David San Juan – Desconfinar la ternura

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Vivimos en una realidad paradójica. En poco más de tres meses, hemos hecho nuestras algunas palabras inventadas: desescalar, desconfinar… Palabras que no aparecen en el diccionario; palabras agobiantes, de demasiadas letras y que cuesta pronunciar pero que hemos empleado como el único remedio ante lo irremediable de una situación aceptada a la fuerza. Palabras llenas de amargura recordando todo lo que ha pasado.

Sin embargo, nos olvidamos de otras más antiguas que sí pertenecen a nuestro idioma y, desde siempre, a la condición humana como afecto, ternura, delicadeza… Palabras claras y necesarias que, desde hace mucho, mucho más de tres meses, hemos dejado confinadas en las viñetas y los videos cargados de buenos propósitos mañaneros que nos llegan por whatsapp casi todos los días. Pero eso no vale.

Durante más de tres meses, nos hemos sentido solos. Y ahora todos palmoteamos deseando sumergirnos en esa nueva normalidad o como se llame para demostrarnos cariño y romper en lo que se pueda esa angustiosa distancia social de dos metros o así. Pero desde hace mucho, mucho más de tres meses, que vivimos aislados, confinados en nuestra comodidad, y evitamos el contacto físico con mucha, con demasiada gente para la que la puñalada de la soledad es más fría que la del virus; ésta es traidora y no avisa, la primera sí y lo hace lentamente.

El caso de los ancianos que viven solos y los que habitan las residencias de mayores ha sido terrible. Ya lo era antes. Parece que ahora caemos en la cuenta de sus problemas, pero con y sin pandemia, el distanciamiento social entre ellos y sus convecinos más jóvenes o con mejor suerte ha sido y sigue siendo inmensamente mayor que esos dos metros convencionales. Somos así: queremos expansión y caricias para nosotros, pero conservamos la ternura confinada para los demás.

En estos meses, a muchos nos ha acompañado un descorazonador sentimiento de tristeza por lo que estaba ocurriendo en la calle, en esa vida real que existe afuera de nuestra autocomplacencia, dándole vueltas tras los cristales a lo que uno podría hacer cuando la pesadilla pasara. El Papa Francisco, que nunca falla, en una afortunada reflexión en el tiempo de Pascua titulada “Un plan para resucitar tras el coronavirus”, llama a contagiarse con los anticuerpos de la justicia, la caridad y la solidaridad, y a acompañar de todas las formas posibles a quien lo necesita en este tiempo y en el que venga. Es ésta una salida necesaria y más que airosa para sacudirse la pesadumbre y la inacción de encima. Es un camino que hay que transitar si queremos contar que hemos aprendido algo de todo esto.

La palabra delicadeza tiene el mismo número de letras (diez) que desescalar, pero no se hace cargante como ésta; no se refiere a una fase impuesta en un momento de nuestra vida sino que invita a una actitud que depende de la voluntad del que la pronuncia; es palabra serena, parece que alivia pronunciarla, aporta alma a lo que se quiere transmitir. A ver qué podemos hacer con ella ahora que casi hemos vuelto a nuestras rutinas de siempre. Y no hay que entender el afecto, la ternura y la delicadeza como términos blanditos que no pasan de una buena intención al uso, sino como armas necesarias en el trato personal, como elementos indispensables en un compromiso decidido por humanizar la sociedad todos los días. Un tal Jesús de Nazaret se dedicó a ello hace tiempo.

Diría mucho de nosotros si esta nueva normalidad (que también tiene diez letras) estuviera impregnada de nueva delicadeza. Aunque sea llevando mascarillas. Detrás de la nuestra, también se puede sonreír y, si hace falta, apretar los dientes para cambiar lo que es injusto y provoca dolor al que nos mira detrás de la suya.