El Atazir: Solidaridad

Diversos estudios demuestran que España tiene uno de los mayores niveles de solidaridad de toda Europa. También lo señalan indicadores sociológicos tan respetados como el Eurobarómetro. O los informes de gestión anuales de las ONGD. Si estamos a la cabeza de trasplantes de órganos es porque hay donantes que con una generosidad suprema prefieren, una vez fallecidos, salvar antes vidas ajenas que someterse a ritos con la integridad del cuerpo presente. Estos días de nevada también se ha hecho evidente la generosidad. Los españoles, desde el siglo XVII, sufrimos un afán crítico sobre nosotros mismos que en ocasiones sobrepasa la realidad de los hechos. Por eso está bien reconocer lo que tenemos de bueno, que es mucho.

“No hay mejor ejemplo de socialización que procurar el bien común aun mediante el sacrificio de los intereses más inmediatos”

Pero en ocasiones esta solidaridad se distrae en cuanto se trata de colaborar con las administraciones en el desarrollo de un servicio público. Quizá por condición humana -y por no desentonar con el correr de los tiempos- somos más proclives a la exigencia de derechos que al cumplimiento de obligaciones. Se pretende la subida de las pensiones, el aumento del salario mínimo interprofesional, una mejora de la sanidad, de la escuela pública, que la cultura sea gratuita y que la nieve desaparezca de nuestro portal en un pispás. Y, sin embargo, rateamos en las obligaciones tributarias. Que tire la primera piedra quien no se haya intentado zafar alguna vez del Iva. Creo que el verdadero patriotismo tiene mucho que ver con el cumplimiento de las obligaciones tributarias. Pero no solo. También con facilitar la gestión de los servicios públicos. Las administraciones no son entes omniscientes. Requieren de la colaboración de todos. A nadie gusta tener unos depósitos de reciclajes en la puerta de la casa. Ni una parada de autobús. Ni un centro para enfermos Covid. Pero son necesarios, forman parte del engranaje para la eficiencia de los servicios públicos. Para que hubiera agua en el país, hace sesenta años desaparecieron pueblos por toda la geografía nacional. No hay mejor ejemplo de socialización que procurar el bien común aun mediante el sacrificio de los intereses más inmediatos. Es recurrente acudir a la frase de ese encantador de serpientes que fue John F. Kennedy, pero por una vez tenía razón: la cuestión estriba no solo en lo que tu país puede hacer por ti, sino también en lo que tú puedes hacer por tu país. Los símbolos son un elemento de unión, no lo dudo, pero lo más importante, además de la historia en común, son los proyectos colectivos. Además de suponer una buena muestra de generosidad, que nunca empacha.

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