¿Demócratas contra la Monarquía?

Dicen con orgullo nuestro vicepresidente segundo, señor Iglesias, y nuestro ministro de Consumo, señor Garzón, que ellos han sido siempre republicanos hasta la médula y que en ello se mantienen. Lo dicen, entiendo yo, desde la convicción de que defienden la mejor forma de configuración de la democracia y de que la monarquía es siempre causa de corrupción y de abusos de poder. Y creen ser ésta de ahora una ocasión propicia para recordárnoslo, ya que, a su parecer, el Rey interfiere en la acción del Gobierno y su padre se halla envuelto en extraños asuntos. Pero, realmente, ¿la monarquía es tan mala, la república tan buena y ellos tan demócratas?

Es fácil coincidir en la idea de que la monarquía no es una institución ni de origen democrático, al menos en el sentido que lo entendemos hoy, ni casada con los requerimientos de igualdad de los ciudadanos que informan las constituciones actuales. Una democracia coherente debiera adoptar, en principio, la forma de una república en la que todos los que ocupasen cargos constitucionales lo hiciesen como resultado de las decisiones periódicas del electorado, que es el que detenta la soberanía. Pero, como me gusta recordar, las democracias no se instalan sobre una tabla rasa en la que previamente no hubiera habido nada. Antes de cualquier constitución, hay siempre una historia que arrastra instituciones, costumbres, formas de producción, relaciones laborales e intereses encontrados. Suponiendo que los ideales democráticos fueran vistos por todos de la misma manera, su descenso al suelo de lo real siempre obligaría a deformarlos. Hubo en los tiempos de nuestra Primera República un poderoso movimiento que pretendía deshacer –quizá debiéramos decir deconstruir, en términos postmodernos- España para volverla a alzar desde cero y sobre el acuerdo universal de los que habitaban en su suelo. La cosa terminó, como saben, en un cantonalismo atroz que desató guerras surrealistas entre comarcas vecinas.

Si una aceptación excesiva de la realidad lleva a la parálisis, un exceso de fe en los ideales suele conducir a arrasar todo lo que no coincide con ellos. Por eso, los países más avanzados del mundo vienen siendo los que combinan en sus sistemas políticos realismo e ideales. A mi entender, esa ha sido la clave del éxito de los países de tradición anglosajona. En la propia metrópoli experimentaron pronto, con la república de Cromwell, que la alternativa a un mal sistema no puede ser otro que, por perfeccionismo y sometimiento a modelos estrictos, acabe en la dictadura de los redentoristas. Inglaterra no renunció al ideal de la participación democrática, pero, al mismo tiempo, entendió que la monarquía podía llegar a hacerse compatible con él.

Porque de eso se trata: de compatibilidad, no de estricta lógica política. La monarquía puede representar para algunos países un factor de estabilidad y de continuidad del Estado, además de un elemento simbólico, cargado de emotividad para muchos ciudadanos, y por eso puede merecer la pena conservarla y hacerla convivir con la democracia. Y que esa compatibilidad no es un sueño lo demuestra el hecho de que las monarquías parlamentarias e, incluso, las meramente constitucionales han sido y son germen de progreso. Actualmente constituyen la forma política de algunos de los países más prósperos, ordenados y libres del mundo. Desde luego, pensamos enseguida en los europeos, pero no debemos olvidar que otros tan sólidos como Canadá o Australia, surgidos de la actividad colonial británica, continúan siendo nominalmente monarquías.

Y, si de nominalismo se trata, no todos los males se conjuran invocando, como sagrado, el nombre de la república. Muchas repúblicas históricas y actuales han sido o son un desastre. Las repúblicas tampoco son siempre democráticas, si las exigimos entender la democracia, como cuando se lo exigimos a las monarquías, en el sentido que le damos en Occidente. Así ocurrió con las antiguas repúblicas democráticas, populares o socialistas del Pacto de Varsovia u ocurre aún con la República Popular China. No vale sólo con llenarse la boca de palabras altisonantes, sino que hay que saber cómo hacer las cosas y, además, hacerlas de verdad.

Me temo que mucho de ese engaño de las palabras afecta al discurso de los señores Garzón e Iglesias. Porque ¿desde qué posición o desde qué ideales reclaman ellos la desaparición de la monarquía y su sustitución por una república? La monarquía, en realidad, no está siendo atacada por acendrados demócratas. Alberto Garzón es miembro de la Comisión Política del Partido Comunista de España, organización que en el punto 3 del artículo 1 de sus estatutos explica que “basa su análisis de la realidad y su práctica política en las aportaciones del marxismo-leninismo y el socialismo científico”. ¿Del marxismo-leninismo? ¿Y esa ideología qué tiene de democrática? Lenin nunca creyó en una democracia al estilo europeo y no se limitó a mantenerse en su rechazo teórico, sino que capitaneó en octubre de 1917 un golpe de estado no contra el zar, como solemos creer —había abdicado ya—, sino contra el gobierno provisional que preparaba unas elecciones para una asamblea constituyente. Después, instauró el sistema dictatorial que habría de mantenerse en Rusia hasta finales del siglo XX y que fue copiado por los demás países comunistas. El compañero electoral y de coalición de Garzón, Pablo Iglesias, ha evitado vincular a su partido, Podemos, con expresiones tan rancias, pero con frecuencia ha manifestado en la prensa su admiración por Lenin.

Los cantos de sirena o las voces apocalípticas del puritanismo comunista carecen de sentido. No poseen ni sus líderes ni su ideología calidad democrática suficiente como para que aceptemos su afán de desmantelar la monarquía parlamentaria. Si es que, en el fondo, se sostienen sobre creencias dogmáticas que se parecen bastante a las de las propias monarquías antiguas. Los reyes absolutos se consideraban elegidos por Dios para conducir a su pueblo y los leninistas, tal vez por algún don especial que les haya concedido sólo a ellos la naturaleza, se ven como la vanguardia iluminada que debe guiarnos al resto de los ciudadanos. Les encantan expresiones tan sospechosas de escasa aceptación de la pluralidad como la de la “toma del poder político” o las de la necesidad de “controlar la economía” y de poseer la “hegemonía cultural y moral”.

Desde luego que ni la monarquía parlamentaria, ni el capitalismo, ni la democracia liberal son el paraíso. Han traído progreso, pero también generan inestabilidad, corrupción, desigualdades y crisis en las que se sufre. Sin embargo, no han dejado de estar abiertas a la corrección y a la reforma y en ellas debemos empeñarnos todos, sin que nadie pueda escurrir el bulto o creer que su bulto es más bonito que el de los demás. En esa labor colectiva, los comunistas pueden desempeñar un papel de interés, aunque no, precisamente, el de maestros de democracia. Más bien deben ocuparse, como han hecho y deben seguir haciendo las monarquías modernas, de revisar sus principios y su práctica política para que aumente su grado de compatibilidad con la democracia.