Digo Alemania y no miro a nadie

España es país ombliguista, donde importa más una tormenta en el vaso de agua del PP, o si el presidente asiste a una teleconferencia en zapatillas, que los grandes movimientos que se producen en el mundo. Y que, sin embargo, van a tener enorme influencia sobre la existencia de todos nosotros.

Criticamos al presidente del Gobierno por no quedarse atendiendo las cuestiones domésticas en lugar de irse a Nueva York a mantener contactos internacionales importantes, aunque no sean Joe Biden. Comprendo que las llamas en La Palma acaparen todas las portadas españolas, cómo no; lo que ya me cuesta más entender es que las trascendentales elecciones alemanas del domingo, por ejemplo, o la última sevicia política de Putin se despachen con apenas unas líneas en una mayoría de nuestros medios informativos.

Ocurre que, lamentablemente, en nuestro país se desconoce casi todo lo que se relaciona con la marcha política en la República Federal de Alemania, que es una de las naciones —actualmente, claro— más envidiables que conozco. Desde luego, podemos hablar de las riquezas naturales, no tantas por cierto, de Alemania; o emplear el tópico de la laboriosidad de los de las naciones al centro y norte de Europa en comparación con los mediterráneos.

Pienso, sin embargo, que ha sido una acertada política, llevada a cabo por cancilleres que conocían a sus ciudadanos y los trataban como a adultos, el factor que ha propiciado que hoy la RFA cope los primeros puestos en la mayor parte de los ‘rankings’ favorables referentes al bienestar de sus habitantes y de su influencia en el mundo: desde Kohl a Merkel, desde Helmut Schmidt a Schröder, han evitado emplear la prepotencia y desarrollar, con matices ocasionales, una política netamente europeísta, alejada de confrontaciones y saltos en el vacío, escuchando y siguiendo los dictados de las urnas. Ahí es nada cómo se logró la reunificación de las dos Alemanias; millones de kilómetros de distancia con otros que aprovechan cualquier debate, lo que sea, para partir al país en dos.

Ahora, las elecciones del domingo es probable que hagan repetir la ‘grosse koalition’ de los dos partidos mayoritarios, pero al revés: con los socialdemócratas de Olaf Scholz liderando el Gobierno, en alianza con los democristianos/liberales que no podrán, de la mano de Armin Laschet, reproducir los triunfos electorales de la gran Angela Merkel. Pero la política seguirá siendo básicamente la misma: sin estridencias, sin alteraciones verbales —la campaña electoral ha sido, me parece, bastante ejemplar y los debates, constructivos— , sin insultos, sin descalificaciones. En el fondo, quien seguramente va a gobernar era hasta ahora el vicecanciller, que nunca protagonizó, ni de lejos, espectáculos con la canciller semejantes a los que otros vicepresidentes dieron en otras naciones que yo me sé.

Muy lejos, en suma, de esa política testicular empleada en otros lugares de cuyo nombre no quiero acordarme, donde todo se hace “por mis santos…”, procurando no vencer limpiamente al adversario a base de ideas y argumentos, sino destruirle. Practicando una política de tierra quemada, dicho sea en estos momentos con todo el dolor de mi corazón.

Propongo que este domingo, cuando conozcamos unos resultados en la RFA que, salvo sorpresas, ya adelantan todas las encuestas, meditemos —sobre todo, mediten algunos— en los necesarios giros que algunas políticas de secarral y barrizal, de trampa y cartón permanentes, tienen que dar. Los países —los nórdicos, por ejemplo— giran del liberalismo a la socialdemocracia y nadie lo ve como una tragedia, como si casi se corriese el riesgo de provocar una guerra civil. Y conste que, cuando digo que alrededor todo se mueve mientras por otras latitudes nos estancamos, no miro a nadie. Pero que nadie se extrañe de que unos vayan bien y otros, solo regular, por mucho pecho que saquen sus gobiernos. Eppur si muove.