El nuevo Waterloo

He ido a ver la película Napoleón de Ridley Scott. Sinceramente mis expectativas eran superiores a lo que he visto, pero ya se sabe que días de mucho suelen ser víspera de nada. Véanla, aunque sólo sea por sus escenas épicas. En ella se relata una historia de amor tóxico entre Josefina y el Emperador Bonaparte, con un trasfondo bélico, de maquinación política y de vanidad personal al servicio —eso dicen— de un país, Francia.

Cualquier aficionado a la lectura ya sabe que, igual que la historia del Titanic pasa por un iceberg, el final de la era napoleónica pasa por Waterloo, una pequeña ciudad belga a pocos kilómetros de Bruselas… Y en estas andaba mi pensamiento cuando caí en la cuenta de que Waterloo, también hoy está en boga en España por ser residencia del huido Puigdemont. Ahora allí se libran batallas políticas que, al igual que el filme de Scott, también están al servicio de la vanidad personal, pero en este caso, de aficionados a estadistas y aprendices de estrategas de estado. ¡Qué casualidad! También hay intriga y oscurantismo político y relatores internacionales y… ¡Bingo! Además, desde ambos bandos, añaden que, también se presta un gran servicio al país. No veo en qué, pero supongo que se referirán únicamente a España porque Cataluña no lo es. ¡Otra casualidad! ¡Waterloo está de moda!

La batalla de Waterloo, además de los miles de muertos — cuyos restos, por cierto, se vendieron como fertilizante— tuvo otros protagonistas; el ego de los generales. Y en el Waterloo de nuestros días también. Es aplicable lo que decía Chevalier en su novela El miedo: “Dos estados mayores han entablado una lucha que pone en juego su vanidad y su reputación…de esta conquista depende el ascenso de uno y la desgracia de otro”. Pero en el nuevo Waterloo, el problema es que los dos bandos —PSOE y Junts— debieran hablar únicamente en nombre de su partido político y de su jactancia. Lo importante en una guerra de trincheras políticas es no pensar demasiado y seguir las directrices que nos marcan. Lo dijo Guerra: “El que se mueve no sale en la foto”.

La canción Waterloo de Abba dice: “Waterloo, knowing my fate is to be with you… now it seems my only chance is giving up the fight” Algo así como: “Waterloo, sabiendo que mi destino es estar contigo… ahora parece que mi única oportunidad es renunciar a la lucha”. Y Sánchez aplica la letra a rajatabla. Pedro, que habla inglés, lo canta perfectamente mientras que Santos Cerdán y sus huestes socialistas le hacen los coros simplemente porque el sueldo les va en ello y fuera de la política hace mucho frío.

El general Wellington al redactar su informe sobre la batalla y pensando en sus consecuencias, dijo que, al margen de una batalla perdida, no hay nada más deprimente que una batalla ganada. Y yo, sin saber quién ni cómo ganará esta batalla política, creo saber quién la perderá. Si me tengo que posicionar, iré con los menos malos, aunque me temo que vistos los generales que actúan, el resultado será nefasto y deprimente en todo caso. Sólo espero que en el futuro haya una Santa Elena, penitencial, olvida y proscrita, para quienes dan pábulo a los nuevos Waterloo españoles.