El mariscal apestado

Decía José Saramago que esta sociedad ibérica navegaba a la deriva como balsa de piedra en un mar de incomprensión. Sólidos como el recuerdo inexistente que nunca se va, los pensamientos de esta tierra han venido persistiendo en concebir una insularidad que muy pocos comprenden fuera de aquí. De relato en leyenda, pasando por escenificación de un pasado reconstruido desde un presente que nada quiere aprender, nuestra comunidad se desgrana lentamente, pues nadie es capaz de conectarnos con el conjunto de la globalidad humana en la que siempre estuvimos inmersos. Algunos, los más, tienden a creer que, a modo de interpretación ptolemaica de la historia, nuestra centralidad general se ha traducido en un protagonismo excelso del discurso histórico universal. ¿Qué habría sido de este mundo sin el concurso de lo español? Otros, los menos, los que estudian el pasado, no somos capaces de entender lo que aquí hay, sin asumir lo que pasó en el continente a modo de explicación de ese pasado inconmensurable. Fruto de su tiempo y del conjunto de la humanidad, lo español debería entenderse, pues, como la suma de múltiples influencias externas, encajando esos presentes varios en un cuadro teatral donde cientos de sociedades aportaron su influjo y protagonismo esencial.

No veo otra manera de entender éxitos y fracasos asumidos por lo español sin atender a la colaboración o participación necesaria del contexto en el que nos hemos movido durante siglos.

Esto trataba de explicar a mi colega, Mathieu Gousse, el pasado fin de semana en el marco del encuentro con las Escuelas Francesas en el Extranjero liderado por Nancy Berthier, directora de la Casa de Velázquez, a quién tuve la suerte de conocer por intercesión de mi querido colega, Rafael R. Tranche. El caso fue que, allí sentado en el comedor bajo del Parador de Turismo del Real Sitio, discutía cordialmente con Mathieu acerca de la condenada insularidad peninsular referida, enfermedad incapacitante para generaciones de españoles, que no portugueses, por cierto. Aquellos, sumidos en cierta expectación hacia la España avasalladora que cubre el oriente romántico sin poder mirar al oeste, aunque sea de reojo, transitan por la historia reciente y pasada con cierto tranco corto y acelerado, de modo que llegan a muchas cosas antes que el resto de peninsulares. Supongo que lo mismo ha pasado con los franceses, quienes, a pesar de haber iniciado un camino común a finales del siglo XVIII, caen pocas veces en la cuenta de la enorme influencia provocada y el escaso, cuando no reticente, impacto que todo aquello tiene en la vida cotidiana. Algunos españoles, como trataba de hacerle ver a Mathieu, tendemos a ver esta sociedad eternamente ensordecida y condenada a no comprender su presente, encelada como está en los odios y repulsas permanentes a una presencia y conexión difícilmente evitable. Cerrada como suele estar la prole española en las guerras contra Napoleón, lo francés prospera bien poco y lo mismo podría decirse de una buena parte de la nación vecina e históricamente hermanastra de nuestro pasado conjunto. Muy pocos franceses comprenden la unión en el pasado de nuestras sociedades y les resulta complejo reconocer la huella de lo español en su acaso diario.

Sin ir más lejos, recordaba con Mathieu aquel memorable discurso de Charles de Gaulle en el ayuntamiento de París, el día de San Luis de 1944, alabando la liberación de Francia por franceses libres, mientras era protegido por una compañía de españoles exiliados integrada en la 2ª División Blindada del mítico general Leclerc. En aras de construir una nueva identidad francesa que acabara con el doloroso y multitudinario colaboracionismo, como bien sabía mi querida Claire Rol-Tanguy, De Gaulle olvidó convenientemente aquella presencia, honrada décadas después por Anne Hidalgo, alcaldesa de París. Aquel incómodo héroe francés que llegaría a ser presidente de la Quinta República, protegido por Amado Granel y los suyos en un momento más que épico de la historia de Francia, trataba de sacar del relato identitario a otro francés, la vieja leyenda salida del infecto y apestoso olor a carne quemada de Verdún, plegado al colaboracionismo más doloroso capitalizado en el gobierno de Vichy.

Agotando el poco vino que aún resistía en nuestras copas, caí en la cuenta de la presencia en este Real Sitio de aquel bigotudo mariscal francés metido en tela roja y quepis exagerado. Cerrada la boca en mueca de cartón y blanco bigote aristocrático, la chiquillería de La Granja de San Ildefonso, la Pradera de Navalhorno y Valsaín corría atemorizada los días de festejos en torno al rey santo francés hijo de una castellana, al son de dulzainas estridentes y lacerantes zambombas. Y, si bien la mayoría de los paisanos de este Paraíso ensuciaban la memoria de Charles de Gaulle confundiéndole con aquel mariscal traidor, este humilde Cronista no dejaba de pensar, acompañado de una plétora de sabiduría académica gala, en lo poco que nos hemos venido interesando por aquella gran nación, ejemplo de tantas cosas para nuestro beneficio actual y anclada en la vorágine saqueadora y destructiva desatada por los Bonaparte, hace apenas un par de siglos.

Un servidor, que siempre supo que de Gaulle jamás tuvo ese aspecto, fue consciente, desde bien temprana edad, de que aquella nefanda máscara transportada por Juan Antonio Serrano en mis días de cabezudo escondía la mirada aviesa y sibilina del viejo Philippe Pétain, haciéndonos aún más afrancesados hasta en la diversión. Ya me dirán de quién escaparía aterrorizado un chiquillo francés, si no es de aquel héroe caído y transmutado en némesis de la libertad francesa. No me cabe la menor duda de que, de haberlo llegado a conocer Eugène Delacroix, habría puesto a una multitud de críos del Real Sitio huyendo de Pètain el día de San Luis, expresión inconmensurable de la libertad de unos y de la condena del otro.

Agotado el vino y la conversación, despedida la comitiva francesa, quedé en las puertas del Barrio Bajo viendo en la lejanía, una vez más, la reflexión que de aquello que nos ha unido debe tener el presente que no comprendemos; que en lo francés hay tanto de lo español que debería asustarnos; que en Portugal se halla una explicación a lo que vendrá y que, en definitiva, una nación no se construye, sino que se acomoda y amolda a todas las aportaciones que ese contexto ninguneado no deja de clamar.