejó caer su preocupación por el sentido que un olvidado bosquete tenía en el conjunto del Jardín del Rey.

Situado por encima del laberinto construido a semejanza del diseño ideal de Antoine Joseph Dezallier d’Argenville, languidece un extraño bosquete de nombre arcano y utilidad incomprensible. Si bien es cierto que, entre el laberinto, la última línea que acomodara desde la Fuente fría Juan Vázquez, jardinero mayor a principios del XIX, y el desterrado parterre de los Bolandrines, abundan estos espacios terciados por un seto de carpe elevado e interior asilvestrado para que pacieran los faisanes de la reina parmesana. En alguno de aquellos brotan manantiales de gélido frescor sombrío como el de la fuente del Cañón y, un poco más arriba, el dedicado a Isidro Gordero, botánico de Carlos III, ilustre y desconocido vecino de este Real Sitio. Entre ambos penan en una desmemoria palmaria el llamado bosquete de los Perros al que dedicaré alguna que otra página futura y el que tanto preocupa a mi querido amigo. Conocido como bosquete del Ochavo, el condenado cuartel engalanado por un seto perdido y un acceso aún más inexplicable roe la mente de Pepe García Lomas y, desde aquel maldito vino leonés, la de este humilde Cronista.

Y bien es cierto que, por más que uno busque entre las muchas guías presentes y pasadas, escritos varios sobre paseos mitológicos y ufanas y diletantes escapadas cortesanas relatadas por quién correspondiera, ni una sola página parece dar salida a la duda de mi amigo. Presente en todos los planos habidos y por haber en el archivo que sea, el Ochavo del Jardín de Rey en La Granja de San Ildefonso constituye una divertida divergencia dentro del estudiadísimo ajardinamiento de la falda del Guadarrama a la sombra del Moño de la Tía Andrea. Tirando por las más antiguas representaciones, el plano de Méndez de Rao de 1734 lo muestra con el acceso en diagonal hacia la plazuela enrasada de forma artificial por una trinchera que soportaba una sencilla fuente hexagonal cuyos diques yacen sobre la vinca en eterno y tintado descanso de profundo y enmarañado liquen. Más esclarecedora podría ser la carta custodiada en la Biblioteca Nacional de París con toda la toponimia escrita en francés. Allí uno se encuentra con el Bosquet de l’Ochavo y, a diferencia del anterior, con una plazuela ochavada protagonizada por una fuente poligonal con el vaso partido en ocho lados.

Con todo, el extravagante acceso que ni siquiera parte de la plazuela conformada entre los cuatro bosquetes y la plazoleta peraltada por un pequeño talud atrincherado, ha venido escapando a explicación alguno durante los últimos trescientos años. Mi Compadre, que para estas cosas suele tirar de la intuición que los muchos años de jardinería y palacio le han reportado, no deja de ver en aquel acceso una pista para algún juego semejante a la petanca y que no resulte tan francés como para pervertir la toponimia local al modo de los Bolandrines, el Nocturnal o el Mallo. Un servidor, siempre atento a cualquier sugerencia que lo empuje a mover documentos del general olvido, incluso llegó a interesarse por el ancestral juego de las Bochas, quizás impelido por la proximidad entre ochavos y bochados a la sombra de inmensos calocedros, viejos cedros revirados, robles ancestrales y jóvenes pinos descomunales.

Sea como fuere, el desafío de mi querido amigo sigue rompiéndome el abotargado estío a la sombra de los muchos calores que las dudas tienden a atrapar en cualquiera que sea la rinconada de semejante vergel. Quizás, si me uniera a alguno de los muchos grupos de vecinos que, de un tiempo a esta parte, vienen reuniéndose en la plazuela del Ochavo para practicar las rutinas del famoso tàijí quan, entre lentos y acompasados giros de brazo al son de inertes piernas relajadas sobre la hojarasca sempiterna de un edén impoluto, algún destello de inspiración habría de llevarme a la resolución del problema.

Quizás, si hundiera mi resquemor en el atenuado oleaje encrespado de un gélido verdejo al frescor de algún castaño exultante, fuera capaz de salvar el picor que tanto molesta a Pepe García Lomas.

Quizás, digo, si no hiciera nada y dejara la duda crecer, mi amigo seguiría buscando mi compañía y este que suscribe, disfrutaría de una deliciosa derrota entre pinos y ochavos, vinos y Godellos, al arrebol de una feliz existencia que no habría de tener fin.

Eduardo Juárez
Eduardo Juárez
Historiador | Ver más artículos

Eduardo Juárez Valero es profesor en la Universidad Carlos III de Madrid. En 2012 fue nombrado Primer Cronista Oficial del Real Sitio de San Ildefonso. Doctor en Historia Medieval, cuenta con más de cuarenta publicaciones académicas, quince libros y experiencia en difusión y divulgación en medios de comunicación, entre ellos, El Adelantado de Segovia.