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El abrazo

Hace ya unos años, fui testigo oculto de un abrazo entre dos Ángeles, Serrano y Gracia. Contemplar el abrazo entre dos hombres vestidos con la sabiduría de la edad, íntegros, desintegra muros y barreras porque, toda posible duda sobre la autenticidad y el respeto mutuo, sucumbe frente a la certeza inapelable de la Verdad.

Una iniciativa, muy de agradecer por Segovia, a cargo de la Fundación Arte Cultura y Patrimonio, ha servido de sustento para que, el pasado viernes diecisiete de mayo, la ciudad fuera testigo del abrazo entre dos instituciones de reconocida integridad y prestigio.

La Obra Social y Cultural Caja Segovia era parte consustancial y constituyente de una Caja de Ahorros casi tan nuestra como el Acueducto. Es cierto que no todo era perfecto en ella. No dejaba de ser un banco. Pero, la mayoría, nos acostumbramos a ese trato amable, a esa atención personal e individualizada, a esa cercanía con el operario que, en muchos casos, terminó siendo amigo nuestro. Aquella Obra Social fue, durante tiempo, la salvación económica de muchos y el sostén cultural de la villa. No había evento interesante, que no contara con su apoyo económico, en algunas ocasiones, mucho más cuantioso que el cedido por las instituciones públicas.

Todo aquello acabó con la invasión de los políticos. La conquista de aquel baluarte nuestro, por parte de las huestes de los insaciables, supuso el saqueo del tesoro de la Caja y el incendio de la Obra construida a lo largo de tantos años, bajo la dirección del buen criterio.

Apagadas la llamas y, caminando sobre sus cenizas, un día me crucé, en la angostura entre la calle Seminario y Los Espejos, con Javier Reguera. “Javier; te jubilas y te pones a levantar las ruinas que quedan de la Obra Social. No tienes solución” –le dije. Me miró con una sonrisa y asintió: “Es verdad, Ángel. No tengo solución”. Su labor, con la inestimable ayuda de un equipo trabajador y de principios, ha sido inconmensurable. Aquellas ruinas, de manera increíble, se han transformado en lo hoy denominado “Fundación Torreón de Lozoya”. Y es que, cuando miras Javier a los ojos, te encuentras con ese paraíso perdido, tan añorado, de la autenticidad del ser humano.

El nombre “La Casa del Siglo XV”, es un concepto que engloba, tal paleta de colores de sentimientos, que no es susceptible de descripción lingüística.

En esa edad en la cual la inocencia no te ha sido robada aún del todo y la magia todavía tiñe las vivencias, resultaba misterioso y fascinante ascender por aquellas angostas y empinadas escaleras que desembocaban en una puerta cerrada, aunque siempre expedita. Traspasarla, suponía entrar en un espacio fuera del tiempo, en el que la armonía vibraba y los objetos se disponían en concordancia con la belleza. Vidrios, jarrones, objetos de regalo, obras de arte y las más inverosímiles rarezas, componían un espectáculo inenarrable. Allí todo el mundo era recibido con una sonrisa, con educación, con la palaba justa, sin agobios. Hasta los adolescentes traviesos como yo, éramos bienvenidos. El acogimiento de Carmen y Aurora recordaba al de aquellas madres con la casa siempre abierta. Sin ellas, sin su exquisito gusto y sin sus plumeros mano en ristre limpiando el polvo de sus hijos, de aquellas obras, la Casa del Siglo XV no hubiera sido posible. Ángel, más cercano y accesible. Jesús, más serio y silencioso, si bien, sabio y elegante en las distancias cortas.

Recuerdo, cuando yo era un niño, comentar a mi padre: “Ángel y Jesús están exponiendo a Picaso en la Casa del Siglo”. Y, unos años después, algún amigo te decía: ¡Tienes el último de Cat Stevens! ¿Dónde los has conseguido? Pues en la Casa del Siglo, ¿dónde si no? Chillida, Zóbel, Tapies y tantos y tantos, que llenarían este artículo. Muchas de sus obras han vuelto para homenajearles al Torreón. Todos los artistas de aquí han pasado por allí. Desde Mon Montoya a Luis Moro.

En aquellos tiempos, los días lluviosos, nos sentábamos en sus escaleras a charlar y ligar. De vez en cuando salía Carmen y, sin perder esa amabilidad, decía: “Chicos, podéis estar aquí, pero no deis voces y dejad de comer pipas, que luego me toca a mí barrerlas”. ¿Quién podía seguir comiendo pipas ante tal despliegue de bondad y comprensión?

Hubo un tiempo en el que vendían unas tarjetitas preciosas, baratas, en las que las chicas escribían esas cosas importantes que nosotros éramos incapaces de expresar: “El arte surge cuando el vivir no es suficiente para expresar lo que es la vida”. Y yo caía rendido de amor a sus pies.

Ahora, cuando coincido con Ángel Serrano a la salida de algún concierto, compruebo que, mirarle a los ojos es derretirse de ternura y que escuchar un momento sus palabras, es una bocanada de humildad y sabiduría.

Y es que, la Casa del Siglo XV, ha supuesto para muchos de nosotros, una iniciación a la vida, al amor al arte, al buen gusto, a la emoción por la música y a ser mejores personas. Se trata, al igual que la Obra Social y Cultural Caja Segovia, de una Institución que ha pasado a formar parte de nuestra historio y patrimonio. A un soñador siempre le queda la esperanza de que, el abrazo de ambos, propiciado por José Manuel de Riva, bajo la mirada callada de las obras que componen una exposición histórica para Segovia, venza a las huestes de los insaciables, reconquiste el territorio de lo propio y libere a nuestra amada Casa del Siglo XV de la ignominia de dejarla desaparecer bajo el anonimato y el olvido en forma de apartamentos turísticos. ¡Quién sabe! Quizá la ahora Fundación El Torreón, con la ayuda de todos, tenga que volver a erigirse como salvadora, cortando con la espada de su buen juicio, la ignorancia del sinsentido de construir apartamentos para albergar a turistas que vienen a visitar un arte que ellos mismos se han encargado de que desaparezca.

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