Concha Carretero in memoriam

Concha, como nos dirigíamos a ella los que tuvimos la suerte de compartirla, aunque no fuera por mucho tiempo, en el trabajo hasta su jubilación en 1991 —también en los años posteriores hasta su fallecimiento—; para algunos de ellos, como mi compañero del Centro Coordinador de Bibliotecas, que ella también dirigía, Miguel Martín, doña Concha, y para ella misma y sus más allegados, Conchita. Pero eso en realidad era lo de menos, pues Concha o Conchita, siempre se mostró ante los demás como una única persona —única—, trabajadora, activa y elegante. Pocos días han pasado desde que se ha marchado y las vivencias con ella han comenzado a asaltar la memoria.

De familia tradicional y con fuerte presencia en Segovia, los Carretero y los Alcón, Concha tuvo tres baluartes en su vida: su profunda religiosidad, con unas creencias estudiadas y reflexionadas, criticadas y dudadas —estudiaba biblia, la analizaba y comentaba—; su amor por la familia presente —siempre en defensa y cuidado de los hijos y de Aurelio, compañero y amigo en la época en que los conocí— y pretérita— verdadero entusiasmo por sus hermanos, Elena (siempre fue tan guapa), Juan Pepe, al que su pronta muerte puso en los altares familiares, con toda razón, y Teresa, fallecida en plena juventud, pero sobre todo su padre, por el que sentía debilidad absoluta, Juan Carretero Vera, diputado provincial durante años, al que ella tildaba de hombre bueno y honesto, político y empresario ejemplar; y por último, su sentido del deber —en una ocasión— Aurelio tuvo que ir por ella a la Diputación, se le había pasado la hora de finalizar la jornada y ni a comer se presentó, ella seguía en el Palacio cumpliendo con una obligación que adoraba.

Otras muchas cualidades adornaban su vida, y dos quisiera destacar de ella: la discreción y la humildad con las que siempre vivió —a pesar de la posición en la sociedad de la que sabía que gozaba— y su sentido del humor, del que nunca hizo gala, pero que los demás sabíamos reconocer cuando era auténticamente capaz de reírse de sí misma.

Sin embargo, hay una razón fundamental que me lleva a decir de ella. Su trabajo en la Diputación de Segovia como Archivera-Bibliotecaria que fue, en realidad, durante 35 años, a pesar de que leyes franquistas discriminatorias le apartaran de su puesto, ganado primero como interina, desde 1953, y luego como funcionaria mediante oposición libre en 1955, tras licenciarse en Filosofía y Letras, en la sección de filología románica. Su matrimonio en 1956 le obligó, por fuerza legal*, a permanecer en excedencia especial durante 30 años. En 1966 obtuvo plaza como profesora agregada de Instituto, y a ello dedicó gran parte de su vida en Segovia e Íscar. Hablaba perfecto francés y traducía con soltura del latín. Su inquietud por aprender le llevó, años después de su jubilación, a dedicarse al aprendizaje de la lengua inglesa para poder servir de ayuda a sus nietos.

En 1986 la Diputación Provincial, después de haber amortizado la plaza que ella obtuviera, decidió ofertarla de nuevo en plantilla como vacante, y es en ese instante cuando Concha reclama la plaza, ya era el momento de volver a casa. Solicitó la vacante y su ocupación por derecho propio y se le reconoció tal derecho.

Es en esta tesitura cuando Concha Carretero entró en mi vida. Fueron solo cinco años de compartir trabajo, tiempo, espacio, respeto y, especialmente, enseñanza (1986-1991). A ella le debo todo en la profesión: mi primera experiencia en archivo y biblioteca, pero, sobre todo, el aprendizaje de la paleografía. Vendrían entonces la organización de una exposición en 1989 que dio a conocer los fondos de la rica biblioteca de la Diputación, fundada en 1890, y la publicación del Catálogo de la documentación de Obras Pías, en 1996, —ya jubilada venía a trabajar a la Biblioteca de la Diputación para sacar adelante y publicar este proyecto—, unos documentos que se libraron de las llamas en el incendio de la antigua Residencia Provincial en 1977, donde estuvo instalado el archivo. Ella supo valorar ese fondo y trasladarlo pacientemente, solo en parte, al Palacio provincial en los años de su primera etapa. Fueron 35 cajas de archivo —entre ellos las obras pías de Rodrigo Gil de Hontañón, arquitecto de la Catedral, y de Pedro López de Medina y Catalina de Barros, fundadores del Hospital de Viejos—, en realidad un testimonio ínfimo de lo que en el riquísimo archivo provincial se conservaba, nada estimado entonces, según puede leerse en la prensa de la época que dio la noticia del incendio, y del que solo ella conocía su verdadero valor. A ella debemos su existencia, conservación y conocimiento en la actualidad.

Fue en esta su incorporación en 1986 cuando retomó de nuevo la organización de un archivo abandonado a su suerte, en los tradicionales legajos de papel con atado de balduque, y fruto de ese trabajo inicial es el archivo informatizado que en la actualidad ofrece la institución provincial al servicio de los investigadores.
Querida Concha, descansa en paz.
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*Art. 61 y disposición transitoria 6ª del Reglamento de Funcionarios de Administración Local, de 30 de mayo de 1952.

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(*) Técnico de Archivo y Biblioteca de la Diputación de Segovia.