El misterioso milagro del empleo

El presidente Sánchez administra sus silencios para que no se vean las carencias de su gobernanza y se lanza sin paracaídas en cuanto hay una buena noticia, por pequeña que sea, para demostrar que “España va bien”. La última ha sido con los datos de empleo en noviembre —61.768 empleos más y 74.381 desempleados menos, el mejor noviembre de las últimas décadas—; con los nueve meses continuados de descenso del paro; y con el crecimiento de afiliados a la Seguridad Social, 730.356 más en los últimos doce meses y una cifra total que se acerca a los veinte millones, nunca alcanzada hasta ahora. Todo eso parece señalar que estamos recuperando ya los niveles de empleo previos a la pandemia. Es indudable que hay que alegrarse por cada nuevo puesto de trabajo, por cada persona menos en las listas del paro, pero hay que analizar las cifras para ver si esos datos apuntan a una recuperación económica efectiva o esconden alguna trampa.

Para empezar, contrasta esa subida del empleo, con la rebaja de las previsiones de crecimiento del PIB por parte de la práctica totalidad de los organismos nacionales e internacionales. Además, crece el empleo, pero se trabajan menos horas (un 6,3 por ciento) y cae también la productividad. El 60 por ciento de los nuevos afiliados a la Seguridad Social (461.000) son trabajadores que siguen en ERTE (125.000) a los que no se puede despedir: autónomos con ayudas por cese de actividad (134.000); y empleos públicos (202.000) creados por la pandemia y en su inmensa mayoría temporales. Y de todo ese nuevo empleo de los últimos meses solo un 14 por ciento es indefinido frente a un 86 por ciento temporal.

También es importante ver el panorama general: el turismo, nuestra primera industria, repunta, pero su recuperación real está lejos y los nuevos brotes de Covid la ponen en peligro. El campo está ahogado por el encarecimiento de la luz y del gasóleo y aunque los precios se disparen para el consumidor, los productores apenas lo notan. En España ha cerrado una de cada cuatro tiendas —basta ver los “se alquila” o “se vende” en las calles de las ciudades españolas—. La banca —que tiene la mitad de personas atendiendo al público que hace un año— y otras grandes empresas preparan prejubilaciones masivas para mayores de 52 años; y empresas rescatadas por el ICO empiezan a declararse en concurso de acreedores porque no salen de la crisis. Recuperación, con reservas.

En este contexto, las buenas cifras del desempleo son un misterio cercano al milagro. Pero también es cierto que, si el empleo se está comportando bien y el Gobierno está encantado, eso se está produciendo con la reforma laboral del Gobierno de Rajoy, que Sánchez y sus socios quieren cargarse. ¿Tendrán razón los empresarios y Europa? De la misma manera, del crecimiento del empleo en noviembre, más de la mitad se ha producido en la denostada Comunidad de Madrid de la más denostada presidenta Díaz Ayuso. Porca miseria.

Hay otra noticia que, si se confirma, sí puede añadir esperanza real a los parados. El Gobierno se ha comprometido a reformar el Sistema Público de Empleo (el SEPE) —anticuado, ineficiente, sin personal suficiente, incapaz de ofrecer alternativas a los desempleados, hackeado en dos ocasiones por un ciberataque que retrasó el cobro de prestaciones de más de 100.000 desempleados— para transformarlo en una Agencia Estatal de Empleo, moderna y tecnologizada. Si la ministra de Trabajo aplaza sus propósitos de crear una gran coalición de izquierdas para, al mismo tiempo, esconder el fracaso de Podemos y hacer sombra al PSOE con el que gobierna, y se dedica a cambiar lo que de verdad no funciona, lo mismo acaba siendo lo que pretende: una política con futuro.