El ascensor de Julio Martín Casas

Hay en Julio Martín Casas una resiliencia que es poco común en una persona corriente. Apegado al conocimiento que surge de la reflexión más profunda, este inmenso humanista encerrado en una pequeña humanidad lleva una eternidad anticipando su visión del mañana a ese qué dirán en que se ha convertido el presente. Amante de la simbiosis entre lo natural y aquello que decimos humano, junto a un reducido número de compañeros de viaje entre los que se podría citar a Pedro Carvajal o a Eduardo Aznar y José María Pérez “Peridis”, Julio ha sido capaz de consolidar de forma eficiente la huella memorable que la sociedad ha dejado de forma indeleble en la natura que tanto ama. Desde la protección de las vías pecuarias, arterias del transitar de un honrado concejo desconocido por todo quisque, a la lucha por ir consiguiendo reservas de la biosfera que pacifiquen la agresión con que el progreso mal entendido atacó Urdaibai, Menorca o el Paraíso en el que tengo la suerte de vivir; consolidando conductas beneficiosas con la concesión de premios y reconocimiento y, sobre todo, liberando esa tormenta que aflige su mente con constantes propuestas para mejorar aquello que observa, el Maestro Julio Martín Casas ha conseguido en más de ochenta y cinco años de vida que un metro y medio luzcan como una montaña solitaria en un horizonte desolado de encefalogramas planos.

Casa de los Oficios
Casa de los Oficios

Apegado a este Sitio desde que su Señor padre tuviera la feliz idea de tratar a cuántos animales se le acercaran, Julio ha venido gastando capítulos de su vida en torno a la Granja de San Ildefonso, Valsaín y La Pradera de Navalhorno. Enamorado del paseo bajo ramas infinitas de vetustos cedros repletos de cornejas vociferantes, mi amigo ha terminado por acostumbrarse a la sombra del pinsapo y los destellos entre verde esperanzador y amarillo ajado que regala ese abedul sueco que todos sienten llorón y yo, sacado de ese pincel de María Rubio Cerro que más pronto que tarde colgará de mi pared. Asomado a esos gloriosos ventanales que la Casa de Oficios entrega a quién allí se compromete a vivir, el Maestro Martín Casas pasa el exterior banal por su interior trascendental para subsumirlo en lienzo regalado por unos pinceles que ya tienen algo más que historia. A veces adormecido por el cantar de algún ruiseñor tardío perseguido por el oído veraz de Carlos de Hita; otras, apoyado en la barandilla de férreo metal forjado hace más de tres siglos, Julio ve pasar la vida dulcemente acariciado por la brisa suave y trabada que envía al atardecer el murallón del Guadarrama.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, las salidas del Maestro por las calles del Real Sitio han venido reduciéndose como la nieve en abril y los aterciopelados membrillos al caer septiembre. Anclado al piso por una cadera recalcitrante, vestigio de una vida más que caminada, cada vez es más insólito ver su lento caminar hacia las mesa de la esquina que le prepara Luis Alonso en el Castilla y, lo que aún es peor, por la calle de Valsaín, entre el esquinazo del palacio real y los Baños de Diana que tanto amara mi Sr. Suegro, Miguel Escudero. Allí, metido en la estrechez elongada de su apartamento de la Casa de Oficios, Julio ve con cierto desdén frustrado cómo pasa la vida en piernas más jóvenes y, sobre todo, despreocupadas. Un servidor, consciente del tesoro que esconde aquel piso alto que una vez alojara a Carlos Broschi, Il Farinelli, Luigi Boccherini, al padre Antonio Soler Ramos, Domenico Scarlatti o el grandioso y desconocido Vicente Martín y Soler, a quién tanto admirara Mozart, tiene por costumbre subir la casi centena de escalones hasta alcanzar la atalaya preclara donde transcurre la vida de mi Maestro.

Hace una semana, sin subir más zancas, caí en la cuenta de la dificultad histórica que aquellos pisos han regalado a cuántos allí vivieron alguna vez en los pasados tres siglos y una pizca. Sometidos aquellos oficiales del rey a una etiqueta insoportable que llegó a enloquecer hasta a los propios, que diría Diego Navarro Bonilla, el acceso a los altos pisos principales de la Casa de Oficios se convertía en un desafío, por mucho que las vistas de la trasera palaciega o el estanco real avivaran la imaginación de más risueño. Obligada la oficialidad a vestir tres pintas diarias, los maletones y baúles inmensos convertían el paso de servidores del monarca en procesión de enseres y bagatelas cada vez que alguno se asomaba a la corte serrana. Dice Julio que, tras los portillos que asoman junto al acceso a las viviendas, transluce un acceso singular al patio central, donde, gracias a una polea o, más bien, polipasto, los sirvientes de toda aquella prole burocrática trajinaban con el equipaje desde el suelo metido en piedra hasta las hermosas estancias abovedadas que el rey regalaba a sus más cercano y apreciados servidores. Claro que, para ascender a todo aquella humanidad cuando no eran humanamente capaces de alcanzar aquellos carmelos, las sillas con angarillas sustituían la fortaleza de unas piernas agotadas al servicio de aquellos nacidos sin escala alguna.

Para desgracia de mi Maestro, el ascensor de la Casa de Oficios ha desaparecido, al parecer, antes de haber sido pergeñado. Falto de inversión y proyecto imaginable, el pletórico edificio ha terminado por encerrar a sus habitantes más ilustres, aquellos que recluyen entre cuatro paredes tanto que sería necesario abatir paredones y techumbre, de modo que todo aquello que atesoran pudiera ser compartido.

Esperando que alguien decida meter los palanquines a una silla y electrificar todo aquello en ingenio que libere el genio allí recaudado, este humilde Cronista deberá penar en el ascenso a la montaña donde descansa Julio y éste, encerrado entre copas verdes y blancas cimas, seguirá añorando el tranco corto, la cachaba raída y la larga conversación junto al reflejo de un vino de sedoso paso y mejor final.