El ascensor social y las palabras muertas

Con el fin de año, la RAE añade nuevas palabras al diccionario: perreo, chundachunda, VAR, machirulo… y así hasta 4.300 novedades. Bien, pero yo, segoviano y del Atleti, soy un tradicional. Tal vez por eso leo a Delibes: “Este año en el majuelo voy a sacar un líneo y dejar en la aranzada una marca de doce pies para meter el apero”.

Hace años Alberto Martín Baró, en su artículo “Palabras vivas o palabras muertas”, se preguntaba si son las palabras seres vivos capaces de vivir y de morir. Cierto; las palabras mueren por desuso. El castellano se convertiría en una lengua muerta si no se recogiesen nuevas palabras; se empobrecería. Lo que mantiene viva a una lengua es el uso, el cambio y su adaptación. La RAE limpia, pule y da esplendor, aunque a mí el diccionario me recuerde a esos pantanos que embalsan aguas como reserva de futuro y despensa y que, de vez en cuando, limpian el fondo de lodos sin uso. Cuando anualmente la Academia publica los nuevos aportes al embalse idiomático pienso que ese pantano tiene demasiadas fugas de agua. Socialmente sale por desuso más contenido del que entra. Me explico. Leo algunas estadísticas que dicen que la lengua española mantiene unas noventa y tres mil palabras y bastantes más de doscientas mil acepciones, esto es, los distintos significados de una palabra atendiendo a su contexto. Don Miguel de Cervantes utilizó unas veintitrés mil palabras distintas para escribir El Quijote ¡Bien! Actualmente una persona de cultura media utiliza unas dos mil palabras distintas para relacionarse, mientras que una persona culta y leída —pongamos un periodista— puede llegar a usar entre cuatro y cinco mil. Tal vez más. Vale, pero ahora llega lo peor. Un joven español con una educación básica utiliza unas trescientas palabras para expresarse… A una canción de reguetón le bastan sesenta palabras para ser un éxito adolescente (“Dime que si, si, si/ dame tu wifi, fi fi”) y si a eso le añadimos los emoticonos, los signos o el emético spanglish poligonero… la cosa se complica. Voy a necesitar un pinganillo como en el congreso. ¿Qué podría salir mal? Siendo así, no le puedo dar toda la razón a la RAE; lo que se empobrece no es la lengua, sino los hablantes por el desuso que hacen de un lenguaje rico. No usar el lenguaje es como pasar hambre teniendo la cosecha sin recoger. Y es que reducir el vocabulario personal no es sólo un suicidio del pensamiento, también es la inmolación de la cultura como ascensor social.

Aunque imprescindibles, no basta con realizar nuevas incorporaciones lingüísticas. Perdemos la riqueza que derramamos en el desuso; es echar agua en una cesta. Y es que una lengua muerta también comienza a ser la que hablaban nuestros padres. ¿Ejemplos? La frase con la que arranco esta tribuna procede de una conversación que mantenía un agricultor con Miguel Delibes en la década de los ochenta, hace apenas cuarenta años y, sin embargo, hoy muchos no comprenderán lo que nos cuenta. Leamos a Cela para entender que la lengua, igual que la geometría para el vagabundo de “Cuaderno del Guadarrama”, es un arte que se siente latir como un zorzal herido que gime. Podemos volver a Delibes en “Castilla, habla” para hallar que las voces primarias son aquellas que antes desaparecen dejando el regusto de usos llenos de intrahistoria, cultura popular, sonoridad y —plagio al maestro— sabor a una tierra de piel atezada con suelo de greda y tomiza llena de veleidades. Él mismo, ponía en boca de un pastor: “Conforme sea la hierba así sale el queso” Pues, don Miguel, con este pasto, mal queso nos espera. La lengua se renueva, como en una carrera de relevos, aunque no deja de ser paradójico que para que no muera el español, deba morir el otro español, el de nuestros abuelos. Muere la lengua que antaño alumbró mundos.

Don Miguel —a Cervantes me refiero— como vuecencia señala, la diligencia es madre de la buena ventura, pero, ya lo ve, vamos a peor, aunque a usted, con las veintitrés mil palabras atesoradas en las páginas de Alonso Quijano, nada se le puede reprochar. Y es que, aunque últimamente las estadísticas se reconducen ¿qué se puede pedir en un país en que cada vez se lee menos? El ascensor social también se debilita cuando el personal deja leer para que las palabras mueran por incomprensión.