Cementerios, realismo mágico y la Santa Muerte

En América Latina, el realismo mágico anida con espontaneidad en las conversaciones; y, aquel fue ambiente de crianza para García Márquez. El Valle de Elqui es comarca natal de la poeta chilena Gabriela Mistral; y, allí, se puede visitar la casa de los Madariaga –sin conexión con la Premio Nobel-. El marido de la heredera atendía el museo; y, ante la pregunta obligada por posibles fenómenos paranormales, señala una fotografía vetusta, colgada en la pared. Y remarca cómo habría visto al finado de la imagen, de vez en cuando, por los pasillos del inmueble. Lo mismo ocurre en Montevideo con el palacete de los Ortiz de Taranco. Inquiero a los empleados; y, en un primer momento, refieren que allí nada raro pasaba. De repente, la bedela conduce la mirada hacia uno de los dos cuadros enormes, ubicados junto a la escalera señorial. En estas obras pictóricas, aparecen retratados los antiguos propietarios de la finca, pertenecientes a la aristocracia criolla. Ambos cónyuges vestidos con gran elegancia, según los cánones de la moda en el siglo XIX. “Ella se aparece”, escucho al dirigirme hacia la primera planta; vuelvo la cabeza hacia abajo; y veo el susto reflejado en aquel rostro inquieto, asustado, transmisor de veracidad. Quito atesora el casco histórico colonial mejor conservado de toda la América Hispana; y la Casa Urrutia bien merece una visita, si bien debe hacerse en compañía de un guía. Mi pregunta no pudo ser más oportuna, justo cuando contemplábamos algunas piezas de imaginería religiosa. El interlocutor señala a un Niño Jesús; y transmite doble mensaje: la figura aparecía cambiada de sitio muchas mañanas; y, por la noche, acorde a los guardias de seguridad, se escuchaban extraños lloriqueos. Esta última casuística vuelve en otro recuerdo. La Alameda de los Descalzos fue obra del virrey ilustrado Amat, amante de la Perricholi –mucho más joven que él y mito mestizo del Perú-. Aquel paseo, trazado para embellecer la corte virreinal, desemboca en convento con el mismo nombre. En aquel reducto de otro tiempo, me relatan cómo, tras excursión de escolares, no cesaba un lloro infantil. Los empleados buscaron con denuedo, por si algún infante travieso anduviera escondido en aquellas interioridades del alma barroca; pero, no quedaba nadie. En mansión burguesa y laberíntica de Puebla, con salas múltiples para visitar, dentro del casco histórico de la que fuera segunda metrópoli de la Nueva España, un niño se extravió. El nerviosismo cundió; pero, al cabo del rato, llegó para relatar sus juegos con cierto amiguito. Según me cuentan, éste es fantasma y se aparece. Desde el patio –consustancial a lo poblano-, miro hacia arriba, imagino.

Carlos Pinto es comunicador icónico y creíble de la televisión pública chilena. Su programa de misterio “El día menos pensado” ha completado trece temporadas. Las historias recopiladas son teatralizadas; y raro es el capítulo en el que no se vislumbra un cementerio. Si los protagonistas pertenecen a estratos acomodados, suelen aparecer recintos privados, calcados de los estadounidenses, con infinidad de tumbas en tierra –todas iguales-. En dicha tradición anglosajona, una protagonista de la novela “Drácula” sería mordida por el conde vampírico, quien la atisbó sentada en un banco de cierto cementerio inglés, donde ella acudía a pasear. Por su parte, las historias centradas en chilenos humildes, herederos de huasos y “rotos”, tienen por decorado cementerios públicos, clásicos, inclusivos, interclasistas, donde alternan nichos, mausoleos y panteones. Así, una muchacha que estudió en la USEK de Segovia es amiga de mi madre en redes sociales; y colgó un video del entierro de su padre, alto mando de los prestigiosos Carabineros. Una compañía rindió honores en camposanto extranjerizante, injertado en color verde. Como anécdota, los miembros de la última promoción de oficiales de este cuerpo se dejaron ver por el Azoguejo en su viaje de fin de estudios –creo que en 2019-.

En la cantina del Cementerio General de Santiago, denominada quitapenas, sirven bebida contundente: el terremoto, capaz de tumbarte. Cuénteme una anécdota sabrosa, le dije al camarero. Un grupo de amigos acabó en aquel lugar tras despedir al compañero finado; y un integrante llevaba voz cantante, harto simpático y dicharachero. Apenas un año después volvieron; y el camarero echó de menos al personaje. No en vano, acababa de ser enterrado. Un póster de Víctor Jara colgaba en la pared. ¿Estuvo aquí?, inquiero. “No; pero está enterrado cerca”. Sí, una de las primeras víctimas del golpe de Estado pinochetista.

En dicho cementerio, junto a la tumba del expresidente Salvador Allende, está el panteón de una sociedad española de socorros mutuos, vigilado por alguien que heredó el puesto de su padre. Sorpresa: varios nichos ocupados por emigrantes segovianos, fallecidos en las primeras décadas del siglo XX. Apunté, pero no tengo a mano, los nombres de sus pueblos.

La Recoleta de Buenos Aires, repleta de bóvedas suntuosas, se lleva la palma cual cementerio más famoso de Sudamérica; pero, los hay que no desmerecen. Las diferencias sociales quedaban perpetuadas en estas ciudades de los muertos; y su arquitectura lo expresa. El Presbítero Matías Maestro está emplazado en barrio peligroso; y los taxistas del Gran Hotel Bolívar de Lima no querían llevarnos. La intentona culminó exitosa, tras convencer a un conductor octogenario, cuyo vehículo iba dando tumbos. El hombre, despistado, nos dejó en puerta errónea, ocupada por una vendedora de flores. El realismo mágico retornó de soslayo, cuando alguien comentó: “compren un ramo y llévenselo al niño Rafaelito –uno de esos beatos populares-; les dejarán pasar”. Una vez dentro, entre tantos, un mausoleo imponente. El empleado de la limpieza narra su sobrecogimiento ante cierta visita: un niño se puso muy nervioso, desde posibles percepciones extrasensoriales. Un lugar “pesado” en el que “penan”.

Argentina es nación donde se publican libros con títulos como “Necromanía”. Por ello, no se extrañen por hecho peculiar: un foco porteño de la vida nocturna se ubica a las puertas de La Recoleta, en el barrio más señorial donde vivió durante algún tiempo Ortega y Gasset. En viaje de trabajo, acompañé a varios colegas de mi universidad por el interior del cementerio. Al pasar por el mausoleo de una mujer apellidada Cambaceres, referí una leyenda, según la cual dicha joven habría sido enterrada viva. Una profesora de Veterinaria, acostumbrada por su profesión al contacto con muerte y cadáveres, quedó aterrada; y salió a escape. Aquel paseo grupal con buen rollito, finiquitado de forma abrupta, quedó en nada.

Medellín acumula historia sangrienta; y resulta habitual encontrar taxistas que han sido asaltados por sicarios perseguidores –hasta cuatro, nos relataba un veterano-. Envigado es municipio colindante en zona de pujanza inmobiliaria, vinculada al lavado de dinero del narcotráfico. En la plaza conversamos con un señor mayor, confundible con palentino o burgalés, pues hay muchos paisas en las tierras frías que son puro criollo. El buen hombre, quien había regentado un negocio, relató cómo su hijo había sido asesinado. Tremendo.

No entraba en nuestros planes; pero decidimos tomar un taxi para visitar el cementerio privado de la localidad, con césped y tumbas en tierra. Cuando leía los apellidos de los familiares enterrados en la sepultura de Pablo Escobar, los graznidos chirriantes de unos pajarracos me sobresaltaron. A escasos metros, se alza un pequeño pabellón donde fue velado el cadáver del personaje siniestro. La conversación con la señora de la limpieza nos devolvió al territorio ignoto del realismo mágico. Advertida por su antecesora al estrenar empleo, un día cualquiera, sin compañía de persona alguna, escucharía tres golpecitos de llamada a la puerta del cuarto anexo de los trastos. Y, así fue; la profecía ya se había cumplido.

La Santa Muerte es objeto de culto sincrético en México, donde tanto se celebra el Día de Todos los Santos; y dicha figura integra la cultura norteña del narco, con sus narcocorridos. En la zona más profunda de la capital, junto a pulquerías rústicas y Palacio Presidencial, algo nos inquietó en la acera, sobre un altar: la estatuilla solitaria de la Santa Muerte.

En valla anexa a una gasolinera en la salida hacia Soria, se encadenan grafitis con motivos varios. Si se fijan en uno de ellos, comprobarán cómo, en orbe globalizado, la Santa Muerte ya está en Segovia, portadora de una botella de tequila, ofrenda que le agrada.