Editorial | El virus que arrambló con nuestra existencia

Ayer se cumplió un año de la irrupción del coronavirus en nuestra vida. Desde entonces, el dolor, el miedo, la incertidumbre, los descubrimientos médicos… han pasado a formar parte de nuestro devenir diario en la misma medida en que la rutina y la cotidianeidad han cambiado de manera en ocasiones radical. Actos como una cena entre amigos, una noche de copas o un viaje han sido obviados de nuestro arsenal de costumbres. La muerte en soledad y el miedo al otro –cuando no el reproche- se han instalado en cambio en nuestro acontecer y en nuestro comportamiento social. Cuando no la pérdida del trabajo o de una cartera de clientes que antes sostenían un negocio de años. No se nos hace ya extraño ver a un amigo y no darle un abrazo o no repetir las celebraciones anuales que, como ritos no programados, se habían instalado en nuestros hábitos cotidianos. Como tampoco contemplar la persiana bajada del bar en donde tantas horas gozosas pasamos. Por desgracia sabemos todos los días el dato de contagiados y de muertes, pero no todas las afecciones paralelas que la maldita pandemia ha traído consigo: consecuencias existenciales, psicológicas, emocionales. Solo cuando se apacigüe este tsunami patológico y la situación vuelva a la calma se podrán valorar esos otros daños colaterales, que son también muchos y significativos. Pero no sabemos el tiempo que todavía queda de convivencia con el virus, ni las consecuencias futuras que puede tener en nuestra existencia.

Mientras tanto, la tercera ola aprieta. Y con ella las trifulcas sobre las medidas a adoptar en un futuro inmediato. Hasta ahora solo hablamos de las iniciativas sanitarias y de contención de la enfermedad, no de las que atañen al orden moral de una sociedad como cuerpo múltiple que se enfrenta a una catástrofe, y en la que se concitan diversos y a veces enfrentados intereses. No es el momento de entrar en esta cuestión, pero sí en los cambios operados en cerca de un año en las medidas que se han adoptado en la lucha contra el virus. Por ejemplo, los que han recaído sobre el confinamiento domiciliario y la paralización de la mayor parte de la actividad social.

No anda muy lejos la pobreza de la enfermedad

Deberían las administraciones, y en especial el Gobierno del Estado que se opone a él –frente a la opinión de algunos sectores médicos y de algunos médicos con responsabilidades políticas-, explicar su postura contraria al confinamiento, y la diferencia de conceptos entre las medidas que se adoptaron a partir de marzo y otras que se están asumiendo en épocas de fuerte virulencia que marcan una estrategia distinta. Y hacerlo con claridad. El encierro total –salvo actividades esenciales- puede resultar una medida superada a la luz de los conocimientos de transmisión que poseemos hoy. Y también por las consecuencias de todo orden –esas repercusiones colaterales de las que hablábamos- que adquieren de por sí una gravedad reseñable. No anda muy lejos la pobreza de la enfermedad. Si los contactos sociales son la fuente primera de contagio, y en cambio las actividades al aire libre o, incluso, las escolares han poseído hasta ahora una transmisión limitada o contenida, deberán ser circunstancias a tener en cuenta a la hora de determinar medidas futuras. Pero, en todo caso, urge un marco de actuación unificado entre las administraciones competentes: Estado y comunidades autónomas. Y una evaluación serena de medios, medidas y consecuencias. Pero también por parte de la sociedad una reflexión sobre las repercusiones morales de este estado de emergencia sanitaria permanente.