El milagro de la fuente

En Segovia, como en todas las ciudades, existen infinidad de fuentes establecidas por los ayuntamientos respectivos y en lugares estratégicos que suministran agua potable de la red general de abastecimiento de la población. En Segovia el número de las fuentes, con o sin pilones, se pueden estimar en unas 80. Pero además existen otras fuentes, no muy numerosas, que se surten de manantiales que generalmente no son de agua potable por no estar tratadas químicamente pero que se obtiene de ellas un agua apta y «tan rica» para la bebida.

Pues es caso que durante los años 1937 y siguientes del siglo pasado, en plena Guerra Civil, por circunstancias diversas con los bulos que se propagaron, Segovia no tuvo agua para abastecer a la población. Se habló de la sequía, de la desviación del agua en el denominado manantial de la Fuenfría que surtía a los depósitos, que si los Rojos habían envenenado el agua ya que campaban por sus respetos en la Sierra segoviana, etc. El hecho concreto es que entramos en una situación desesperante de restricciones tal ya que por el grifo no salía una gota o muy pocas gotas en un corto periodo de tiempo al día. Huelga decir que todas las fuentes públicas estaban más secas que la «mojama».

Para paliar algo esta necesidad dentro de lo posible, se implantaron seis cisternas del ejército montadas en camiones de color caqui que se llenaban del agua de la fuente de la Fuencisla, que con sus tres generosos caños siempre suministraron abundante elemento. Después se distribuían por lugares estratégicos de Segovia, formándose largas colas de sedientos segovianos que provistos de cubos y barreños los llenaban cuando les llegaba su turno y a esperar al día siguiente para repetir la operación. Como mi persona no iba a ser menos, aunque era un niño, me tocaba estar en la cola del Azoguejo hasta que llegaba mi madre que era la que arreaba con los cubos, ya que yo siendo un niño con lo más que podía era con un botijo y pequeño. Pero aquella agua no la considerábamos buena para beber, por lo que independientemente nos buscamos otra forma de adquirir agua apta para la bebida procedente de los manantiales que circundan la ciudad.

Así que yo recuerde llenamos nuestros botijos en las siguientes fuentes:

La fuente de las Delicias o del Tío Pintao, situada a la vera del río Ciguiñuela. Esta fuente estaba demasiado lejos y además el suministro era muy escaso, pero en fin muchas veces nos vimos obligados a visitarla.

La fuente del Hospicio era también muy poco caudalosa. Estaba y estará a mano derecha de la fachada principal de la iglesia de la Santa Cruz. Se tardaba un siglo en llenar los cacharros pero qué lo íbamos a hacer.

Cuando bajábamos a la Alameda del Parral se podía optar por varias fuentes: La fuente de los Jubilados, la de la República, las de las tapias del Monasterio del Parral o si se tenía amistad con el Tio Paco y la «Seña» Adela que eran los hortelanos de la Huerta Grande, podías llenar los botijos en la fuente de la Teja de abundante caudal que naturalmente está dentro del recinto de la huerta.

A veces bajábamos hasta la mismísima fuente de la Fuencisla pero también se tomaba, porque se decía que era mejor agua, la de la fuente que estaba y estará situada en el zaguán de la casa rectoral, edificio contiguo al Santuario de Nuestra Señora la Virgen de la Fuencisla reconstruido hace algunos años.

También recuerdo haber ido a por agua para beber al patio de la casa del Marqués de Lozoya que disponía y dispondrá de un pozo aljibe de agua de calidad y que el Marqués nos ofrecía con su simpatía y generosidad.

Es posible que otros segovianos fueran a otras fuentes a las que yo no fui nunca, pero sean unas u otras hay que pensar en el suplicio que significaba ir andando hasta el Santuario de la Fuencisla, por ejemplo, cargados con los botijos vacíos y subir hasta tu casa con ellos llenos y andando.

Por aquel tiempo aconteció un evento «chusco» en la calle de la Escalinata del Hospicio. Esta calle tiene de notable su fuerte pendiente con vegetación exuberante y las tapias de un patio del convento de Santa Cruz. En el año 1938 ocurrió el suceso, hoy día algo olvidado, pero que tuvo una gran trascendencia en Segovia. Cuando más arreciaba la sequía y el pueblo se abastecía de agua para beber de las fuentes que manaban por la periferia de Segovia, apareció en esta calle y de la noche a la mañana, una fuente que manaba un hermoso broncho de agua purísima. Se hicieron exhaustivos análisis y resultó que era el agua más límpida que había manado de fuente alguna. Allí concurrimos casi todos los segovianos para aprovisionarnos del líquido elemento y se hicieron importantes obras de albañilería para construir la fuente poniendo el letrero esgrafiado «La Fuente Nueva» y abajo el año «1938». No cabía duda, ante la gran escasez de agua, Dios se había apiadado de los segovianos y había obrado el milagro divino. Fue comparado algo así como «las mojadas de los santos Valentín y Engracia» en la localidad de Caballar (Segovia).

Pero al reparar una atarjea de aguas residuales a la altura del Hospital de la Misericordia y entubar debidamente estas aguas fecales, la fuente se secó de improviso con la consiguiente decepción de todos los que íbamos allí a por agua que fuimos muchísimos segovianos.

En fin que en Segovia estuvimos bebiendo una buena temporada (bastantes meses) de este agua purísima procedente de las mismas cloacas, eso sí filtrada extraordinariamente bien por una enorme capa de terreno calizo y arenoso, de un grosor que corresponde a la altura que va desde el Hospital de la Misericordia hasta la calle de la Escalinata del Hospicio y a nadie le pasó nada.

Si no se han destruido, allí estarán todavía los restos de la obra pero la última vez que quise visitarla ya no pude entrar por exceso de maleza. Anteriormente se conservaban perfectamente bien los restos de la fuente y existen fotografías.