El maestro Agapito Marazuela

Pasé hace un par de días a ver la exposición sobre ‘Las Milicias Segovianas y Agapito Marazuela’, en el patio del Centro de la UNED. Inaugurada como proyecto destacado para este nuevo curso por la Real Academia de Historia y Arte San Quirce y comisariada por Aku Estebaranz. Su contemplación despertó en mí un sentimiento ligeramente agridulce. Dulce, porque me trasladó a una infancia feliz teñida de escenas vividas junto al protagonista; agria, porque su inmensidad humana se queda muy contraída y limitada en esta muestra.

El espacio, completamente solitario y mudo, favorecía el tamborilear de mis pasos caminando en el tiempo hacia muy atrás, traqueteando sobre el emborrillado del piso del patio enclaustrado. Los acordes de una inexistente guitarra muda, abstrajeron mi atención hacia el silencio. El desgarro del arranque de una vozinsonora, jonda, que podía ser flamenca, siendo castellana, me hizo temblar por un instante. Y es que, el pequeño ‘Tío Pito’ es tan grande que cualquier muestra u homenaje siempre se le queda corto.

Recuerdo a Agapito más allá de mi recuerdo. Cuando fuimos mi padre, él y yo a Madrid, para que el Maestro eligiera una guitarra para “el niño”. Me abrió las puertas de un mundo mágico en el que la música podía ser leída además de tocada o cantada. La delicadeza de la melodía del ‘Romance Anónimo’ iba poco a poco sonando a la orden de mis dedos. Venía a casa los miércoles por la tarde. Mi hermana Blanca, que aprendía la bandurria y este inútil guitarrero, jugábamos a ver quién le veía antes el fondo de su ojo hueco. ¡Niños! –decía; y continuábamos leyendo el pentagrama. Le gustaba una tacita de leche caliente, con un par de galletas María, que mi madre le preparaba tras la clase.

En aquel caminar hacia el pasado entre las fotografías de la exposición, mi memoria olfativa se desplazó a esos domingos (uno al mes, otro iba a casa de Manolo González Herrero), al levantarme. La casa olía a cordero asado y arroz con leche.

– Abuela, ¡qué bien huele!

– Es que hoy viene a comer Agapito.

Y a los postres:

– Carmina, trae el almirez, que Agapito nos va a cantar una tonadilla.

Sacaba su pequeño diapasón del bolsillo. Sonaba un ‘fa’ inconfundible. Y una voz desgarrada, jamás imaginada, que alcanzaba lo más grave y más agudo sin esfuerzo aparente alguno, se arrancaba por la ‘Entradilla’ a ritmo de almirez o de botella de anís Castellana rascada a cuchillo.

Fue Agapito, sin lugar a dudas, quien rescató el sonido puro y limpio de la dulzaina, instrumento que precisa la perfección del toque para no resultar estridente. Pero a mí me embelesaba su guitarra. Jamás he escuchado a nadie acariciar este instrumento como él lo hacía.

Nunca se me ocurrió preguntar el motivo de aquella intimidad del Maestro con la familia. Eran cosas de las que entonces no se hablaba. Años más tarde, mi tío Julio me contó que Agapito y mi abuelo Ángel habían sido íntimos amigos. Que una tarde, tomando un vino en el Ventorro del Tío Pito, Agapito le cantaba el inmenso dolor que sentía al saber que toda la riqueza musical de Castilla se perdía para siempre. Sabedor de la Maestría de su amigo, mi abuelo le animó a presentarse al Premio Nacional de Folklore. Agapito recorrió los pueblos de Ávila, Palencia y Valladolid. Y juntos patearon la provincia de Segovia. No era fácil ‘sacar’ a los campesinos aquellas melodías grabadas a fuego en el fondo de sus gargantas, a pesar de que muchos de ellos le conocían de sus tiempos de dulzainero por las cantinas y tabernas de sus pueblos. Mi abuelo, de música, cero patatero, pero tenía buen oído. Memorizaba aquellos cantos en su guitarra. Agapito, con su prodigiosa memoria musical, los pasaba al pentagrama por las noches, a la luz de un candil, con su vista casi ciega. Y ¡cómo no! Ganó aquel premio. Gracias a ello, cientos de tonadas y acordes permanecen vivos en este momento. Si no hubiera sido por aquella gran labor de recopilación del Maestro, todo estaría sepultado para siempre bajo las áridas tierras castellanas.

Cierto es que Agapito colaboró en tareas burocráticas con las Milicias Segovianas Antifascistas. El impedimento de su vista no le permitía apuntar con el fusil. Allí tocaba la dulzaina o cantaba la ‘entradilla’ mientras las balas silbaban entre los sacos de las trincheras.

Allá por agosto de 1936, en la cárcel Vieja, actual Casa de la Lectura, en la calle Real, tocó la guitarra para un grupo de presos. Sería la última ocasión en la que un maestro de escuela, detenido por enseñar de otra manera, escucharía aquellos acordes que tanto la gustaban ejecutados por su amigo. Días más tarde, ese preso que le había acompañado por los pueblos de Segovia, fue ejecutado en el Puente Uñez. De ahí venía nuestro vínculo con el Maestro. Y esta es mi memoria histórica.

El caso es que siempre se exalta de los que no están lo que han hecho y nunca se habla de lo que han sido. Agapito Marazuela, en la palabra siempre certera de Joaquín González Herrero (quizá la persona viva que mejor le conoce en este momento) “tenía una dignidad humana insobornable”. Y es que Agapito Marazuela era un hombre serio, enjuto, pequeño, de corazón grande, de palabra corta y cierta, de compromiso eterno, de bondad inmensa, de esfuerzo imperecedero, de intimidad cercana, de veracidad inquebrantable. Quizá su ceguera externa le hizo mirar hacia dentro; de ahí la inmensidad de su universo interno, pero sin olvidar jamás lo externo. Defensor de lo justo. Su comunismo era más visceral que ideológico. Desde pequeño observaba cómo los amigos de sus padres empezaban a servir a los siete años, se deslomaban trabajando para el amo y, cuando se hacían viejos, se les tiraba al estercolero y morían como los perros.

Hace un par de días, en la exposición sobre ‘Las milicias Segovianas y Agapito Marazuela’, me di cuenta, por primera vez, de que no era el recuerdo del toque de su guitarra o el desgarro de su voz lo que me emocionaba. Ellos eran meros instrumentos que mi memoria histórica utilizaba para realizar el viaje desde mí mismo hasta la inmensidad del ser del Maestro Agapito Marazuela.