Eduardo Juárez – Lás lágrimas de Alicia

1869

No hay cosa más difícil en esta vida que hacer ver a los demás que han triunfado cuando la derrota ha anidado en su mente. Convencer al que ha vuelto del combate más atroz de que la supervivencia de uno sólo define la victoria sobre el más tenaz de los enemigos; que sobrevivir al peor de los trances es un triunfo que nos permite transmitir lo aprendido; todo ello debería ser un argumento incuestionable para convencer a cualquiera de la trascendencia encerrada en lo sufrido. Y, sin embargo, es casi imposible de lograr, lo que conlleva una terrible frustración en quien lo intenta.

Así me sentí el otro día tratando de consolar a mi querida amiga, Alicia González Tejero, enfermera de la UCI del Hospital General de Segovia. Duramente golpeada por las consecuencias que la batalla sostenida contra la pestilencia le han provocado, compartimos un par de horas sentados en el poyete de granito que limita el jardincillo de la calle del Cuartel Nuevo, en el Barrio Alto del Real Sitio.

Conducida hasta aquel lugar con engaño por su familia, nuestro casualmente preparado encuentro tenía como objetivo que la charla entre veteranos elevara el espíritu de este par de amigos. A primera vista, Alicia, siempre risueña y atenta al discurso del que suscribe, fue escuchando mi experiencia a la vez que intercalaba su vivencia en los pocos momentos que este charlatán le permitía. Y entre asfixias y medicinas, anécdotas de resistencia y cantos a la vida, algunas lágrimas escaparon de los ojos de mi amiga. Viéndola sufrir en silencio el recuerdo de lo que con tanto esfuerzo estaba tratando de olvidar, un servidor no podía dejar de pensar en el estrés postraumático soportado por aquellos que, habiendo superado un conflicto bélico, deben volver a la normalidad. Ya me lo avisó uno de los neumólogos: aparte de una guerra, esto es lo peor que nos ha sucedido. Y, como en cualquier confrontación, los veteranos supervivientes han de afrontar el regreso a la normalidad. Bueno, a la no-guerra, pues ya me dirán ustedes a qué normalidad se puede volver después de haber experimentado aquello.

Y no crean que la comparanza queda lejos de la realidad. En mis diferentes traslados por el interior del hospital segoviano pude comprobar cómo aquello se asemejaba de forma más que obvia a una zona en guerra. Desde los pasillos copados por ingentes montoneras de suministros, reutilizado todo espacio posible para la recepción de enfermos y poseídos los sanitarios por un ir i venir constante y demencial, aquello era, sin duda, lo más parecido a un hospital de campaña y la UCI y sus espacios colonizados, a la línea del frente. Del mismo modo que los médicos de los hospitales de Guadarrama, La Granja y Valsaín hubieron de afrontar la sangría de vidas en mayo y junio de 1937, los profesionales del centro sanitario segoviano han padecido una pesadilla de difícil escapatoria. Con escasez de material y necesidad perentoria de apoyo profesional, la plantilla del hospital de Segovia, de los hospitales de España, han tenido que batallar en inferioridad contra un enemigo del que desconocían prácticamente todo. Desde el corolario de síntomas, en creciente aumento cada día, hasta la ausencia de un tratamiento claro, pasando por la obligada experimentación, Alicia y sus compañeros han tenido que atacar con todo el arsenal a un enemigo que nunca dio la cara y que se llevó por medio una gran parte de su alegría y la memoria de una sociedad que ha perdido la conciencia atesorada en el recuerdo de los mayores.

Y, escuchando a Alicia desahogarse, me preguntaba cómo era posible que a nadie se le hubiera ocurrido pedir que todos ellos, sanitarios profesionales, entregaran un informe de actuación que evitara que todo esto caiga en un lacerante olvido. Un escrito donde poder transmitir lo experimentado de modo que lo allí plasmado se convirtiera en enseñanza para el futuro. Parece mentira que, castellanos como somos, hayamos olvidado la costumbre de los jueces foreros y sus fazañas. Registrando su actividad en la ostentación del cargo, los jueces dejaban memoria de cada una de las decisiones tomadas, sentando de aquella manera jurisprudencia básica para los concejos venideros. De haber hecho lo mismo, nuestros sanitarios podrían dejar su experiencia terrible como magistral enseñanza, amén del carácter terapéutico de expulsar en negro sobre blanco cualquier demonio albergado.

Aún estamos a tiempo de hacerlo. No me cabe la menor duda de que necesitaremos tirar de esa experiencia cuanto antes, comprendiendo que son los profesionales curtidos y experimentados los que constituyen la grandeza de un sistema público eficiente y saludable. Démosles, pues, la posibilidad de transmitir lo aprendido, comprendamos que no todo se puede reducir a la monetización en una sociedad y luchemos para que, en la próxima batalla, afrontemos el combate en igualdad de condiciones.
Solamente así, queridos lectores, las lágrimas de Alicia habrán servido para algo.