El inevitable mal gusto revolucionario

Por no saber, hoy no me sé ni los nombres de los protagonistas de esta historia. Sí que son verdad: o como tales las he recibido. Es bien conocido, aunque no se cuente casi nunca, que las revoluciones suelen arrastrar un inevitable mal olor. No solo humo y sangre y sudor, aunque ayuden mucho eso sí. Un testimonio de esto, ya en la edad contemporánea, lo ofrece la Duquesa Grace Elliot. Durante los años franceses que transcurrieron entre el entusiasmo del juramento del frontón hasta la relativa tranquilidad del descabezamiento de Robespierre, Grace anduvo entre su palacio y las prisiones parisinas. Y resolvió aquel hedor de revolución mal ventilada y apenas lavada con una pequeña bolsa de flores secas de lavanda que la aliviaban en sus esperas y celdas. Eso cuenta en sus memorias sobre la Revolución Francesa.

Otra de las cosas que habitualmente se pierde en las revoluciones, especialmente en los primerísimos momentos que siguen a la conquista del poder, es el buen gusto, la educación, los modales. Parece como si el fin de los tiempos caducos exigiera igualmente la liquidación de cualquier rastro de buena crianza. Puede pensarse que ello se debe a que varias de las revoluciones triunfantes se produjeron recién estrenado el verano, o en regiones calurosas y húmedas; pero no: se observa lo mismo desde la toma del palacio de invierno, en pleno invierno redundante de san Petersburgo.

En medio de los líos madrileños que comenzaron el verano de 1936 las gentes que vivían en el barrio de Salamanca (la zona bien de la capital de entonces) especialmente entre la planta principal y el último piso anterior a las buhardillas, se vieron sometidas a bastantes registros en los que no faltaban las detenciones. Se resolvían algunas veces con la rápida suelta tras quedar ‘fichados’. Las peores acababan en muertes. Las más frecuentes con varios días de internamiento en prisiones improvisadas: una de ellas fue la de san Antón. Tenía poco que ver con el santo: salvo que antes fue un colegio de escolapios con el mismo nombre. Allí llegó a juntarse una multitud de detenidos y fue uno de los puntos de partida de varias de las sacas que terminaron su viaje en Paracuellos, entre noviembre y diciembre de aquel fatídico 36.

Por diciembre precisamente detuvieron a nuestro personaje. Le ‘pillaron’ en su propia casa cuando estaba tan tranquilo con su familia. No es que fueran a por él por algo específico. Probablemente hubiera una denuncia, o una sospecha, o buscaban a otro. Registraron su domicilio. El susto y el incidente se resolvieron con su detención y destrozos en varios muebles en un registro de los habituales: ni demasiado ostentoso, ni realizado con cuidado. Lo normal en aquellas circunstancias. Era mayor de edad, padre de una familia joven aún. En la terminología del momento el ‘responsable’ de aquello. Lo que no estaba claro era qué sería aquello: eso vendría después en san Antón.

El jefe, de circunstancias, de la patrulla de milicianos que hicieron el registro y la detención no tenía especial interés en llevárselo. Sencillamente había que volver con algo al cuartel para dejar bien claro a los superiores que se tomaban las cosas en serio y darles un susto a los potenciales enemigos de la revolución por mucho que Franco estuviera al otro lado del río. Lo segundo se resolvía con voces a la entrada, algunos empujones, armas empuñadas y apuntando en algún momento… y unos cuantos estropicios. Sin exagerar. Si había crucifijos la tarea se facilitaba mucho. Unos culatazos a los que colgaban de las paredes dejaban claro quien mandaba allí y que no habría ayuda divina.

Del cuartelillo le enviaron a san Antón: era lo habitual. Allí, ya le ficharon en serio

Se puso la chaqueta y los zapatos. Se echó el abrigo, se despidió de su mujer y del crío de menos de un año, sin saber muy bien qué alcance tendría la detención, aunque con la esperanza de volver en unas horas o un par de días: todo estaba en orden y no había acusaciones de nada. Hacía frío aquel invierno sin calefacción, casi más en las casas que en la calle (según se decía). Del cuartelillo le enviaron a san Antón: era lo habitual. Allí, ya le ficharon en serio: nombre y apellidos, estado civil, dirección, profesión, lugar de trabajo… y un primer interrogatorio con insultos y empujones. Los nuevos dueños de la situación querían dejar claro a quien habían de temer y por qué: quizá por eso se exhibía la ‘artillería’, especialmente el empuñar y apuntar con la pistola.

Al terminar le metieron en la antigua capilla del colegio… allí había muchísima gente. Luego se contaron y resultaron ser unos cuatrocientos, más o menos, porque había un trasiego bastante fluido de entradas y salidas difícil de controlar. Durante un par de días nada. Al tercero se pasó por allí un jefe, no se sabía bien de qué. Les echó la correspondiente bronca por fascistas y les aclaró que no se hicieran ilusiones, que Madrid resistiría. Para que le vieran y escucharan bien se había subido al altar de la capilla. A su espalda le miraba un santo desde el pie del retablo. Al despedirse, se volvió hacía la imagen y le colocó la colilla de su purete, aún humeante, en un boquete que tenía entre sus labios. Saltó y se fue hacia la puerta.

Luego miró con fiereza y desafiante a los demás: ¿alguien más quería morir? Y otras lindezas del caso

Mientras lo hacía, el detenido se dirigió pausada y serenamente hacia el santo. Se subió al altar con algún esfuerzo y le quitó aquella asquerosidad de la boca. El jefe, casi fuera ya, se volvió y lo vio. Gruñó a gritos y se lo tomó como un acto de desobediencia flagrante. Echó mano a la cintura, sacó la pistola y le pegó un tiro en la cabeza allí mismo sin mediar palabra. Luego miró con fiereza y desafiante a los demás: ¿alguien más quería morir? Y otras lindezas del caso.

Probablemente sintió que aquel educado señor invadía con aquel gesto fruto de la buena educación y el buen gusto, la sagrada esfera de su espacio público… y claro, no tuvo mas remedio que matarlo (al menos eso dice una historiadora inglesa actual). Fuere lo que fuere, cuesta imaginárselo aseado y con modales.