Don Domiciano y la amistad

Don Domiciano Monjas Ayuso, que fue párroco del Santo Cristo del Mercado, falleció el día 6 de febrero de 2019 a los 87 años de edad. Dado el carisma de esta persona se ha elogiado mucho su labor pastoral y por mediación de sus fieles feligreses, el Ayuntamiento ha dado su nombre a la rotonda de intersección de la calle José Zorrilla con la avenida del Obispo Quesada. A mi parecer es muy poco lo conseguido, ya que los méritos de Domiciano son tan excelsos que bien se merecería escribir en letras de oro su nombre en la mejor avenida de Segovia.

La humildad, bondad, sapiencia y todas las virtudes que el ser humano puede atesorar, don Domiciano las poseía en grado sumo. Es más, si no me he atrevido a escribir este menguado panegírico con anterioridad, es debido a que pienso que conociendo su modestia a él le molestaría ver su nombre escrito exponiendo sus tan sobresalientes virtudes.

Le conocí el día que se inauguró el Taller-escuela Sindical de Formación Profesional Ángel del Alcázar, ya que yo impartiría la clase de aritmética y el de Religión, es decir el 21 de octubre de 1957 (hace 66 años) fecha que abrió sus puertas el taller. Siendo un año más joven que yo, desde ese mismo día ya fuimos para siempre más que compañeros, verdaderos amigos.

Dada nuestra buena amistad ofició la ceremonia de mi boda en la iglesia de San Millán el día 18 de diciembre de 1960.

Mi primera vivienda estuvo en la calle de José Zorrilla, 135, 4º piso y Domiciano vivía en el tercero. Así que hicimos un convenio. Dos días a la semana subía él a mi casa y yo le daba clase de matemáticas y otros dos días bajaba yo a la suya y me daba clases de griego. Así estuvimos una temporada hasta que yo me mudé a un lugar más céntrico de Segovia.

Como de las profesiones que he ejercido a lo largo de mi vida la de profesor es de la que estoy más orgulloso, tengo que decir que tuve por discípulos a su hermana Bernarda que estudiaba magisterio y a su hermano menor que cursaba bachiller.

Al enviudar mi persona recurrí a él ya que volvió a oficiar mi segunda boda, en esta ocasión en El Santo Cristo del Mercado, el día 30 de mayo de 2003. En la plática de la ceremonia Domiciano rememoró nuestras antiguas aventuras con tal gracia que hizo sonreír a todos los invitados asistentes a la misma. Pero es que también casó a mi hijo Jesús Lorenzo en la ermita de la Fuencisla.

Ante tantos favores que me hizo le regalé una buena casulla que adquirí en una tienda de la calle Bordadores de Madrid para oficiar la ceremonia y Domiciano el mismo día de la boda me pidió perdón porque la había estrenado para dar una primera comunión de unos niños. Así era de humilde don Domiciano.

Pero no solo estuvo presente en mis alegrías, también estuvo presente acompañándome siempre en mis desgracias, siendo de agradecer infinitamente la tranquilidad de espíritu que su presencia me reportaba.

Cuando nos veíamos por la calle nos parábamos a departir largo y tendido, contándonos nuestras cuitas y en los últimos tiempos Domiciano me hablaba de los padecimientos de sus achaques y que yo procuraba consolar. Recuerdo que la última vez que le vi fue a finales de 2018, nos encontramos frente a la churrería de José Zorrilla, y ya me dijo que no se encontraba bien, falleciendo a los pocos meses al parecer de la enfermedad de Parkinson. Fue nuestra definitiva despedida quedando grabada para siempre en mi corazón.

Pero bien se ve que no soy solo el que siente admiración por Don Domiciano, ya que queda claro que todos sus feligreses, conocidos y amigos sienten profundo cariño por este santo varón, no recatándose en expresar públicamente su admiración y habiendo logrado dar su nombre a la rotonda, por lo que personalmente me siento muy agradecido.

Bien podemos decir que si hay personas que lograron la santidad por méritos propios, no cabe la menor duda de que a don Domiciano habría que colocarle en un lugar preeminente entre los elegidos.