El foco nacional deslumbra al PP de Castilla y León

No empezó con buen tono la precampaña electoral Alfonso Fernández Mañueco acogiéndose a la línea liberal de Isabel Díaz Ayuso. Nada tiene que ver el electorado de Castilla y León con el de Madrid. Nada se parece el perfil ideológico de un habitante de Cerezo de Arriba o de Navas de Oro con el del Barrio de Salamanca. Ni siquiera con el de un elector de San Sebastián de los Reyes. El liberalismo en nuestra región es una sombra que solo proporciona sombra. Si algo ha demostrado la enorme crisis del coronavirus ha sido la necesidad de fortalecer las administraciones públicas para garantizar la cobertura sanitaria; para ordenar la educación –que en Castilla y León ha funcionado de manera notable durante la pandemia- y los servicios asistenciales. La crisis del 2008 tuvo un efecto contrario: las políticas de austeridad elevaron las tesis liberales, que devinieron en canónicas en sus aspectos macroeconómicos. Fue el tiempo entonces de las políticas restrictivas sin apenas contestación, con el crédito socialdemócrata refugiado en sus cuarteles de invierno después de haber dilapidado la confianza de su electorado, que en la época precedente no apreció en su vida cotidiana los presuntos beneficios de las políticas de izquierdas.

Por más que haya desembarco de líderes nacionales, por más que se insista en los intereses políticos generales, en una región como Castilla y León, con una estructura económica y sociológica determinada, un papel importante en el desarrollo de la campaña va a recaer en los alcaldes, sobre todo rurales

La pandemia lo ha trastocado todo, incluso la línea liberal de alguien como Ángela Merkel y la de los directivos del Banco Central Europeo. Hablar de liberalismo hoy es aludir a meros criterios generales como la libertad en su versión más indefinida, o a la resiliencia frente al torpe ataque a Madrid de un gobierno formado por una coalición de izquierdas. El mensaje puede calar en los habitantes de la comunidad autónoma con mayor pib per cápita de España. Dudo que lo haga en una región con uno de los índices de despoblación más elevado de Europa, y por lo tanto con imperiosa necesidad de políticas públicas. He tenido la ocasión de leerme los tres documentos programáticos del PP de Castilla y León aprobados en el congreso celebrado en este último fin de semana. Los podía haber firmado cualquier partido que no se declare liberal. El liberalismo se ha convertido en mera formulación. Con inteligencia decía José Bergamín –una persona, por otro lado, llena de innumerables sombras- que se consideraba liberal en todo menos en política. La consejera Verónica Casado sí preparó un Plan de Reorganización de la Atención Primaria Rural con ribetes liberales impresos en la racionalización severa de los servicios asistenciales. El PP no lo aceptó. Fue el principio del fin de la sintonía entre ambos grupos allá por el mes de septiembre.

Los partidos de centroderecha en España tienen un problema esencial. Desarrollan políticas específicas, pero –con toda probabilidad por complejo moral- deambulan como un sapo en un garaje nocturno a la hora de calificarse ideológicamente. Desde la UCD. El PP se ha definido históricamente como conservador, demócrata-cristiano, liberal y, bordeando el oxímoron, social-liberal –recuerden a Javier Arenas, ex PDP-. El caso más sintomático fue Ciudadanos, que de un día para otro pasó de socialdemócrata a liberal por obra y gracia de la incorporación al proyecto de Luis Garicano.

A los socialistas les pasa lo contrario. Ontológicamente lo tienen claro, aunque sus fundamentos en ocasiones caigan en el anacronismo. Su problema es ajustar los programas a las políticas. Nada tuvo que ver en el pasado los presupuestos de Carlos Solchaga con las ideas de Nicolás Redondo; menos aún hoy Nadia Calviño con Adriana Lastra. Los corsés ideológicos de principios del siglo XX siguen pesando en la actual clase política, con escaso bagaje intelectual y con un posibilismo que en ocasiones da prioridad al corto plazo o a la rentabilidad electoral frente a las políticas de Estado.

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El presidente de la Junta de Castilla y León y candidato a la reelección, Alfonso Fernández Mañueco (d), es aplaudido por el líder del PP, Pablo Casado, tras intervenir en el XIV Congreso regional del Partido Popular, este domingo en León. / EFE – J. CASARES

Fuego amigo y fuego enemigo

No se les escapa a los populares que las elecciones de febrero –en las que parten con clara ventaja- solo las perderían por el peso de los errores propios. Los políticos son muy proclives a pegarse tiros en el pie. La diferencia entre los de derecha y los de izquierda es el individualismo que llevan impreso en la piel los primeros. Lo cual no es una crítica. Particularmente admiro la independencia intelectual, que más enriquece que entorpece, pero que sin una ordenación adecuada se convierte en un guirigay que proporciona mala imagen. Quizá por ello el perfil bajo que el sábado desplegó Isabel Díaz Ayuso. Quizá por ello la suspensión de viejas cuitas entre el equipo de Mañueco y el de Pablo Casado.

Pero, ojo, no creo que estén olvidadas. Que el fuego amigo no destelle no significa necesariamente que las armas estén guardadas. Algunos de los escasos disidentes internos de Mañueco señalan como error que el director de campaña de los populares en estos comicios sea quien ha soportado en el pasado un expediente por parte de Génova por contratar como asesor del grupo parlamentario, del que es portavoz, a un despedido por decisión de la dirección nacional. Pero por el momento las aguas no se desbordarán. Pablo Casado y el centralismo mediático conciben estas elecciones en clave nacional. No pueden permitirse más deslices por cuestiones internas. Después vendrá Andalucía, en donde no existe atisbo de disidencia, pero sí un reto por mantener la Junta e incentivar el acoso al gobierno central. Poco se habla de los problemas reales de cada comunidad. Es la estrategia que prima por la fragmentación política, la ausencia de liderazgos fuertes y la necesidad permanente de mercadeo para conseguir apoyos.

La estrategia nacional no puede ocultar otras cuestiones de suma importancia para nuestra comunidad. Hasta ahora solo se ha hablado con torpeza de macrogranjas, sin definir qué se entiende por macro. O de ganadería extensiva e intensiva, cuando la mayor parte de la primera termina estabulándose

Alfonso Fernández Mañueco es un superviviente político. Un corcho que flota y que ha gozado de una inmensa suerte. Bien es verdad que también puede interpretarse que ha sabido jugar sus cartas y modulado el tiempo de la partida. Algo muy importante en estas lides. Ha visto cómo han desaparecido rivales internos consumidos en su propia torpeza o por su ansia de poder. Y cuando se agazapaba en un perfil bajo y mirado con lupa desde Génova, Luis Tudanca le hizo un inmenso favor con un empujón hacia arriba tras una moción de censura a destiempo y con fracaso añadido.

El fuego enemigo, por su parte, es diáfano. Llama la atención la colaboración a la que se prestan algunos medios de comunicación capitalinos. Estos días pasados –después de que desde estas páginas se desvelara la intención de reactivar en estas fechas casos judiciales con mayor o menor recorrido- se ha propagado, cual si fuera una exclusiva a nivel internacional, la admisión por un juez de instrucción de un escrito anónimo que acusa a Fernández Mañueco de participar en un caso de financiación ilegal del partido. Sin esperar a la calificación judicial; sin atender a la cuantía de que se trata; sin diferenciar lo que es la instrucción con la investigación de una persona –el hoy presidente no está investigado-; sin que se haya visto el juicio ni emitido la sentencia. Todo parece valer porque estamos en algo que va más allá de unas elecciones regionales.

El valor de los alcaldes

Por más que haya desembarco de líderes nacionales, por más que se insista en los intereses políticos generales, en una región como Castilla y León, con una estructura económica y sociológica determinada, un papel importante en el desarrollo de la campaña va a recaer en los alcaldes, sobre todo rurales. Estas elecciones son en febrero, un mes poco propicio en lo meteorológico para estas citas, y no coinciden por primera vez con comicios locales. El PP de Segovia lo ha entendido bien y ha elegido como coordinador de campaña al presidente de la Diputación Provincial, Miguel Ángel de Vicente, que lleva meses visitando periódicamente los pueblos de su demarcación.

La estrategia nacional no puede ocultar otras cuestiones de suma importancia para nuestra comunidad. Hasta ahora solo se ha hablado con torpeza de macrogranjas, sin definir qué se entiende por macro. O de ganadería extensiva e intensiva, cuando la mayor parte de la primera termina estabulándose. Después de once años recorriendo la provincia, las mayores afecciones medioambientales las he observado en pequeñas granjas que solo se atienden, y de manera artesanal, una vez a la semana y con deficiente reciclado de los purines, por entenderse escasos. Es el peligro de que estos conceptos los pronuncie quienes solo conocen el campo por los documentales de la 2. Caso parecido ocurre con la energía fotovoltaica. A algunos –y a algunas- se les llena la boca con la energía solar sin deparar en que nuestros campos, que nutren a la industria agroalimentaria, no pueden convertirse en huertas solares. Y más. ¿Cuál es el modelo de los partidos en la ordenación y organización del territorio? ¿Cuáles los planes industriales parciales? ¿Qué va a pasar con la necesaria reforma de la atención primaria ante el envejecimiento de los otrora llamados médicos rurales? ¿Cómo se solucionarán los desequilibrios territoriales sin necesidad de que sean las plataformas locales las que utilicen sus votos en el mercadeo de una negociación presupuestaria? Son estas las respuestas necesarias. Las urgencias a atender. Más que la consolidación de liderazgos. Más que los debates sobre una ideología que a la postre se queda en mera formulación.