Delitos de odio: su origen

Es conocido que tanto el origen del marxismo (capitalismo de Estado) como el del liberalismo (promotor del capitalismo duro) están fundamentados en la violencia: la “lucha de clases” del primero y la ley “del más fuerte” del segundo. Estas tendencias están en la base de la memoria histórica y de los delitos de odio.

En el caso de la memoria histórica se busca acertadamente desterrar todos aquellos signos que provoquen el odio entre la ciudadanía. Pero, uno de los signos que está más lejos del odio y más cerca del perdón es la cruz cristiana, contraria a todo tipo de violencia que nazca del enfrentamiento y de la ley del más fuerte. Sin embargo, la propaganda ideológica e intransigente ha inducido a la población española en contra de las cruces en las puertas de las Iglesias.

Por otra parte, cuando apareció la noticia de la ‘agresión homófoba’ a un joven en el barrio madrileño de Malasaña, se puso en marcha una maquinaria planificada de manipulación política para estigmatizar a los otros-distintos y deslegitimarlos como opción democrática porque no son de los nuestros:
Primero se modificaron los titulares y se puso la diana en los presuntos agresores que adquirieron la condición de ‘manada homófoba’. Segundo, el ministro del ramo inició un peregrinaje por radios y televisiones para responsabilizar a los enemigos del incremento de las agresiones a homosexuales en España. Tercero, el propio presidente decide abanderar la causa anunciando que presidirá la reunión de la comisión, convocada con urgencia, para abordar los delitos de odio.

De la misma manera, en lo que se refiere a la memoria histórica, se llega al extremo de que la manipulación por parte de juventudes socialistas, echando pelotas fuera, acusa a la Iglesia segoviana como causante de delitos de odio porque no elimina los signos franquistas de una iglesia (la de san Agustín) que no es propiedad de la Diócesis o de otras que tienen un valor artístico (BIC) y que, por ello, la responsabilidad corresponde a otro tipo de autoridades distintas a las de la Diócesis.

¡Que cosas! se intenta abordar el tema del odio incitando al odio y falseando el destino de la responsabilidad. Estamos ante la ley de la lucha de clases (marxismo) o el otro es un lobo para el otro (capitalismo duro): Todo este castillo de naipes de manipulación que, en el caso de la agresión homofoba, hundió la credibilidad de los otros enemigos, y la honorabilidad de muchos políticos inocentes, cayó por lo suelos cuando el supuesto agresor cambió su declaración y dijo que había mentido. Pero, los diseñadores de la campaña no rectificaron, aprovechando la oportunidad para criticar a los otros.

Y aquí está el problema: en la naturaleza de unos delitos de odio’ que no se producen únicamente por no aceptar la diversidad en la orientación sexual, sino por no aceptar la diversidad en la orientación ideológica, cultural o religiosa como es el caso de la memoria histórica. Todo ello muestra el indecente rasero moral con el que se está luchando contra los delitos de odio incitando al odio.
La instrumentalización de estos delitos tiene como finalidad polarizar la opinión pública, simplificar las circunstancias con las que deben trabajar las instituciones judiciales en un estado de derecho, generar cortinas de humo que disuelvan las malas prácticas políticas y, sobre todo, ubicar en la relativista política de la mal “llamada republica” los valores de tolerancia, pluralismo y derechos humanos.
En realidad, con estas malas prácticas se transmite la idea de que la justicia está partidizada, enfangada y politizada. Flaco favor a la convivencia donde se legitima la mentira y la impunidad moral de los mentirosos. Estén atentos a la bajada de las penas de los violadores que se están produciendo estas semanas y comprobarán cómo se transforma a los verdugos y violadores en heroicas víctimas homenajeables.
En la última página de su España invertebrada (1921) sostiene el filósofo español Ortega y Gasset: si España quiere resucitar es preciso que se apodere de ella un formidable apetito de todas las perfecciones. La gran desdicha de la historia española ha sido la carencia de minorías egregias, la debilidad de la sociedad civil y el imperio imperturbado de las masas.
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(*) Catedrático Emérito