El ministro bobo

El ministro Alberto Garzón tiene un problema de personalidad. De personalidad política. El máximo exponente de un trastorno de personalidad es la necesidad imperiosa de autoafirmación. Y es lo que le ocurre a este hombre. Aunque sea a escala política. Políticamente navega entre dos fantasmas. El síndrome de ser titular de un Ministerio fantasma, el Ministerio de Consumo, que ha pasado de ser una simple dirección general a tener rango de cartera con puesto permanente en el Consejo del Gobierno de España, tiene que pesar lo suyo. Suele ocurrir con los síndromes. Que pasan de simple manifestación de algo a engullirte entero y hasta esclavizarte si andas un poco despistado por la vida. El otro fantasma que le atosiga es el de pertenecer al Partido Comunista de España. Que tampoco es poca cosa ni de fácil lidia.

Las competencias de Consumo están prácticamente repartidas por distintas administraciones, desde la municipal hasta la regional; por lo tanto, de atribuciones el ministro Garzón anda justo. Les ocurre a los fantasmas que para que la gente siga teniendo constancia de su existencia de vez en cuando tienen que manifestarse. Y lo hacen bobamente. Con cadenas y otras fruslerías bobaliconas. Lo mismo le acontece a los espíritus, que son sus primos hermanos. El espíritu en pena de Fiz de Cotovelos, en el Bosque Animado de Wenceslao Fernández Flórez, hace lo posible e imposible para que sus vecinos sepan de su realidad. Pero solo asusta a los niños. El pobre. El pobre Garzón tiene que meter la patita de vez en cuando, muy tontamente, para reivindicar su existencia. Y su personalidad política. Y la termina cagando. Recuerden estas navidades el vídeo que encargó para promocionar una huelga sobre el consumo de juguetes que mantuviesen la diferencia de sexos. Un ministro de Consumo alegando una huelga de consumo. Con la que está cayendo en la economía postcovid. Hace unos días ha vuelto a las andadas con las declaraciones sobre la carne española criada en macrogranjas. La torpeza inicial se vuelve la estupidez más supina cuando se atiende a las explicaciones dadas con posterioridad. Como este hombre tiene un grado de bobo (acepción sexta de la RAE) que supera la media en el teatrillo político, expone en su cuenta de twiter su declaración completa. Fue torpe el medio de comunicación elegido; el momento elegido; el país al que se dirigía…; pero extremadamente boba la justificación que ha querida dar: el periodista, se excusa, no recogió la totalidad de las manifestaciones por falta de espacio. De las pocas veces que he visto a un político justificando a un periodista. Además: si no se desea que se corten unas declaraciones de calado lo mejor es ir al grano y evitar perífrasis y subordinadas que lo complican todo. Corto y por derecho. El periodista de The Guardian todavía se debe estar riendo del ministro bobo español.

Los comunistas dieron cancha a la postre al fascismo, y los fascistas a los comunistas

El siguiente fantasma que atenaza al ministro Garzón es el de su pertenencia al Partido Comunista de España. Comunista en pleno siglo XXI. La historia del PCE es interesantísima. Cuando un 15 de abril de 1921 se votó definitivamente si el PSOE terminaría integrándose en la III Internacional – que consideraba a Moscú lo que Roma era para los católicos-, 8.808 delegados votaron en contra y 6.025 a favor. Eso de depender de terceros y además extranjeros era de un canónico no muy de acorde con el espíritu individual español. Tampoco, con posterioridad, las urnas -es decir, la expresión por excelencia de la soberanía popular- han apoyado mucho, que digamos, al PCE. En 1936, de 473 miembros que conformaban el Congreso de los Diputados solo 17 eran comunistas. Me ahorro comentar los resultados en los comicios desde 1977 hasta ahora, aunque ello no empece el reconocimiento de su contribución a la consolidación democrática española. Cuando les ha ido bien es cuando han hecho de oposición, por ejemplo contra el régimen de Franco. Camino paralelo llevó el fascismo español representado por la Falange, con escasísimo apoyo electoral en 1936. Cuatro años después uno y otro -PCE y Falange- adquirirían carta de naturaleza desde bandos contrarios. Los comunistas dieron cancha a la postre al fascismo, y los fascistas a los comunistas.

La cuestión es si un sillón en el Consejo de Ministros es el mejor lugar para resolver sus problemas. ¿No sería más eficaz un diván?

Nuestro ministro Garzón tiene un libro que se titula ‘Por qué soy comunista’, publicado hace unos pocos años. Ya les decía: afirmación de personalidad. Realiza un esfuerzo ímprobo por buscar efectividad práctica a lo que a esta altura se queda en un sentimiento, y como todo sentimiento sumamente respetable. Todavía no he digerido las primeras cincuenta páginas, en la que hace un recorrido por la historia de la ciencia, o de la filosofía científica, o de la ciencia filosófica. ¿Para qué? Pues posiblemente para demostrar lo útil que es echar mano de Wikipedia. Cuando uno finaliza, al fin, el libro concluye en que se puede ser comunista en el siglo XXI como se puede ser católico sin creer en que Jesucristo es el hijo de Dios hecho hombre y el Papa su representante en la tierra. Me repito: este hombre tiene necesidad imperiosa de autoafirmación. Le atenazan los fantasmas. Necesita que los demás deparen en su existencia. La cuestión es si un sillón en el Consejo de Ministros es el mejor lugar para resolver sus problemas. ¿No sería más eficaz un diván?