César Arcones – Equilibrio

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El deporte, queramos o no, se ha convertido en un catálogo de datos que se transforman en resultados. Seguramente esto debería de estar encauzado en la etapa de rendimiento, pero ese caudal se ha desbordado por completo, llevándose por delante todo lo que pilla a su paso.
Esta fiebre resultadista encaja perfectamente con la mentalidad actual de los jóvenes deportistas: impaciencia, catálogo de excusas ordenado de la ‘a’ la ‘z’, y necesidades tan bien cubiertas que la labor del entrenador cobra tintes heroicos.

Días atrás he tenido la suerte de compartir sobremesa con dos de los jugadores referentes que ha dado el fútbol segoviano. Ambos coincidían en ese punto. Actualmente no produce rubor ninguno, más bien lo contrario, ir corriendo alrededor del césped (o lo que se le parezca) y, mientras los más veteranos, sin hacer uso de la bula que sus muchos años de experiencia les otorgan, llegan al límite de las esquinas del campo, los más jóvenes recortan cada vuelta como expertos negociando la curva cual simulando al mejor Michael Johnson, acompañados de esa risa tonta que son incapaces de borrar cuando se juntan 2 ó 3 en el mismo metro cuadrado.

Juveniles, o en primer año de senior que, por caprichos del destino, se ven compartiendo cancha y entrenamiento con jugadores contrastados cuando, por calidad y trayectoria, diez años atrás únicamente podrían ver desde la grada, y que se conceden el derecho de enfadarse y patalear si no juegan los minutos que quieran.

Esta tribu de jugadores son los que establecen el criterio de considerar a un entrenador mejor o peor en función de lo que jugaban y de lo que han ganado. Por supuesto que al entrenador exigente, el que pone al mismo nivel de importancia, (o incluso por encima) entrenamiento y partido, el que es capaz de hacerle ver sus errores y la necesidad innegociable de poner el interés del equipo sobre las individualidades, ese no va a su ‘Hall of Fame’ particular.

La experiencia me ha demostrado que hay dos formas de llegar al punto final del camino. Uno es querer agradar a cada jugador, reírle las gracias, ser su coleguita (ahora se llaman ‘bro’) y no dejar clara la línea que separa al entrenador del jugador. El otro quedaba detallado en el párrafo anterior. Ninguno es infalible ni perfecto.

Es curioso cómo, en estos momentos en los que se supone hay más información, más medios, más técnicas, más estudios, más posibilidades…yo veía y aprendía ese equilibrio cada día hace casi 40 años en cada entrenamiento con Mariano Martín Guijarro en la ‘Resi Machado’. Ponte bueno pronto, ‘Entrenador’, que te necesitamos más de lo que crees.