Desarrollo moral del deportista

El deporte habitualmente ha sido considerado un buen instrumento para, mediante su práctica, conseguir un desarrollo personal y social. La autodisciplina, el control de las emociones, la capacidad de superación, la tolerancia o el cumplimiento de las reglas son algunos de los valores que suelen distinguir a aquellos que se consideran deportistas. Sin embargo, también hay comportamientos que, estando dentro la legalidad, son impropios de una persona integrada en la sociedad.
Las trampas y los engaños pueden ayudar a conseguir el objetivo propuesto, pero dejan marcado a quien los realiza con asiduidad. Simular caídas en el área, aparentar recibir una agresión o simular una lesión son tretas que reportan en ocasiones beneficios. Los entrenadores, y más en concreto los que están en la formación, tienen la misión de ayudar a sus jugadores a progresar técnica y tácticamente. Sin embargo, no deben olvidar su desarrollo moral, pues en el terreno de juego no debe primar el fingir o aparentar situaciones que no son reales.
Esto viene a cuento tras ver un partido de tenis en la televisión donde se enfrentaban dos jugadores de la nueva generación en el Máster de su categoría. Pues bien, uno de ellos que perdía dos sets a uno, y con un cuarto set muy desfavorable para sus intereses, se puso a simular unos calambres en sus piernas, aparentemente inmovilizadores. A partir de ese momento, con una actuación teatral increíble consiguió despistar a su rival hasta conseguir imponerse en el quinto set.
Una victoria que seguro le reportará puntos, pasar la eliminatoria o incluso llegar a ganar el campeonato. Sin embargo, su comportamiento moralmente fue lastimoso y espero que sus entrenadores se lo reprochasen en privado.