Crispación y encono

La crispación y el encono de la campaña electoral de Madrid me hacen pensar en el porqué de la agria defensa de tesis políticas desarboladas que se envilecen en la calle y en las redes sociales. Mal ejemplo lo que hemos vivido en Madrid. Llevamos mucho tiempo encerrados y eso se nota.

Observo que la gente se posiciona por autosugestión negativa y no por convicciones positivas. Siempre he defendido que en España se suele votar contra algo y pocas veces a favor de nada. Ahora el enfoque ideológico se evidencia de modo superficial: Soy lo que soy porque no soy lo contrario. Esto, que es una obviedad, nos lleva al campo de la desafección de dos formas: primero que la desacreditación y el insulto acaban siendo un argumento que cala entre los afines y segundo que no existe ni la humildad ni la autocrítica en el pensamiento propio.

El individuo político degenera y se pudre

El individuo político degenera y se pudre. Antiguamente los sofistas enseñaban la erística, el arte de vencer convenciendo, pero ¿cómo se convence al necio que presume que sólo lo suyo es legítimo? ¿Cómo se digiere el poso de la irreflexión? ¿Cómo argumentar ante hooligans de la idea abanderando la crítica destructiva en que el adversario se convierte en enemigo? Así nos estancamos en una guerra estática de trinchera ideológica que acaba con sobres de todos los colores que contienen balas.

Los presocráticos sostenían que el principio que ordena el mundo es la oposición entre contrarios; genera equilibrio y armonía, decían. ¡Puf! ¡A Heráclito le daba yo un perfil en Facebook! También se pensaba que la política estaba por encima de la ética. ¡Cómo ha cambiado el cuento!

En fin, administraré con sensatez mi crispación y mi encono personal con los partidos y sobre todo con sus campañas electorales.