De la ‘Cultura del descarte’ a la ‘Cultura del encuentro’

¿Te has vacunado ya? es la pregunta frecuente que hacemos estos días. Nos han dicho en todos los tonos que en las vacunas está “nuestra salvación”. Lo hemos comprobado con la casi desaparición de muertes en las residencias de personas mayores una vez que han sido vacunadas. Bien está nuestra preocupación por recibir la vacuna y la cierta tranquilidad que tenemos los que ya hemos tenido la suerte de recibirla, pero nuestra esperanza no estará colmada, ni estaremos “salvados” hasta que las vacunas acaben definitivamente con la pandemia, que tanto dolor y muerte produce, en todas las partes del mundo, con graves secuelas emocionales y económicas que tardarán años en desparecer.

La esperanza de la humanidad, sin embargo, no debería estar solo en que la vacuna llegue a todos los rincones del planeta, sería una solución coyuntural, sino en que pongamos fin a la “cultura del descarte” que excluye a personas animales y cosas que económicamente ya no son rentables y demos paso a la “cultura del encuentro” empezando por echar abajo los muros levantados en las fronteras de los países y en las mentes y corazones de las personas.

La pandemia nos ha recordado que los seres humanos somos vulnerables, débiles y frágiles. Dependemos unos de otros y estamos vinculados unos con otros. Nada de lo que tenemos y somos ni ninguno de nuestros patrones de conducta nos los debemos a nosotros mismos. Todo ha ido desarrollándose a partir de la relación y la dependencia, a nivel más cercano y a nivel global.

Pensando en esto, me llega el “Salmo de espera y esperanza” de Julián del Olmo que titula BENDITAS VACUNAS, que invito a leer y reflexionar:

“Benditas vacunas… que frenan el avance de la pandemia, quitan mucho sufrimiento, evitan miles de muertes prematuras y abren la puerta a la esperanza de que acabe pronto esta horrible pesadilla.

Benditas vacunas… que nos liberan de la angustia existencial por el impacto global de la pandemia y del pánico colectivo por su gran morbilidad y los efectos colaterales que conlleva; que reducen la presión en las UCIs y en los hospitales y la fatiga de los profesionales sanitarios.

Benditas vacunas… que permiten ver cerca el día de recuperar los besos y abrazos robados, las celebraciones y fiestas que quedaron pendientes, y de recomponer los proyectos y los sueños rotos.

Benditas vacunas… cuya eficacia contra la pandemia no nos libera de la responsabilidad de protegernos y de proteger a los demás para evitar males mayores porque hay virus, drogas y armas en uso tan mortíferos o más que el Covid-19.

Benditas vacunas… desarrolladas por los científicos para liberar de la pandemia a “toda” la Humanidad, que ningún país rico debe acaparar y apropiárselas porque los pobres también sufren y tienen derecho a la vida.

Benditas vacunas… contra el racismo, la xenofobia, la aporofobia*, la injusticia, el egoísmo, la violencia, la indiferencia y el abuso de personas, que fueron descubiertas hace mucho tiempo pero aún está pendiente la vacunación masiva para conseguir la deseada “inmunidad de rebaño” a escala planetaria.

`Al amparo del Altísimo no temo el espanto nocturno, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que se desliza en las tinieblas, ni la epidemia que devasta a mediodía, porque me refugié en el Señor y tomé al Altísimo por defensa’ (Sal 91,3)”.

*La aporofobia es un neologismo acuñado por la filósofa Adela Cortina en 1995 para referirse al “rechazo, aversión, temor y desprecio hacia personas pobres, por el mero hecho de serlo y que, al menos en apariencia, no pueden devolver nada bueno a cambio”.

La esperanza, porque hay que seguir creyendo en el ser humano, es que el sufrimiento causado por la pandemia no haya sido inútil y que de sus cenizas renazcan una nueva Vida y una nueva Humanidad “con todos los rostros, todas las manos, todas la voces y todos los corazones más allá de las fronteras que hemos creado”, que nos recuerda el Papa Francisco (FT 35).