Carlos Arnanz Ruiz – Miguel Velasco no me lee

Me parece oportuno introducir, aunque solo sea de tarde en tarde, algún divertimento en medio de tanta “gravedad” como se escribe en este mundo de locos. “Chincha rabiña, que tengo una piña, llena de piñones y tu no los comes” decíamos de niños a modo de dardo arrojadizo contra un compañero.

Pues bien, si el excelente periodista y gran amigo Miguel Velasco no me lee, sus razones tendrá. No voy, por ello, a lanzarle ningún dardo arrojadizo. Y menos, aun, emprender una riña de abuelos por tal motivo. ¿Qué no me lee? Allá él que yo no solo le leo sino que invito a los lectores de El Adelantado a seguir fielmente su columna de los lunes.

¿Y cómo sé que no me lee? Pues muy sencillo. La tarde-noche que se inauguró la exposición sobre Durero en el Torreón de Lozoya el pasado 17 de enero, debida a la munificencia de Bankia y la Fundación Caja Segovia, nos encontramos en la plaza de los Huertos y proseguimos juntos para asistir al acto.

Le saludé, me saludó y a continuación, le dije que le leía. Miguel se quedó momentáneamente en silencio y queriendo interesarse por mis actividades literarias se apresuró a preguntarme por lo que me traía entre manos y si había publicado algo últimamente. Le respondí que hacía tan solo cuatro días y justo al lado de su columna de los lunes, El Adelantado me había ofrecido un excelente espacio en la segunda.

Se quedó un tanto desconcertado y reaccionando de inmediato, añadió que andaba bastante ocupado y que tenía varios periódicos todavía sin leer…

Derivó luego la conversación por muchos y variados derroteros hasta que, ya en la Sala de Tapices de El Torreón de Lozoya, los presentadores del acto acabaron por captar totalmente nuestra atención.

Agotado el tiempo de nuestra estancia en tan singular espacio, nos despedimos casi a la puerta del edificio, tomando caminos distintos. Y al pronto y ya en mi soledad, me vino el recuerdo recientemente asentado de que Miguel no me leía. Sin embargo yo si le leo. Y no solo a él, sino a todos cuantos escriben en este diario, ya sean artículos de opinión, reportajes, cartas a la Directora, obituarios… Incluso echo de menos los escritos de colaboradores ya fallecidos.

Pero a Miguel le leo, además, porque sigo sus pasos desde hace medio siglo cuando algunos los dábamos juntos. Recuerdo, por ejemplo, CREATIVIDAD, un estudio de Relaciones Públicas cuya oficina estuvo al principio de la calle de San Francisco. Su frenética actividad duro seis meses porque los cuerpos no daban para más.

Fue fundado conjuntamente por Dolores Rapp, Luis Martín, Miguel Velasco y un servidor. Y fue un experimento al que D. Manuel González Herrero nos ofreció ciertos consejos a la hora de su “legalización”. Más bien no hicimos nada y solo ver qué pasaba y pasó que en 360 días organizamos un concurso de Mis Segovia; un homenaje a Cándido, Mesonero Mayor de Castilla, a cargo de La Chaîne des Rotisseurs; una fiesta con vaquilla en la plaza mayor de Turégano, para divertimento de alumnos extranjeros traídos a la capital segoviana por Centro Segovia; una expo de vitolas de puros; una excursión a Guadalupe que tenía por fin un homenaje de la Academia de Historia y Arte de San Quirce al rey segoviano por excelencia D. Enrique IV….podía seguir hasta aburrir.

CREATIIVIDAD “estudio de rrpp” fue un experimento pionero en Segovia cuando las rrpp se confundían con la publicidad y muy lejos de su aforismo esencial de “Hacerlo bien y hacerlo saber”.

Comenzó la broma con el arreglo del piso que habíamos alquilado, ya he dicho que al principio de la calle de San Francisco. Y lo primero que hicimos para su acondicionamiento como sede, fue pintar techos y paredes. Para “echar una mano”, Miguel se presentó una mañana, acompañado de un amigo suyo muy bajito. Una de las personas que, sin ser enano, apenas levantaba la estatura de un niño pequeño.

Al llegar al piso, Miguel le endilgó una brocha para que pintara el techo. Como esta persona manifestara reticencias al respecto, Miguel le dijo: -tú pinta y calla. Estuvimos un rato vagueando y como no había mucho entusiasmo por la pintura, abandonamos el local y nos dedicamos a celebrar en un bar próximo la futura inauguración de nuestra novedosa propuesta.

Si tuviera que seleccionar uno de los actos más destacables de los numerosos que realizamos a la sazón, me quedaría con la visita que hicimos a la Catedral con los miembros de la Chaîne de Rotisseurs. Quisieron éstos rendir un homenaje a Cándido, Mesonero Mayor de Castilla y durante varios días nos encargamos del oportuno programa.

El más destacado, por su vistosidad, fue una visita nocturna a la Catedral segoviana. Como esta visita era previa a la cena de gala, todo el mundo iba vestido con sus mejores galas, es decir de rigurosa etiqueta.

La puerta principal de la Catedral estaba cerrada. Alguien dio tres aldabonazos en la misma y pidió abrirla. Desde dentro preguntaron “quien va” y el que llamaba dijo que el Gran Bailio de la famosa asociación que tiene antecedentes en el siglo XI.

Se abrió entonces la puerta y entramos a un interior totalmente oscuro, prácticamente a tientas. Y cuando comenzamos a dar los primeros pasos el organista de la Catedral, D. Celso, tocó los primeros compases de la fuga de Bach mientras progresivamente y al tiempo que sonaban las notas ascendentes, se iban encendiendo luces de las más cercanas y débiles a las más alejadas e intensas.

Los invitados quedaron sorprendidos por la espectacularidad de la puesta en escena que les dirigió al claustro donde aún permanecía una exposición de arte religioso que pocos días antes había inaugurado el Príncipe de España.

Después de la visita a la misma, los asistentes se trasladaron, en vistoso cortejo precedido de insignias, banderas y distintivos diversos, por la calle Real abajo hasta el Azoguejo. En el mesón de Cándido esperaban los dulzaineros, tamboriteros y un grupo de danza…

Y por supuesto los diversos platos de un menú eminentemente segoviano.

Cuando Miguel Velasco nos explicaba a los componentes de CREATIVIDAD su idea de que D. Celso acompasara el órgano con el encendido de luces, una y otra vez solía repetir “entonces D. Celso, subido en el palomar”…


(*) Académico Honorario de San Quirce.