Confieso que lo hice

Allá por los años 80 y 90, quizá porque el mundo andaba más manso o éramos menos globales, gustábamos de ir al cine a ver películas de toda clase de desastres y de amenazas. Más o menos una vez al año había una película con un gran desastre y esa era la película del año. Era un peliculón en todas partes empezando por Estados Unidos de América y de allí llegaba a todo el resto de países. Era uno de los eventos que iba a tener la temporada. Solía llegar, en el caso de España, cuando el verano comenzaba y se mantenía muchas semanas en cartelera.

A la hora de los Oscars este tipo de peli se llevaba, como mucho, el de los efectos especiales (que cuando vemos ahora esos efectos nos producen hasta ternura) y los otros iban para las películas “de pensar”. Nunca entendí muy bien este prurito de la industria del entretenimiento que gusta de no premiar lo que entretiene al personal. Otra cosa es el teatro o la literatura. O la danza.

Y respecto a los desastres el menú incluía agobiarse durante un rato: por ejemplo viendo el rascacielos que arde y toda la gente que está allí arriba y como rescatar a los que se pueda. Al año siguiente era un terremoto, al otro un transatlántico que iba a pique. Y así un buen numero de ellos. Agotado el filón empezaron a llegar los bichos que iban desde tiburones hasta lagartos gigantes que habían despertado desde su cueva en la profundidad de la Tierra, también gorilas de buen porte y, por supuesto, dinosaurios que volvían a la vida obteniendo su ADN. Suma y sigue.

Y finamente llegó la época de los marcianos que casi siempre tenían pésimas intenciones y nos querían aniquilar. Por aquella época todavía no había ningún gran líder, como los hemos tenido después, que apostara por resolver cualquier problema por la vía del diálogo así como promover alianzas de civilizaciones; por lo que ya a mitad de la película andábamos a mamporros con ellos a ver si los podíamos echar.

Y todo esto con un aire acondicionado en la sala de cine que había que ir con chaqueta.

Ahora el cine de desastres, amenazas y cataclismos parece que se lleva menos. Quizá se agotó el filón o quizá la vida real nos trae cosas que en el pasado eran de guión: virus que se expanden por todo el mundo en semanas, ataques de fuerzas especiales, guerras de cruel intensidad…

A lo mejor no es solo más que mi propia cabeza recalentada después de tantas semanas de sofocón, pero se podría pensar que eso de sentir alguna pequeña amenaza (no muy cercana, por favor), una presión ligera sea real o proyectada en pantalla, no nos viene del todo mal a las mentes agostadas; de hecho, espabila un poco al personal.

Quizá consciente de ello el “gran hermano” que nos controla, a falta de películas nos va introduciendo chinas en los zapatos (unas más gordas que otras) para que no nos falte un poco de desasosiego y que, de paso, nos olvidemos de las cosas que requieren urgente atención.

Y así andamos metiendo mano al termostato del aire acondicionado, arden los mejores paisajes de España pero no hacemos (no hacen) nada para trabajar el monte en los meses frescos, los escaparates que tanta vida dan a las ciudades que se apaguen, la fruta está cara… Y por lo que parece viene un otoño “caliente” en varios frentes.

Todo esto le acalora a uno aún más. Y confieso que lo hice en un arranque de desesperación: en la piscina del hotel en la que paso unos días me lancé al agua y me uní a la clase de “aqua gym” a darlo todo. No daré más detalles.