Diálogo de sobremesa

¿Por qué le llaman mesa de diálogo cuando no es más que un diálogo de sobremesa? Como esas jornadas de turismo rural, dónde se echa la tarde para empalmar la comida con la cena. Tardes lentas, con charlas amables, donde está prohibido hablar de política. Solo de afectos compartidos. Mesas dónde unos se levantan y otros se incorporan después de la siesta y alguien se encarga de que las brasas no se apaguen mientras el resto hace bolitas con las migas o pajaritas con las servilletas.

La mesa está diseñada en Madrid para las agendas de PSOE y ERC en España y Cataluña. Diseñadas después de que el PSOE se comiera a Podemos en las mesa electoral y ERC (por poco) a JXC. Como partidos más votados no quieren que otros lideren el conflicto. Los conflictos sin solución son muy golosos para el populismo. Comparten agenda social y les diferencia la territorial, así que tendrán que hablar de la agenda económica y poner precio a la diferencia. Sobremesa entre mesas electorales.

ERC quiere la hegemonía del negocio independentista del futuro y deshacerse de los restos del naufragio pujolista. Puigdemont braceará con sus brazos armados (CUP, CDR, ARA) para no ahogarse y consolidar a Cataluña como el nuevo Ulster, un destino de turismo revolucionario y campaña permanente. Porque ERC es el independentismo legitimado en la celda de Lledoners y no el del chalet en Waterloo. Porque la épica ni reconoce errores ni asume consecuencias.

El único ganador de esta larga tarde será el Gobierno, que se presentará a las elecciones con las credenciales de haber apaciguado la tensión catalana sin cesiones políticas ni ampliaciones de autodeterminación. Solo concesiones de peajes y ampliaciones de aeropuertos. Las líneas rojas no son solo constitucionales. Son también electorales y de su material: la confianza. No se puede generar un agravio comparativo con el resto de España sin que sea visto como una traición. Cada voto ganado por el socialismo en Cataluña se pierde en la meseta. Ese “trasvase del Ebro” es una ruina y el Gobierno lo sabe, como sabe también que los electores castigan la inacción de la que venimos. De paso, secará las mareas de la izquierda de referéndum que cultiva el nacionalismo de izquierdas como un frágil endemismo, demostrando como un Gobierno puede inclinarse ante “la señera” sin tumbar al Estado.

La virtud está entre el equilibrio de los mensajes y los diferentes públicos y territorios. Vender los éxitos sin que el otro lado de la mesa los perciba como humillaciones. Las comparecencias ante la prensa para contar los avances podrían acabar diciendo: “si ustedes han entendido algo es que nos hemos explicado mal”.

Una tarde de otoño sin reloj en la que el primero que se levante pierde porque será el que no crea en el diálogo y el reencuentro. Y simbólicamente, el que no quiere seguir hablando es porque no tiene razón. Simbólicamente, el primero que se levante de la mesa será para dejar su sitio al mensaje populista de Vox que espera ansioso en la mesa de los niños. Paradójicamente, a Casado le da miedo el poder de Ayuso, ganado en Madrid entre otras cosas, por denunciar la ficción catalana. Y para eso mete en un lio a Almeida. Ellos mismos se borran de la foto. Lamentablemente, mientras los dirigentes del independentismo catalán no asuman el engaño al que sometieron al independentismo social seguirán contemporizando con el cinismo de conocer el precio de todo y el valor de nada. Nada que hacer con ellos, excepto hablar.