Castañas, Lobos y Raposas

Inevitablemente llegó el otoño. Con brumas al amanecer, caídas sobre las riberas y sobre las faldas de monte en umbría; la vida parece tener pereza en despertar. Y llega, como siempre, con alguna urgencia de lo que queda por hacer, como el animalillo afanado en amontonar comida con la que pasar el invierno y con el pesar por lo que ha de quedar para otro momento. Los días se acortan, la ropa tarda más en secarse al sol y en un “de repente” una fina lluvia agradable, casi tibia, no se sabe si invita a apretar el paso o a detenerse y escuchar ese tenue rumor que esponja las tierras. Por parte del que escribe prefiero quedarme mirando; dos personas aceleran el paso y discuten por donde llegan antes a la casa.

El sol arriba solo calienta lo justo. Lo llaman “de membrillo” y llega cansino a la tarde; ya no atraviesa con fuerza de verano las hojas del castaño; solo se derrama y deja una luz melosa que lo llena de matices y sombras.

La tierra que el que escribe pisa anda algo avara estos años y no alimenta a los arboles como tiempo ha. La castaña algo pequeña, la ciruela apenas asoma, el membrillo como siempre llega a su cita, pero ya no es esa explosión que era… Y de un día para otro se les ve cómo van perdiendo el brillo, maduran y como te despistes, caen al suelo y solo servirán para que el año que viene pueden nacer otros nuevos. Es efímera la vida del membrillo. Naturaleza muerta tantas veces retratada.

Castañas, las de las tierras que hemos visitado, que oficializan la entrada en ese otoño del mundo rural. Familias y allegados se reúnen en casas u hórreos cuando cae la tarde y las asan. Hay que tomarlas con vino porque con agua parece que sientan mal. Y es el tiempo de contar las historias, algo fabuladas las antiguas, pero que se escuchan con respeto ceremonial, las más actuales se cuentan para que los mayores opinen y los más jóvenes callen y tomen nota. La hoguera del hogar en la que nos amontonamos (grupo burbuja, claro) te calienta la cara y las manos; los pensamientos lejos de volar quedan por allí (como el humo que no se escapa), en una atmósfera fuera del tiempo en donde los que están tienen su lugar y los que ya marcharon también.

Es el tiempo de hablar dialecto con esa mezcla de sonidos ancestrales que surgen en las tierras de frontera. Se lamenta hoy, como si fuera ayer, la tragedia, el río que se desbordó, la presa que se rompió y se llevó el pueblo entero y que ahogó por generaciones la alegría en la comarca. Todavía hoy se habla de la tragedia como “aquello”. A no menos de uno por cada apellido se lo llevó la riada. Pelando castañas y trasegando vino se escuchan algunas maldiciones en voz queda.

Es también el tiempo para hablar del lobo que en las noches frías bajaba de las tierras más altas a por el rebaño, a llevarse lo que no es suyo; también de la raposa que entraba en el gallinero y hacía el destrozo. Saciaba su hambre pero dejaría con más hambre ese invierno a la familia atacada. Se duerme con el oído bien atento por si se puede evitar lo, a veces, inevitable. Uno piensa en la voracidad de instituciones de hoy y en la saña con la que atacan al contribuyente dejándole, o amenazando con dejarle, sin lo poco que “ha ido apartando”. El lobo, ahora, llega por correo certificado.

Se habla, con el crujir de las castañas, que en el campo “para vivir con cuatro cosas nos valen”. Y cavilan que antes estaban solos en aldeas remotas y atrasadas, salvo visitas esporádicas de misiones pedagógicas y remedos similares y hasta aquí han llegado. De repente, en ese rato de tradiciones, de noches largas, de debilidad ante una naturaleza que siempre se imponía, de miedo por el miedo, se mira el tiempo actual con cierto desdén, tan afectado, tan fatuo. En estas aldeas globales del mundo, tan dependientes unas de otras, parece que habría que volver los ojos hacia la producción local de bastantes cosas, ahora que parece que empiezan a no llegar a los puertos de mar.

El campo no nos falló en la pandemia porque estaba cerca (tan lejano en nuestro pensar). Pero otras cosas que empiezan a faltar nos pillan muy a trasmano.