Campo Azálvaro: un paisaje segoviano olvidado

«Habiéndose tratado prolijo pleito nuestra ciudad (Segovia) con la de Ávila y con Teresa González sobre la dehesa que nombran Campo Azálvaro, los oidores del Consejo Real, Juan Alfonso, Diego del Corral, Alvar Martínez y Pedro Fernández, en Madrigal, donde estaba la corte en nueve de diciembre de este año (1381 d.c.), pronunciaron sentencia en favor de nuestra Ciudad y Tierra, que hoy lo posee».

De esta guisa se hace eco don Diego Colmenares, el que fuera párroco de la iglesia de San Juan de los Caballeros y autor de ‘Historia de la insigne Ciudad de Segovia y compendio de la Historia de Castilla’, publicada en 1637, del pleito suscitado en el siglo XIV, entre Segovia y Ávila, por los feraces pastos de Campo Azálvaro.

Este antiguo pleito —que como todo buen pleito que se precie de serlo debido prolongarse durante años y terminó con el reparto entre ambas ciudades castellanas de tan codiciado paraje— nos muestra la importancia que Campo Azálvaro tenía para los dos grandes centros de poder político-económico de esta parte de la Castilla de aquella época: Segovia y Ávila.

Pensemos que en aquellos tiempos la reconquista de los territorio ocupados por los musulmanes va viento en popa, al igual que ocurre con el desarrollo de la ganadería extensiva, cuya consolidación se había producido el siglo anterior con la creación del Honrado Concejo de la Mesta de los Pastores de Castilla por Alfonso X –El Sabio–.

La peste del año 1348 hundió a los reinos peninsulares en una crisis económica y sólo Castilla pudo superarla gracias a su riqueza ganadera

El siglo XIV fue un período convulso. La peste del año 1348 hundió a los reinos peninsulares en una crisis económica y sólo Castilla pudo superarla gracias a su riqueza ganadera, fundamento de su posterior hegemonía. Los grandes rebaños castellanos, que suministraban la lana que después se exportaba a Europa, necesitaban grandes zonas de pastos, y en su devenir por los caminos de la trashumancia requerían amplios lugares para recuperarse del esfuerzo.

Por ello, Campo Azálvaro, con pastos y agua abundantes, debió ser un punto estratégico en este sistema económico de la Castilla medieval, ya que estaba a medio camino en el desplazamiento Norte-Sur/Sur-Norte de los rebaños trashumantes. De ahí viene su enorme valor y que su posesión fuera codiciada por los propietarios de los ganados, pues no hay que olvidar que en aquella época los concejos de esas dos ciudades estaban integrados y dominados por los nobles locales, que eran, a su vez, los propietarios de los mejores y más grandes rebaños.

Por otro lado, resulta curioso que en la cita de Colmenares se califique a Campo Azálvaro como una dehesa. Aunque quizás en aquellos tiempos este término no tuviera el mismo significado de hoy día, es probable que la fisonomía de Campo Azálvaro fuera algo distinta de cómo es actualmente y que tuviera más arbolado. Seguramente el continuo uso ganadero que inmemorialmente ha tenido esas tierras sea el responsable de su deforestación actual.

Sea como fuere, modelado por la acción de los rebaños y por las generaciones de mujeres y hombres que nos han precedido en el tiempo, Campo Azálvaro ha llegado a nuestros días como un ‘fósil histórico’ ligado al aprovechamiento ganadero ̶̶ en palabras de Serafín de Tapia, catedrático de la Universidad de Salamanca, constituyendo un “paisaje singular” que nos conecta con nuestra historia y que forma parte importante de un legado cultural que tenemos la obligación de conservar.

El paisaje de Campo Azálvaro evoca parajes desolados, distantes, indómitos,.., como el ‘far west’ norteamericano, la Siberia rusa o las sabanas africanas que vemos en el cine y la televisión. Por ello, desde hace décadas, este lugar ha sido utilizado para rodar numerosos spots publicitarios, lo que prueba la calidad de su fotogenia.

Quizás algún lector podrá pensar que es una ‘frivolidad’ hablar de la conservación del paisaje en medio de la crisis sanitaria y económica que hoy sufrimos; pero a esta objeción debo contestar que el paisaje es un elemento importante de la calidad de vida de las poblaciones, desempeña un papel importante de interés general en los campos cultural, ecológico, medioambiental y social, y constituye un recurso favorable para la actividad económica, cuya protección, gestión y ordenación pueden contribuir a la creación del empleo (Convenio Europeo del Paisaje. Florencia 20.X.200).

Asimismo, el paisaje constituye un elemento integrador del patrimonio natural de Castilla y León, que los poderes públicos tienen la obligación de reconocer, proteger, gestionar y ordenar, con la finalidad de preservar sus valores naturales, patrimoniales, culturales, sociales y económicos en un marco de desarrollo sostenible (art. 15 de la Ley 4/2015, de 24 de marzo, del Patrimonio Natural de Castilla y León).

Desgraciadamente, como en otras tantas ocasiones, en esta bendita región, cuna de mis mayores, esos laudables propósitos “se los lleva el viento”. Hace unos días he comprobado el resultado de la obra de ‘mejora’ de una parte del tramo abulense de la carretera AV-500/SG-500, inaugurada el mes pasado, y con todo respeto para el que pueda opinar lo contrario, creo que solo puede calificarse como un despropósito. Ni siquiera con la excusa de mejorar la seguridad vial se justifica esa aberración. Los responsables de esa obra ni han ponderado la afección al paisaje ni han tenido en cuenta los valores naturales que alberga Campo Azálvaro.

Ahora queda pendiente la obra del tramo segoviano y mucho me temo que el resultado va a ser aún peor. Lamentablemente Campo Azálvaro no representa nada para los segovianos del siglo XXI. Ya no hay motivo para confrontar con Ávila por Campo Azálvaro, defendiendo su protección frente a una actuación absurda que solo beneficiará a unos pocos.

Es un paisaje olvidado, que, si la Providencia no lo remedia, pasara a la historia y solo quedará el recuerdo en la memoria de los que hemos tenido la fortuna de conocerlo y disfrutarlo.