El abrazo de Felipe

El abrazo que le dio Pablo Iglesias a Pedro Sánchez en noviembre de 2019 selló la mutua dependencia de dos políticos que se necesitaban y, desde luego, el más feliz era Pablo Iglesias que todavía no se creía lo que había conseguido. Tampoco se imaginaba que la felicidad iba a ser tan breve. Aquel abrazo y las manos abiertas de Iglesias denotaban que quería estar “al nivel” del presidente y, al mismo tiempo, hacer gala del poder que ese abrazo, y la firma del acuerdo de gobierno le conferían. Casi dos años después, el abrazo de Pedro Sánchez a Felipe González —eufórico el presidente, más contenido González— es otro símbolo de la situación política. Lo importante en aquella ocasión y en ésta es la foto y lo que significa: somos un partido unido donde sólo manda uno y todos lo reconocen.

Las convenciones que han celebrado el PP y el PSOE en las últimas semanas apenas se diferencian y los objetivos eran similares: mostrar la unidad del partido, aunque sin explicar las razones que la mueven, pasarlo bien, aplaudirse a sí mismos y escenificar la apoteosis del líder. Con mensajes gratificantes, facilones y populares.

El PP necesitaba cerrar filas con Casado y rebajar las disputas internas y al PSOE sanchista le urgía demostrar que fuera del partido no hay vida y que hasta los más críticos se pliegan con tal de no poner en riesgo el futuro del partido. El mérito de Sánchez ha sido, según Zapatero, “iluminar el porvenir”, pero a costa de eliminar la disidencia y el espíritu crítico en todas las esferas del partido y del Gobierno, con alguna leve excepción podemita, que forma parte del frágil pacto entre los dos partidos. También el conseguir que hasta Felipe González se pliegue, acuda al Congreso y abrace, con los ojos cerrados, a un Sánchez al que había denostado. Entre su socialdemocracia y la de Sánchez hay un abismo de solidez, de generosidad política, de concordia y de sentido de Estado. El mérito de Casado ha sido sobrevivir contra todo pronóstico.

Sánchez y Casado, especialmente el primero, porque la derecha se divide más fácilmente y es más cainita, caminan en la frontera entre el liderazgo y el caudillismo, por más que a uno y a otro les moleste esa calificación. Pero es la verdad. El único capital que tienen las democracias es el Estado de Derecho, el imperio de la ley, el respeto a las instituciones. El Ejecutivo se ha comido al Legislativo y ha puesto en cuarentena al Judicial. Y los dos partidos dominantes han pactado el relevo en las altas instituciones del Estado —falta el Judicial, pero llegará— saltándose el espíritu y la letra de la ley y repartiéndose el poder por cuotas. Vivimos en la irrealidad: quienes tendrían que ser más respetuosos con la ley y servir a los ciudadanos, se saltan la ley y se sirven de los ciudadanos.

Que, después de rendirle pleitesía, Felipe González inste a Sánchez a estimular la libertad de opinar críticamente dentro del partido, es un sarcasmo. En el PSOE, como en el resto de los partidos, no son bienvenidos los que tienen otra opinión que no sea la del líder. Fuera del aparato del partido, controlado férreamente por el líder-caudillo, no hay vida. Es la confortable esclavitud de vivir bajo el paraguas del partido —los cargos, la “carrera” política, las prebendas, estar en las listas—… y la tiranía del líder. El abrazo de Felipe a Sánchez lo certifica.