El amigo americano

Entender a los Estados Unidos es complejo. Posiblemente un europeo no sería capaz de comprender la sociología de un país diverso si se empeñara en hacer un análisis global, y no territorio por territorio; cuanto más si lo que pretende es definir el perfil psicológico del votante americano. No es lo mismo vivir en Massachussetts, que en cualquier ciudad de Florida, Texas o Viriginia. No es lo mismo ser un ciudadano de Manhattan que de Brooklyn; tampoco lo es ser un latino de dos generaciones en Miami que aquel que malvive en New York recién llegado de México. Ni el wise guy que representa Donald Trump que la reminiscencia wasp que todavía subsiste en los genes de un abogado de Boston.

A pesar de esa diversidad, algunos rasgos históricos pueden delimitar de manera transversal la personalidad de los americanos. El primero de ellos, y quizá el más evidente, es el absoluto celo por la libertad individual. Probablemente proceda de las raíces religiosas de los primeros pobladores de las tierras inhóspitas; aquellos que se encaminaban al oeste cuando en el oeste la ley la hacían en el mejor de los casos unos jueces elegidos por el pueblo y en el peor unas pistolas. Los europeos –fundamentalmente los continentales- creemos que es el Estado el garante de derechos y libertades; es una herencia cuyas raíces vienen de las primeras constituciones del XIX pero que se aquilató a partir de Welfare State, tras la Segunda Guerra. El americano, sin embargo, sigue teniendo cierto desdén a lo público, tanto como al establishment. Es así más fácil de entender la derrota, o parte de la derrota, de Hilary Clinton y la victoria de Donald Trump hace cuatro años, aunque ello mismo complique el análisis de por qué los demócratas han elegido como candidato a Joe Biden.

En un estupendo librito que alegró nuestro estudio universitario, Los diez mejores jueces de la historia norteamericana (Ed.: Civitas, 1980), Bernard Schwartz analizaba la hercúlea labor de los jueces que convirtieron en law of the land sus propias convicciones jurídicas, algo que sería impensable en una Europa positivista. Incluso llegaron a hacer una ‘obra política’ en la que el ciudadano, el individuo, era protegido como sustentador de derechos que solo concluían cuando se confrontaban con los de los demás.

Desde ese presupuesto se puede entender el celo americano por la defensa personal o la concepción del desfavorecido no como sujeto de ayuda o de protección del Estado, sino como alguien que se ha labrado su propio destino. En Europa se habla de igualdad; en EE.UU. de responsabilidad individual.

Pero, como si resultara una paradoja, ese individualismo no impide una fuerte ligazón con el grupo y un venerable respeto por las instituciones del país. Mientras que en Europa, no digamos en España, se ha apostado ideológicamente en estas últimas décadas por superar los nacionalismos decimonónicos y la idea Estado-nación, los distintos perfiles de los que antes hablábamos diluyen sus diferencias a la hora de afirmar su sentimiento nacional. No es difícil de entender en qué sustrato germina lo de American first.

Y junto a ello, la teoría de los contrapoderes: tan importante es quién ostenta la presidencia como quién posee la mayoría en el Senado; quién comanda la política federal y quién la política estatal. Y, al fondo de todo, el Tribunal Supremo. Los padres fundadores quisieron que sus miembros fueran vitalicios para darles mayor libertad de actuación. Los presidentes pretenden siempre arrimar el ascua a su sardina, pero en ocasiones les sale rana la intención. Es la grandeza de la democracia americana. Hoy se dirime una parte de la historia. No toda. Parece que un presidente manda mucho, pero es la fortaleza de sus instituciones la que mantiene en pie el sistema. Aunque son fieles defensores de su libertad personal, los americanos se identifican con ellas. Algo que todavía algunos no han aprendido en España.