De gatos y pensiones

Hay activas, política aparte, tres campañas de difamación potentísimas, y, desde luego, tan estúpidas y mezquinas como potentes: contra los gatos, contra el amor romántico y contra las pensiones de los jubilados. ¿Por qué? Aunque no se podría aventurar un juicio definitivo, lo más probable es que sea porque esos tres objetos de descrédito y difamación son cosas excelentes.

Se sabe desde antiguo que hay gente que odia a los gatos, es decir, que no los conoce ni los comprende, pero no podía imaginar uno que entre ella se hallaran los supuestos conservacionistas que abogan poco menos que por su exterminio. Según esos perturbados, los gatos son los causantes de la desaparición de hasta 60 especies animales, aves sobre todo. Acusan a los gatos callejeros y a los domésticos que se dan una vuelta de vez en cuando de cazar muchos pájaros, y esto, que es la cosa más natural del mundo, se les antoja un crímen espantoso. ¿Preferirían, acaso, que los cacen sádicos escopeteros, que los mate la contaminación, que los atropellen los coches, antes que servir de sustento a esos fantásticos seres creados por los dioses, según se lee en un libro sagrado, para que el hombre y la mujer puedan acariciar al tigre?

La campaña contra el amor romántico es, si cabe, más artera: sus orquestadores le achacan todos los males que entenebrecen las relaciones afectivas más afectivas. Entre esos debeladores se hallan muchos modernos y no pocas y pocos feministas tipo Aurora Rodríguez, la madre de Hildegart, que intentan convencer a las chicas jóvenes de que huyan del amor romántico como de la peste, y, por supuesto, de que no lean a Tolstoi, aunque de ésto último pueden quedarse tranquilos. Pero, ¿es que existe otra clase de amor? Bien que con sus activadores químicos y eléctricos actuando sobre las neuronas, no existe.

La tercera campaña de difamación es aún más virulenta y cansina que las anteriores. Según ésta, el orígen de cuanto nos aflige no está en los gatos, ni en el amor romántico, sino en las pensiones públicas, particularmente en las que perciben los trabajadores que ya no pueden serlo por su avanzada edad, su agotamiento y su consecuente merma de facultades. “¡Son insostenibles! ¡Nos llevan a la ruina!”, repiten incansables desde sus púlpitos sin que se les caiga la cara de vergüenza. Cara tienen, pero vergüenza, muy poca.