Eduardo Juárez – El balneario de José Carlos Wicht

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Que este ha sido un Real Sitio repleto de estupendos hoteles, se lo escuché decir a mi abuela María más de una vez. Y a mi Señor Padre. A mi suegro, Don Miguel Escudero, Y, por supuesto, a la Sra. Antonia Tapias, quien tuvo la suerte de conocer el aspecto de las lujosas habitaciones del desaparecido Hotel La Calandria que edificara el Sr. Herrero de Tejadas hacia 1869 en las ruinas de la que fuera fábrica de lienzos y, anteriormente, de vidrios finos y entrefinos. Lo mismo se podría decir del Gran hotel del Norte en el Barrio Bajo del Real Sitio, junto con la casa de baños de la familia Vega, los Hoteles de Roma y de París. Nombres grandilocuentes todos ellos, destinados para el alojamiento de cuantos cortesanos, políticos, financieros y buscavidas se acercaran a este Paraíso al calor de la presencia de la jefatura del Estado, ya fuera este monárquico, republicano o dictatorial.

En ese sentido, si alguno de los hoteles decimonónicos destacaba por su pretensión fue, sin duda, el Hotel Europeo, ubicado en el espacio que una vez ocupó el Cuartel de Infantería, más conocido como Cuartel Viejo o de Verderones, dado el color de la casaca de los infantes españoles de aquel entonces. Respetando una de las garitas en su esquina inferior, la esquina redonda del Real Sitio, lindaba hacia el Palacio Real con la antigua casa de las carnicerías y con la morada del Intendente, adelantado del Rey y su jurisdicción en este sitio. Dotado de café y barra americana que llamábamos el Ambigú, fue durante más de un siglo la bandera de los hoteles del Paraíso. Dotado de espaciosas y elegantemente vestidas habitaciones, los huéspedes alquilaban sus servicios durante toda la jornada regia, que podía llegar a durar hasta tres meses y medio. En sus camas de hierro forjado y sábanas rayadas descansaron toda suerte de personas capitales para la historia de este país. Desde presidentes del consejo de ministros a los que el rey o la reina no querían en su casa de oficios, a ministros y militares variados, pasando por eclesiásticos de toda condición. Se dice, incluso, que José María Escrivá de Balaguer tuvo una visión mariana en sus escaleras, lo que hoy en día me sigue atemorizando cada vez que voy a visitar a mi querida amiga, María Pérex, vecina de aquel singular edificio.

El caso es que tal Hotel pudo existir gracias a la iniciativa de un empresario singular, llamado José Carlos Wicht y Chipot. Nacido en Francia en 1850, tuvo a bien recalar en el Real Sitio para desarrollar su empresa hotelera aprovechando la herrumbre en que se había convertido la mayor parte del patrimonio histórico español durante el largo reinado de Isabel II. En efecto, corrompido el erario por las constantes crisis que los sucesivos modelos fallidos de Estado provocaban, apenas quedaba dinero para sufragar los gastos básicos del mismo y para cumplir con el tradicional saqueo de la hacienda pública perpetrado por las élites corruptas. No habiendo dinero para nada, desde luego menos lo había para soportar el mantenimiento de los cuarteles del Real Sitio. Esta oportunidad fue aprovechada por Carlos Wicht para comprar el destartalado acuartelamiento de la infantería, en desuso desde hacía casi medio siglo.

No contento con aquel hotel, Carlos Wicht siguió aprovechando la falta de emprendimiento de aquel Estado al construir el Hotel de Roma en el lugar donde se había alzado el fielato de la Puerta de Segovia, tan bien representado por aquella acuarela de Martín Rico que está custodiada en el Museo del Prado.

Gracias a la actividad del empresario francés fueron apareciendo el resto de los hoteles citados, dando uso a tanto cuartel y casona abandonada por el Estado a su suerte. En uno de esos grandes edificios en situación de abandono, el llamado Cuartel de Retenes, en tiempos ocupado por la Guardia Valona, imaginó Carlos Wicht construir el mayor de sus hoteles que debía incluir un balneario. Pretendía así equiparar el Real Sitio con los grandes destinos turísticos europeos para la aristocracia y que impidiera la fuga de todas esas fortunas a Baden-Baden, Budapest, Karlovy-Vary o a Biarritz, frecuentado este último por la reina Isabel II como alternativa al Paraíso serrano.

Para nuestra desgracia, el viejo cuartel de Retenes siguió siendo una carcasa hueca hasta que, a finales del 1941, se trasladara la Guardia Civil, quedando el sueño de Carlos Wicht en eso, un sueño sin más. No se sabe muy bien por qué Carlos Wicht dejó el Real Sitio a principios del siglo XX. Sabemos que falleció en Francia hacia 1925, dejando sus hoteles en manos de Cándido Robledano, ocupada su vivienda particular por este humilde Cronista desde hace un par de años.

Sea como fuere, el que suscribe no deja de echar en falta este tipo de empresarios dinamizadores de la comunidad que con su imaginación y fuerza emprendedora tratan de transformar y evolucionar el lugar en que uno tiene la suerte de vivir. Perdidos los Carlos Wicht que pudiera haber, nos hemos quedado, salvo honrosas y desconocidas excepciones por parte de un servidor, con falsos emprendedores, explotadores del presupuesto general y de lo público hasta provocar la extinción de un pilar de la sociedad, transmutado todo lo empresarial en saqueo continuado de lo que es de todos.

Sin duda, en algunas ocasiones, me pregunto dónde estará esa conejera mágica que nos permita traer del pasado lo bueno y olvidado.