Dispuestos a aprender

Tras publicar “Cómo ser un buen Homo sapiens” un buen amigo me dijo que intentaba serlo. Me alegró un montón: porque intentar ser mejor equivale ya a empezar a serlo; aunque también hay que decir bien claro que para conseguirlo del todo hay que aprender muchas cosas y estar dispuestos a aprenderlas y ponerlas en práctica.

El estar dispuestos, abiertos, a aprender es una de las mayores grandezas del ser humano; aunque sea consecuencia de una limitación patente: los del género “homo sapiens” tenemos que aprender casi todo. La genética para nosotros apenas llega a lo biológico. A partir de ahí casi todo consiste en aprender de una u otra manera.

Nuestro cerebro trabaja en ello intensamente. Y aprendemos sobre todo a vivir, porque solo podemos vivir en sociedad y eso implica demasiadas cosas que se escapan de la genómica. La pura biología no permite sobrevivir a los seres humanos solitarios.

Tanta importancia tiene aprender que en cuanto hubo diferenciación de funciones en la tribu, unos enseñaron a otros. Ese empeño en enseñar se inició probablemente un segundo después de que una banda de sapiens empezara a darse cuenta que era totalmente distinta del grupo de antecesores de los chimpancés que bebían agua junto a ellos en la misma charca. Si fuéramos tan parecidos a los chimpancés como algunos quieren, resultaría que la causa de que ellos sigan tan felices en los árboles y nosotros tan desgraciados en las ciudades solo se debería a la educación: mal empezamos.

Según cumplimos años, se tiende a pensar que las cosas están cada vez peor. Basta con escuchar a los profesores de universidad que, desde el siglo XIII, se quejan sistemáticamente de que los estudiantes les llegan cada vez peor preparados. Si fuera verdad sería imposible explicar cómo avanza la ciencia, o, más improbable aún, habría que concluir que los profesores de universidad son cada vez mejores: porque consiguen mejores resultados con peores estudiantes. Para que luego digan que la universidad está mal.

Vengan como vengan a la universidad y a la vida, los sapiens que no están dispuestos a aprender a hacer las cosas bien solo pueden llegar a comportarse con decencia por pura casualidad. Eso en el extremo teórico más negativo. Las cosas no suelen ser así en la vida normal. No estamos tan mal. Además, ese aprendizaje en el bien no consiste en matricularse en unos cursos que certifica la ANECA y luego figuran en el currículo para que te den un empleo, aunque sea esa la tentación habitual de nuestros políticos y funcionarios.

Este aprendizaje en la bonhomía constituye una actitud habitual en mucha gente, aunque tenga su punto de verdad esa afirmación de un vecino de Peligros (Granada) que me repetía, ante las simplezas con que le contestaban algunos de sus vecinos: “Mire usted don Julio, aquí lo que hay es mucha falta de ignorancia”. Y sí: faltaba la ignorancia suficiente para que sonara la campana de las urgencias. Porque la ignorancia es difícil de percibir por el ignorante. Los profesores lo comprobamos cada día: hay gente que sabe tan poco, tiene tanta ignorancia ignorada, que es incapaz de entender por qué su examen es tan malo. Se requiere un mínimo de conocimiento para poder entender que es insuficiente el que se tiene.

El modo más frecuente de empeñarse en este aprendizaje vital no consiste en aprender a hacer cosas que no se saben hacer. De lo que se trata, en mi opinión, es de empeñarse en aprender a ser mejores personas. Uno puede argüir que es difícil a veces saber en qué consiste ser una buena persona. Respondo que hasta cierto punto.

En esto de aprender a hacer el bien no hay academias: está la vida en directo para aprender

Hay dificultades, es verdad; pero cabe casi siempre centrarse en una cuestión más fácil: una buena persona es aquella que quiere aprender a hacer el bien y que procura hacerlo. Y procurar aquí significa poner los medios adecuados en cada caso para lograrlo: no valen los intentos vanos. Por eso aprender a hacer el bien es una actitud ante la vida.

En esto de aprender a hacer el bien no hay academias: está la vida en directo para aprender, aunque muchas veces nos llegue en diferido a través de los medios de comunicación. En esto, todos enseñamos a todos mediante nuestra conducta. Y todos aprendemos de todos: a querer hacer cosas de una determinada manera o a evitarlo por todos los medios. Esto supone una doble responsabilidad: si queremos ser buenos profesores estaremos por el buen ejemplo: el actuar con rectitud de acuerdo con el principios generales de desear para los demás lo que queremos para nosotros y no aplicar a los demás lo que no deseamos que nos hagan. No es un asunto muy complicado para una persona que no esté loca.

Desde luego hay que actuar de acuerdo con nuestra conciencia: pero si esta se aparta del principio general que he enunciado arriba mal vamos. Eso se llama mala conciencia y maldita la falta que hace a la sociedad esa coherencia. Como se ve ahí está el asunto clave, lo que hemos de aprender cuando se quiere hacer el bien: un largo aprendizaje que ayuda a aplicar a cada caso ese principio general de bondad (o de evitar la maldad). No es complicado; pero hay que estar dispuesto a aprender y a poner la razón por encima de los sentimientos cuando uno decide actuar… bien.


(*) Catedrático de universidad.