Eduardo Calvo – No era verdad

No era verdad I
España no era una gran nación. Acaso lo fuimos, cuando nuestros padres y abuelos, o antes. No ahora. Una nación, pequeña o grande, no se acostumbra al vivir en tela de juicio; no es discutible porque nadie se ocupa en discutirla ni se afana en el vilipendio de sus símbolos. Una nación que se precie no abriga gobiernos que puedan trampear con quienes la niegan de pleno, o incluso se sustentan sobre aquellos cuya única razón de ser es mutilarla y abolir la convivencia. Tampoco éramos un país feliz y envidiable. Un país decente no admite el sacrificio de sus ancianos. Los mismos ancianos tan nobles y fuertes que dieron techo y comida a sus hijos y nietos durante la terrible coyuntura económica de hace una década. Una gran nación y un país envidiable; hueca palabrería que a estas alturas resulta obscena. Insistir en la infamia nos condenará sin remedio, porque ante nosotros se alza un yermo desalentado y aturdido donde no queda ni un resquicio para la impostura.

No era verdad II
España no tenía la mejor sanidad el mundo. No era verdad. La abnegación y el arrojo de nuestros sanitarios, abandonados sin protección ni cuidado, no fueron suficientes, del mismo modo que nunca será suficiente nuestra gratitud. La primera oleada desarboló previsiones y defensas. No hay siquiera una mínima aproximación atinada en cuanto al número de contagiados; no es improbable que una buena parte de la población esté afectada por un virus del que, según la versión oficial, apenas contaríamos con casos aislados. Aún siendo dudosas, las cifras de víctimas móntales extienden una luz aterradora. Segovia sufre más fallecidos que Corea del Sur. Soria más que Japón. Madrid más que China. Castilla la Mancha más que la India. Las bajas de ambos bandos en la cruenta batalla del Ebro, allá por las postrimerías de la guerra civil, no alcanzan la cuantía de los caídos a causa del coronavirus. Como sospechábamos, las televisiones principales no entretienen, no educan, no acompañan. Adoctrinan o embrutecen. Sus comunicadores, por sectarismo o en atención a la cuenta de resultados, pasan de puntillas sobre la consternación; todo lo más un ligero mohín apenado o un fruncimiento de ceño que se disipa en una fracción de segundo. Procuran distraer del horror y exoneran a sus posibles responsables. Cada día que enredan con estadísticas y comparativas o exhiben un rictus de optimismo voluntarioso mueren de verdad cientos de españoles.

No era verdad III
Y no, por desgracia la Unión Europea está lejos de ser la panacea. Entre otras cosas porque de Unión tiene poco más que el nombre y la moneda. El economista Paul Krugman, receloso del invento comunitario, vaticinó la desaparición del euro a lo largo de la reciente crisis económica. Se equivocó a medias. Confundió el significante con el significado. El euro puede sobrevivir en tanto fracasa la Unión Europea. No nos detengamos en la anécdota, en la desconfianza de holandeses y alemanes; piensan que derrocharemos las ayudas y no devolveremos préstamo alguno. Como contrapartida, desde esta orilla consideramos a los socios del Norte unos avariciosos egoístas, cosa comprensible dada su torcida condición de luteranos. Mejor ilustra la llegada a Italia de científicos chinos y médicos rusos y cubanos. Y en Bruselas crece un silencio trepidante, entreverado con el sigiloso forcejeo de los dineros. El coronavirus es el Chernobyl de la Unión Europea. Y repetir que la solución de Europa es más Europa no pasa de ser pura retórica. Asimismo será retórica la exaltación petrificada de nuestro modelo territorial. El Estado de las Autonomías no dinamiza sinergias; en sus mejores momentos sobrelleva duplicidades. Los gobiernos autonómicos han debido gestionar por su cuenta los suministros existentes y el acopio de nuevas providencias. La sincronía con el Ministerio de Sanidad no ha sido la apropiada. Cuando en Galicia el señor Feijoo ofreció recursos a otras comunidades recibió reproches de la oposición. La transferencia de competencias fundamentales, como Sanidad o Educación, supone un despropósito. Distinguir en el cuidado de la salud o el acceso a los estudios conforme al lugar de residencia socava la cohesión social. La dispersión o enfrentamiento de territorios de hoy en día recuerdan en exceso el desmembramiento que alumbró las jornadas febriles de la Primera República.

No era verdad IV
Final y fatalmente, no era verdad y no es verdad que el Gobierno haya procedido y proceda con la diligencia exigible. Antepuso un operativo de propaganda partidaria, las manifestaciones del ocho de marzo, al avecinamiento de una emergencia de salud pública. El señor Sánchez anunció el Estado de Alarma antes de declararlo; un sinsentido. Dividió las medidas de confinamiento en dos fases, y en la primera toleró la movilidad interprovincial y la intraurbana. Improvisaron chapuceramente en la compra de material. Su asesor de cabecera, el inefable Fernando Simón, digamos siendo benevolentes que hizo el ridículo. El cariacontecido titular de Sanidad aún se resiste a desvelar el nombre del proveedor que nos vendió pruebas médicas defectuosas. Al perseverar en el mismo cauce levantó las inevitables sospechas. No les aprovechó la experiencia. Para el avituallamiento de mascarillas, de pronto imprescindibles, se valieron de empresas distantes hasta entonces de esas labores, alguna de ellas con un pasado comercial confuso. La actuación del Gobierno ahondó el dolor en lugar de mitigarlo. Cuando el presidente pregonó en el Congreso lo de “ a toro pasado todos son Manolete “ desnudó la poquedad de su alma. El talante chocarrero disfrazaba sus flaquezas esenciales. Falló el Gobierno. Fallaron y mintieron. Y fallarán y mentirán de nuevo.

No era verdad V
Con los años he concluido que la política es la gestión ejemplar y ejemplarizante de la cosa pública. Cuando no sirven como excusa, las ideologías son el soporte del fanatismo o la rutina. No me importunan ni me escandalizan las ideas de Sánchez, tan mudables por otra parte. Me avergüenza su sostenida desvergüenza y desapruebo su probada impericia. Pretende ocultar su ineptitud parapetado tras la verborrea torpe y licenciosa de su escudera Lastra, jaleado por las televisiones amañadas y un tropel de informadores agradecidos. Su objetivo es difuminar la tragedia, repartir sus culpas entre la fatalidad y la oposición. Seguir en el poder pase lo que pase, y para ello hay que olvidar lo que ha pasado. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias conforman la representación agónica de una clase política brutalmente degradada. Cabe recordar que fueron elegidos por la ciudadanía. Son el reflejo enfermizo de una sociedad enferma. Como bien hemos visto, uno muere cuándo, cómo y dónde sea. La manera de vivir se escoge, y toca vivir de pie. Esta visión inhóspita acaso prefigure nuestro resurgir como nación. En el daño y en la pérdida nos damos a conocer. Una sociedad sin alma está abocada a repetir el “ vivan las cadenas”. Un pueblo con orgullo no se entrega a gobernantes de fea calaña. Nos han ido quitando la dignidad, pero no hicimos mucho por resistirnos. Escribió López de Vega: “ La mejor sangre el dinero”. Escribió palabras amargas que la mayoría de los españoles no queremos oír ni pronunciar. Yo escribo estas palabras libre de dogma, de partido, de certeza o servidumbre. Escribo sujeto a mi conciencia porque apelo a su conciencia de hombres libres. No nos mintamos a nosotros mismos; no permitamos que nos mientan otros. Tanto que no era verdad nos empuja a caminar juntos por el solo camino en el que nos encontraremos. Tenemos que recorrerlo. Ignoro si merecemos encontrar verdad alguna, pero nuestra obligación es intentarlo. Se lo debemos a nuestros muertos.