EE.UU: no van bien las cosas

Agosto de 1987. El senador Joe Biden (Pensilvania, 1942) hace una intervención en el Caucus de Iowa. Pretende la nominación del Partido Demócrata para optar a la presidencia de EE.UU. Tiene como rival más destacado a Michael Dukakis, gobernador de Massachusetts. El senador se pregunta: “¿Por qué Joe Biden es el primero de su familia que ha ido a la Universidad? (…) Mis antepasados, mineros de Pensilvania, no eran débiles: tras doce horas de trabajo jugaban al fútbol otras cuatro”. Es un discurso progresista, dirigido a los votantes del cinturón industrial, el cinturón de óxido, del país; alaba las nuevas condiciones sociales de los americanos que permite esta porosidad social, tan distinta del pasado. Todo parece que marcha. Hasta que David Yepsen, el redactor jefe de política del diario Des moines register, el de mayor tirada de Iowa, publica que estas palabras con regusto popular y liberal son una copia de las que había pronunciado tiempo atrás el líder de los laboristas británicos Neil Kinnock. El bofetón resultó fuerte. “Fue peor que un video con contenido sexual”, recuerda Yepsen. Joe Biden renunció a la carrera de la presidencia. Nunca se supo si su aneurisma cerebral posterior, que le retiró durante siete meses del Senado, se debió al disgusto. La filtración había corrido a cargo del equipo de su contrincante demócrata, Michel Dukakis. Cuando este se enteró despidió a su jefe de campaña, John Sasso, y pidió perdón a Biden. “No quería que los líderes demócratas se avergonzaran de mi candidatura”, argumentó.

En el lado contrario se presentaba George Bush. No gozaba de sus mejores momentos el vicepresidente de Reagan. Había sido acusado de amparar la venta de armas a Irán de manera irregular para financiar a la contra nicaragüense. A pesar de ello, el 12 de octubre anunció su candidatura. Nombró como jefe de campaña a Lee Atwater, que olía la sangre fresca como un coyote en el desierto de Nevada. Atwater linchó a Dukakis por activa y por pasiva, con bulos y maledicencias. Dukakis era un buen gestor, un hombre honesto y progresista; contrario a la pena de muerte aunque se tratara de aplicarla al asesino de su mujer. Bush arrasó.

Se puede entender el todo vale en la campaña, aunque, como se ha visto, cada cual elige su estándar de moralidad. Es más difícil de aceptar que quepa cuando una persona se sienta en el sillón de la Casa Blanca. El discurso de Donald Trump en la madrugada del viernes es de una irresponsabilidad mayúscula. En unos minutos se cargó uno de los pilares de la democracia: la seguridad jurídica. Sin seguridad jurídica el armazón del sistema se tambalea. Que lo diga un particular instalado en el sillón de su casa puede tener un pase, que lo haga un presidente de los EE.UU., comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, produce otro tipo de emociones, ninguna de ellas tranquilizadoras. Que al día siguiente la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, diga textualmente: “Trump puede hacer cualquier cosa” en el tiempo que resta hasta el 19 de enero, sencillamente pone los pelos de punta y demuestra hasta qué extremo las cosas en el país americano no andan bien. Está aventajando a España en el grado de crispación y de fractura social y política. Ya no se trata de una cuestión racial, religiosa o económica. Los protagonistas son líderes y la trifulca se produce en el momento en el que la democracia adquiere su consagración: en la elección de los representantes ciudadanos. Y me temo que el asunto va para largo, porque ahora, por recursos o por diferencias ajustadas, los recuentos van a estar a la orden del día. Es un consuelo que sea la prensa libre quien esté cumpliendo su papel, atreviéndose incluso a cortar una intervención presidencial para anunciar que las acusaciones del titular de la Casa Blanca se estaban realizando sin ningún tipo de prueba.

No voy a decir que es la única garantía de libertad la prensa libre. En otros artículos he defendido mi creencia en el Tribunal Supremo. “En ese país nada más bajar de un avión se respira la libertad que ampara el Tribunal Supremo”, solía repetir, parafraseando a un conocido jurista, el maestro Eduardo García de Enterría. Recuerdo, sin embargo, que hace doscientos años un presidente de EE.UU., Thomas Jefferson, decía: “prefiero tener prensa sin gobierno que gobierno sin prensa”. Lo que han cambiado los tiempos. ABC, CBS y NBC —vapuleadas por Trump— supieron estar a la altura de las circunstancias hace unas horas. Volverán a estar ahí, junto con la prensa libre, en los próximos días, semanas, casi meses. Siguen el camino del insigne Dutton Peabody, editor, periodista, propietario y hasta barrendero del Shinbone star, en la excepcional película de John Ford, El hombre que mató a Liberty Valance. “¡Buenas gentes de Shinbone!”, exclamaba, “yo, yo soy vuestra conciencia, soy la vocecita que resuena en la noche, soy vuestro perro guardián que aúlla frente a los lobos, ¡yo soy vuestro confesor!”