Carta al ministro de Cultura

Excmo. Sr.:

Las cosas van cada vez a peor. Bueno, es un principio vital que siempre he rechazado porque me parece que el derrotismo es terriblemente reaccionario. Pero es que, a veces, no cabe otro remedio que caer en el pesimismo. Y tengo que confesarle, y casi que echárselo en cara, que mi estado anímico tiene que ver con su visita, o paseo, o garbeo, por Segovia el jueves pasado. Segovia merece siempre la pena. Aunque sea para un garbeo; aunque no se tenga tiempo para experimentar el pasmo segoviano del que, le aseguro, uno no se recupera; aunque sea acompañado de una representante de prensa a la que la tensión le va a arramblar un día (ya sabrá que un periodista es un sujeto sobre quien recae el mayor de los odios de un jefe de prensa); aunque usted haya hecho bueno el chiste de Gila: “Que quiero hacer pis”; “en Grecia, señora, en Grecia”. Todo ello es comprensible. De verdad se lo digo: un cargo público que se precie tiene que parecer una bicicleta, que si se para se cae. ¿O no?

Lo que ya no me gustó tanto es que le sonara a chino lo que pasa en El Parral, en donde su Ministerio tiene paralizado un crédito presupuestario de más de 800.000 euros por la no resolución de un asunto puramente administrativo. Y mientras tanto, el retablo sigue con sus problemas de ensamblaje y los cenotafios de los marqueses de Villena descomponiéndose. Hablamos de un monumento nacional cuya titularidad es del Estado. ¿Viene usted a Segovia y ni siquiera le informan de las cuestiones pendientes que afectan a su Ministerio? Cuanto más tratándose de El Parral, que no es cualquier cosa para los segovianos (me atrevería a decir que para el conjunto de los españoles, pero ahí me quedo, que no quiero venirme arriba). A eso se le llama, en su sentido literal, ser un indocumentado. En el mejor de los supuestos.

¿Viene usted a Segovia y ni siquiera le informan de las cuestiones pendientes que afectan a su Ministerio? Cuanto más tratándose de El Parral, que no es cualquier cosa para los segovianos. A eso se le llama, en su sentido literal, ser un indocumentado

Pero se lo voy a explicar, porque usted pertenece a un partido históricamente nacionalista (catalán) como es el PSC y me va entender. Para una comunidad sus instituciones y sus monumentos conforman sus raíces. Culturales e históricas. Segovia posee esas joyas jurídicas que son las Comunidades de Villa y Tierra o, como en el caso de la capital, de Ciudad y Tierra. Unas especie de repúblicas independientes en la organización de sus bienes. De ciudades-Estado. Como tuvo sus fueros de repoblación y de extremadura, ejemplos de protección de derechos humanos. Las Comunidades todavía existen. Diez siglos después. Aunque, sistemáticamente, desde 1480, a las buenas o a las malas, por usurpaciones o por contratos obligados, vayan perdiendo terreno ante otros poderes. Parece la historia de una continua pérdida. Mire si somos perdedores que formamos la única comunidad de ciudadanos que fue obligada –por ley orgánica estatal- a pertenecer a una autonomía. Una especie –perdone la inexactitud jurídica- de 155 perpetuo. Le sonará la cosa.

También tiene monumentos. En esto no me voy a extender. Algunos habrá visto en su garbeo. Me consta por las fotos que le hicieron. Y entre esos está Santa María de El Parral. Mire, Segovia se parece a Cataluña en que ninguna de las dos comunidades ha tenido un rey que decir suyo. Los de los catalanes eran de la Casa de Aragón, y aquí de la de Borgoña, primero, y luego de la de Trastámara. Pero uno de ellos, Enrique IV, era muy segoviano. Fue de los primeros en recibir en su persona el famoso pasmo del que le hablaba. Le duró toda la vida. Junto con el marqués de Villena levantó el Monasterio de El Parral, que es una joya. Y una institución. La última mirada de mis ojos antes del sueño y la primera al saludar el nuevo día se depositan en la enorme rotundidez de su fábrica, aunque me chirríen sus tejaroces y sus tejas nuevas de canal y cobija -tan poco nuestras-, que una comisión provincial de patrimonio tuvo a bien admitir en su día. Pero, oiga, me atrae esa tensión entre el Gótico y el Renacimiento, ninguno de los dos puros en sus líneas, sino personalizados por sus maestros de obras: Juan Guas y Rodrigo Gil de Hontañón. Que no eran cualquier cosa.

Dentro están los cenotafios, obras de arte en alabastro y caliza –ay, la caliza-, muy del estilo de los Gil Morlanes y de Damián Forment. También se alza la joya renacentista del retablo mayor. Un estudio encargado por su Departamento hace años levantaba la voz de alarma sobre este último: “La situación es de extrema debilidad”. Hace años, ministro.

Decía que íbamos de mal a peor. Y se lo justifico. El 6 de febrero de 1927 también se dio un garbeo por aquí el ministro de Instrucción Pública, Eduardo Callejo. Aun estuvo todo el día. Incluso le dio tiempo de oír misa. La visita fue productiva: se comprometió a consignar 300.000 pesetas de las de la época en tres ejercicios consecutivos para las obras en el Monasterio. Poco después, en la Dictablanda de Berenguer, su sucesor, Elías Monzo, habilitó otro de 20.000 pesetas para que las obras siguieran. Salvaron de la ruina a El Parral. Estaban bien documentados. Desde entonces, distintos gobiernos se han implicado en el monumento. No se quede atrás, hombre. Lidere la recuperación del retablo y de los cenotafios. Visítelos. Piense que en el Monasterio reside el último reducto de la orden jerónima en la Cristiandad. Su prior, fray Andrés García, OSH, rezará por usted. Y los segovianos de toda condición quedaremos muy felices al ser testigos de que, por fin, usted sabe de Santa María de El Parral y puede hablar con orgullo de ella.

Atentamente.