El despotismo animado

La primera vez que escuché la expresión acerca del término ‘woke’, primero me entró hambre, después me vino a la imaginación a un grupo de ‘frikis’ (freaks) disfrazados de personajes de ‘Star Wars’ que, de esa guisa, estaban siendo sometidos al caluroso interior de unos trajes peludos de Chewbacca y que, desesperados, corrían en busca del refugio de los aires acondicionados de los pabellones del Comic-con de San Diego. Eso pensé en aquel momento. Imaginen que, en mi caso, estaba pagando las consecuencias de tener un oído de madera para el listening, muy poca empatía con la fonética inglesa y mucho más interés por otras cosas banales de la vida, como la comida china y los comics, por ejemplo.

Algunos de aquellos tebeos, trataban de historias pre apocalípticas (por entonces de ciencia ficción) acerca de sociedades donde el deterioro y la decadencia cultural, unida a la pérdida de principios y el consiguiente vacío moral, generaban espacios a rellenar por infinidad de doctrinas que surgían del mesiánico sermón dominical, de algún iluminado de corte extremista que, buscando establecer nuevos órdenes, pretendía eternizar su tiranía con la apropiación absoluta de todos los recursos y la aplicación de un férreo control social.

Como les digo, por entonces sonaba a ciencia ficción. También lo parecía, incluso a veces de manera surrealista, la evolución que tomaba ‘Stey Woke’, que tuvo un justo origen en su día y fue el aporte en consecuencia, de una dinámica de movilización con la que hoy en día, costaría encontrar alguien que no estuviera de acuerdo. Pero eso sí, a la inercia de ese movimiento civil y desde el laboratorio social en que se habían convertido las universidades americanas y en general sus réplicas occidentales, se le fueron sumando las cuestiones de género, algunas teorías climáticas y otras de corte más pintoresco que, auspiciadas por las ideologías progresistas, a base de tiempo y muchas vueltas de tuerca, generarían unas líneas ideológicas duras y de obligado cumplimiento, con las que seguir construyendo un nuevo relato social con vocación de decreto y capaz de establecer en exclusiva, lo que será (o no) ‘políticamente correcto’.

Una ‘dinámica’ que avanza superando, o por lo menos poniendo en tela de juicio, los marcos legales occidentales que, aún refiriéndonos a los estados del bienestar y contemplando en su mayoría, sociedades de tradición igualitaria, donde recuerden: ‘no puede prevalecer discriminación de ningún tipo por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social’; desde ‘la nueva percepción woke’ y visto a través de su particular y celoso prisma ético, las garantías constitucionales habituales carecerían de la equidad y de la meticulosidad suficiente.

En estos contextos, entre ofendidos y mala conciencia, los políticos occidentales abducidos por estos pensamientos, entre coloridos trazos de lapicero, crisis medioambientales o apagones energéticos, tensan a la sociedad para resolver así, según ellos, los panoramas pasados de presunta parcialidad, dedicando sistemáticamente, ingentes cantidades de recursos a la creación y el impulso de redes clientelares (el equivalente al chiringuito o aparatos ministeriales), encargadas de difundir las doctrinas pertinentes y donde sus militantes, actuando como delatores o comisarios ideológicos, señalan con su dedo flamígero (permítanme que abuse de lo gráfico y colorido del término) a quiénes, por el simple hecho de ‘su naturaleza’, se les puede poner en duda su presunción de inocencia o en el mejor de los casos, condenar al ostracismo a todos aquellos que, por la simple percepción estética de no haberse alineado con el ‘postureo’ social de lo ‘políticamente correcto’, evidencien un claro potencial de incumplimiento de las pautas de la nueva moralidad. En definitiva, el contexto de una inminente saturación ideológica de los espacios: los públicos y los privados, generalizándose un estatus de sumisión colectiva a la nueva dinámica establecida y el sometimiento a la vigilancia extrema de su cumplimiento. O mejor dicho: el control de los actos hasta que puedan hacerlo del pensamiento ¿se imaginan? Eso sí que sería una historia de tebeo. De momento, vayan apagando todas las bombillas y si dejan alguna, que sea la que les regaló Zapatero.