Cuando nos alcanza el pasado

Hay pocas circunstancias más complejas que adivinar cuándo nos alcanzará el pasado, en qué momento seremos conscientes de que nuestro presente ha caducado y ya no nos quedará otra que anhelar aquello que no ha de volver. Agarrados a un recuerdo, rememorando lo que fue y no será, trataremos de ver en el futuro una reproducción ilusoria de lo que nunca habrá de ocurrir y nos obsesionará hasta el final de nuestros días. La mayoría de los mortales, inconscientes de aquello, seguirán creyendo en la posibilidad de recuperar lo perdido, de retomar ese presente caduco en un futuro irrisoriamente improbable construyendo banales e innecesarias tradiciones, perpetuadoras de anacrónicos usos que, alcanzados por el pasado, no tienen otra que desaparecer. Otros, entre los que se encuentre este humilde Cronista, conscientes de aquel tren que todo se lleva, aprendemos del presente amortizado, del pasado recién parido y tratamos de normalizar la experiencia para que en esa nueva realidad no se produzcan similares desmanes a los engullidos por la asesina del tiempo. Como comprenderán, viviendo como vivo en este Real Sitio donde el tiempo se espesa como una sopa demasiado cocida, el presente se va entibiando poco a poco hasta conformar un pasado a medio camino entre la realidad y la sonoridad de una letanía que no deja de darme la matraca en cada momento.

En esas me he hallado estos días asistiendo entristecido a la clausura del restaurante Dólar, uno de los decanos de este Paraíso. Por sus comedores han pasado miles de turistas durante los últimos casi setenta años para degustar aquellos judiones que tanto gustaban al primero de nuestros alcaldes ya en la democracia actual, Luis Erik Clavería, reñidos con los que recetaban la señora Engracia en la calle del Maestro Don José Costa, Doña Antonia en casa Zaca o los de la Maestra Hilaria en el Paraíso Primitivo. Ya fuera en la vieja barra del piso bajo para degustar aquellas empanadillas de atún con tomate o en las mesas del comedor alto enfrascado entre engreídas patatas a la importancia, el Sr. Bermejo y sus descendientes amenizaron durante casi tres cuartas partes de siglo el devenir festivo y diletante del común de los habitantes de este Paraíso, hasta que el pasado les ha venido a visitar esta semana.

Y no crean que no estaban avisados desde el momento en que Eusebio Bermejo cogió aquel negocio regateando la guadaña que pendía sobre el emporio granjeño de la familia Vega. Esa sombra persistente que hoy oscurece el actual cuerpo presente del restaurante Dólar había clausurado en su nacimiento la sede de la famosa tienda de ultramarinos de Julián Vega. Situado en el límite de los dos barrios constitutivos del Real Sitio, aquellos novísimos ultramarinos daban servicio a las dos sociedades que convivían a espaldas una de la otra. Haciendo honor a su nombre, la tienda de comestibles de los Vega ofrecía todo tipo de productos traídos allende de los mares y aquende de los montes. Empezando por los dieciocho tipos de jerez expuestos en sus almacenes y que daban pie al rótulo que decoraba la fachada ya en 1887, el Señor Vega daba la oportunidad de meter mano a un buen pedazo de foie-gras, a nueve tipos de chocolate, incluidos los de los Reverendos Padres Benedictinos; thés, aceitunas, cafés y aceites; pikles ingleses, alcaparras de Burdeos y pepinillos de París; champignons y guisantes afrancesados, lo mismo que algunas mantecas; sopas paisanas, embutidos catalanes y quesos suizos; sardinas de los príncipes, pescados en conserva de Noya y un sinfín de productos de asombrosa procedencia. Todos ellos, eso sí, regados con nueve categorías de champagne, vermouth de Torino, vino de Moselle, Borgoña, hasta diez Burdeos distintos y cinco tipos de vino alemán, entre los que destacaba por su precio el Rudesheimer, más caro que el mejor de los champagnes ofrecidos en el increíble muestrario de aquellos ultramarinos al servicio de una población que, de sibarita, no debía saber si acompañar la latita de lengua y las perlas del Japón con un carta negra del Duc de Montebello, un Liebfraumilh o un increíble Château Lafite a razón de cinco pesetas la botella.

Claro que tanta sofisticación amanerada no debía resultar extraño para mis vecinos ya pasados, teniendo en cuenta que Julián Vega y su familia regentaban el Gran Hotel del Norte, junto a la Puerta del Horno, en el antiguo espacio que ocupara el cuartel de artillería, y la famosa casa de baños donde uno podía solazarse en aquellas aguas termales con salvado y sales marinas procedentes del Cantábrico por 1,75 con ropa y, sin ella, a razón de veinticinco céntimos menos. Teniendo en cuenta todo aquello, digo, no resulta extraño entender el repertorio almacenado en un colmado que, hoy en día, tildaríamos de excepcional haciendo uso de algún xenismo pomposo, petulante y sacado de contexto.

El ayer no retorna ni se repite, puesto que aquello que lo alimentaba terminó por devenir en una realidad nueva

Para mi desgracia y la de todos aquellos vecinos, amigas y paisanos que amamos el pasado por el poso de futuro que alberga en su interior, la pérdida del restaurante Dólar supone un aviso de galerna a navegantes incautos: el ayer no retorna ni se repite, puesto que aquello que lo alimentaba terminó por devenir en una realidad nueva. Y es en ese contexto, queridos lectores, donde se debe construir un presente fortalecido con las enseñanzas pasadas, que no perdidas. Lamentemos, pues, el adiós de un espacio emblemático saludando al mañana que habrá de venir, mientras, ya de paso, degustamos algún Château Lafite a razón de tres céntimos de euro la botella antes de que el pasado nos alcance, convirtiéndonos en rémoras incapaces de asumir el regalo impagable que encierra el presente.