Eduardo Calvo – Sánchez no tiene quien le escriba

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Lo dije en la televisión. Insisto ahora, negro sobre blanco. Contrariamente al viejo coronel de la novela de García Márquez, que aguardaba una notificación inexistente, el joven Sánchez ya ha recibido todas las notificaciones habidas y por haber. Se lo han escrito todo, y en ese todo incluyo el trabajo de la periodista Irene Lozano donde glosaba sus habilidades como encajador de trompadas amigas. Nadie le escribirá nada, salvo su final, que ya está escrito. Hace días Fernández Vara cerró un mitin con un lapsus esclarecedor. Anunció que el presidente del gobierno salido de las elecciones del 10 de noviembre sólo podía ser Felipe González. Se corrigió atropelladamente pero ya se le había ido el santo al cielo. Expresó lo que muchos opinan dentro de las filas socialistas. Me atrevo a acotar aún más el juicio nada temerario del señor Fernández Vara: luego del 10 de noviembre cualquiera puede ser presidente del gobierno; cualquiera menos Pedro Sánchez. Es indiscutible que hay hombres con suerte, y hasta hoy el señor Sánchez se antoja uno de ellos. Asimismo, es incuestionable que la suerte, como la vida, dura lo que dura. En el caso de Sánchez la fortuna empezó a torcerse cuando, quién sabe si llevado por el capricho, contrató a un nuevo asesor, un asesor inteligente. No tenía bastante con el señor Redondo y quiso disfrutar con el osado talento del señor Jaime Miquel. No reparó en que alguien con ideas, si lo incorporas a un páramo y le da por pensar, te monta una avería.

Con Iván Redondo todo iba sobre ruedas. Un comercial atrevido y un hombre sencillo. Venía de aupar a Albiol a la alcaldía de Badalona. Formuló el lema “limpiar la ciudad”, que daba pie a interpretaciones oblicuas. Recuperó el casco de bombero para el señor Monago en Extremadura. Un publicitario efectista y efectivo. En cuanto a sus ideas políticas: una o ninguna; ni falta que hacen, que los pensamientos dan jaqueca. Este desinterés lo compensa el señor Redondo con su fama, seguro que bien ganada, como jugador de ajedrez. Sobre tal afición me permito citar a Unamuno, ahora en boga debido a una película reciente. De Unamuno prefiero sus ocurrencias a su literatura. Dice que el ajedrez no es asunto serio, y demasiado complicado para ser un juego. Con el señor Redondo no corría el señor Sánchez riesgo de marearse. Hasta que llegó Jaime Miquel, nuestro tercer hombre. Licenciado en Historia y Geografía, estudioso de tendencias demoscópicas y oteador de nuevos horizontes. Apostaba por un recambio en el espacio de la izquierda. Inevitablemente, Podemos ocuparía el lugar del PSOE. Jóvenes, dinámicos, cantarines, joviales y vistosos frente a viejos, enmohecidos, caducos y hasta corruptos. No lo digo yo; lo escribía Jaime Miquel en el año 2016. Era una reconfiguración necesaria. No ocurrió, que no todos los deseos son órdenes y el análisis marxista suele abstenerse ante muchos interrogantes. No sé si el señor Miquel se decepcionó interiormente. Sé que, lejos de amilanarse, fichó por Moncloa, decidido a convertir al PSOE en un artefacto joven, llamativo y vocinglero: Para conseguir sus fines convenía borrar el referente.

Si Podemos no desplaza al PSOE hagamos que el PSOE se parezca a Podemos. Como dos gotas de agua. Un modelo foráneo: el tinglado de Andrés Manuel López Obrador -AMLO de pronto y a sus años- allá por Méjico restaura la hegemonía de la izquierda tras la desaparición, quien sabe si transitoria, del viejo PRI, macerado por los escándalos. Lo hace a través de una organización de corte populista encabezada por un dirigente añejo reseteado al efecto. A este lado del mar, lo malo de recurrir a la estética y el discurso de Podemos es que había que recomponer su papel esencial como Caballo de Troya del nacionalismo costumbrista del PNV y del independentismo calculado y calculador en Cataluña. Y claro, esa afrenta no iba a permitirla el señor Iglesias. Que le robasen la gestualidad y los lemas tiene un pase, pero que le usurpen su protagonismo merecido como monaguillo del independentismo reaccionario en un posible Gobierno de España, eso sí que no. De modo que, como dirían los cubanos, Pablo Iglesias “les subió la parada”. No fue un problema de egos, ni de repartirse los sillones, o no sólo. Había que preservar la identidad. Los nacionalismos, tanto el vasco como el catalán, entroncan con el obstinamiento reaccionario que alentó las guerras carlistas, ese carlismo con el que abiertamente simpatizaba Marx. En la democracia, ETA y sus cómplices avivaron la cuarta carlistada. En Cataluña, les toca a Torra y a Rufián escenificar la quinta. El marxismo es la puesta al día y el aggiornamento de las ideas reaccionarias. Los dirigentes de Podemos no pueden romper con el supremacismo nacionalista, no saben separarse de la carlistada. La idea de una España de españoles libres e iguales les disgusta, como a buenos reaccionarios. Si no hay lucha de clases tendrá que haber lucha de territorios. La tragedia de algunos socialistas es pensar que solamente ellos son demócratas. La fatalidad de la nueva izquierda es la obligación del conflicto, de cualquier conflicto, para existir.

Cuando naufraga el desplazamiento al populismo surgen los Fernández Vara requiriendo que vuelva Felipe González a la presidencia. Y de ministro de Asuntos exteriores Mariano Rajoy, por qué no; asomaría desde el fondo del bolso de la señora Saénz de Santamaría. Dejemos a un lado semejante pesadilla. Dejemos también a un lado a los “barra brava” del gobierno en funciones, a los hooligans: Dolores Delgado, Grande Marlaska, la vicepresidenta inefable que a veces suena a personaje de Jardiel Poncela. Otros miembros del equipo -Ábalos, Calviño, Planas- coincidían con el periodista y empresario Juan Luis Cebrián en evitar las elecciones. Ante las reticencias de Iglesias se encomendaron a las encuestas, se sacaron de la manga al señor Errejón –carta que no tiene por qué cuadrar-, empezaron a exponer a los sectores más conspicuos de la oligarquía las ventajas del viejo turnismo, el remanso cenagoso del bipartidismo; con ellos en el machito, como tiene que ser. Último recurso si el señor Iglesias sobrevivía y seguía respondón. Y lanzaron al aire la moneda. Y con la moneda lanzaron al aire al señor Sánchez. No sirve para pactar con Iglesias ni para ensayar un apaño con el sector apoltronado y complaciente del PP. No puede caminar y comer chicle al mismo tiempo. Fuego cruzado. Se creyó los malabares de Iván Redondo y las fantasías de Jaime Miquel. Los que escriben ahora para el señor Sánchez lo hacen a escondidas. Redactan las normas elementales de la ruleta rusa. Es un juego sencillo: a poco que insistas siempre acaba mal.