Cambó

Durante años he contemplado el retrato de Michelle Marullo de Tarcaniota (c.1491), en el rincón de una sala del Museo del Prado —estaba prestado temporalmente: ahora los herederos de Francesc Cambó, su propietario inicial, lo han recuperado y desean venderlo—; he pasado largas horas frente a él, emocionándome con la tristeza del exiliado que durante toda su vida añoró la patria ausente, Bizancio. Y empatizaba con la tristeza que debió de sentir también Cambó en su exilio y que dejó magníficamente expresada en sus escritos: “Al cruzarse la mirada mía con la mirada penetrante del retrato de Marullo, las dos encontrarán que tienen algo en común: ambas serán las miradas de unos patriotas que lloran y añoran la patria perdida”.

Últimamente, cada vez que conozco los resultados de unas elecciones catalanas pienso en este hombre, y en la oportunidad que pudo ser y a la postre no ha sido: una burguesía catalana culta, potente, industriosa, orgullosa de sus raíces catalanas pero también españolas. La burguesía española —salvo gloriosas excepciones, generalmente periféricas— se adocenó durante el siglo XIX con la posesión de predios y de solares. Engrosaron su patrimonio con adquisiciones en las sucesivas desamortizaciones, y dejó la acción en las manos de los militares y de partidos encorsetados en un modo feudal de hacer política. Toda la obra de Galdós está repleta de estos rentistas de vida ociosa y poca industria.

Patriota

Cambó fue ministro en 1918 (Fomento) y en 1921 (Finanzas), en los estertores de lo que ya era antiguo régimen político español. Y cuando el golpe de Primo de Rivera adoptó el exilio interior y se dedicó a los negocios y al arte. No gozó de simpatía en algunos sectores. Antonio Machado lo denominó cuervo negro. Pero su inteligencia política y su amor a España y a Cataluña permanecieron incólumes. Y lo demostró con hechos. En 1931, ya con la República, intentó conseguir un escaño. No lo obtuvo. Sí lo hizo en 1933. El 6 de diciembre de 1935 pronuncia un discurso en las Cortes Generales, en el que expone sus intenciones: “Desde el tiempo en que más el azar de las circunstancias que mis propios méritos puso en mis manos una fortuna de alguna consideración, yo creí que tenía que repartirla, principalmente, en atenciones culturales, y una de las preocupaciones máximas de mi espíritu fue la de conseguir para España un complemento a lo que es en pintura la colección formidable del Museo del Prado”.

La mejor pinacoteca del mundo reunía la fabulosa colección real de pintura barroca, arte flamenco y pintura veneciana

La mejor pinacoteca del mundo reunía la fabulosa colección real de pintura barroca, arte flamenco y pintura veneciana, pero adolecía de buena representación de pintura toscana —excepción hecha de la maravillosa Anunciación, de Fra Angélico—, y de pintura holandesa —la obra de Rembrandt, Artemisa, no da idea del genio de su autor—. Cambó adquirió y donó al Prado tres de las cuatro escenas que componen la magnífica Historia de Nastasio degli Onesti (1483), de Sandro Botticelli. Y prestó el cuadro de Marullo de Tarcaniota, del mismo autor. Lo mismo hizo con el Museo de Barcelona —hoy MNAC— adquiriendo obras para enriquecer sus colecciones de arte románico y gótico. No poco patriotismo demostró, y además del bueno: aquel que va ligado a actos y no se queda en banderas y palabras.

España y Cataluña

Rufino Cano, fundador de este periódico, tenía en gran estima la inteligencia política de Francesc Cambó. Seguía puntualmente sus pasos. En 1930, el político catalán, atento a lo que se avecinaba, abrió un despacho en el Hotel Ritz de Madrid. Por ahí pasaron tirios y troyanos. Lo visitó Ortega y Gasset antes de publicar el Manifiesto de la Agrupación al Servicio de la República, a la que le hemos dedicado un especial hace poco. Ortega salió echando pestes del encuentro. Cambó no creía en esa república diseñada por los intelectuales que según él pecaba de idealista. Su visión era ciertamente agorera aunque previsora; para él ese proyecto terminaría consumido por las masas, y en especial por el bolchevismo y el anarquismo. La polémica con Ortega tuvo reflejo detallado en las páginas de este periódico (vid.: por ejemplo, El Adelantado del 19 de marzo de 1931): es historia viva.

Queda ahora más lejos la posibilidad de que Michelle Marullo sea definitivamente un símbolo político de las Españas que fueron

Tampoco se calló sobre el peligro que para la República española suponían personajes como Francesc Macià y Lluis Companys; es decir el Estat Català y la posterior ERC. La deslealtad de los nacionalistas hacia la República no tardaría en evidenciarse: primero, el 14 de abril de 1931; después, el 6 de octubre de 1934, esta segunda vez de la mano de Companys, porque Macià ya había muerto. Companys fue encarcelado. La historia se repite. A la Lliga de Cambó le pilló en medio, vapuleada por los unos y por los otros. Tras el Golpe de Estado del 18 de julio de 1936, Cambó, como lo hiciera Miguel de Unamuno, se avergonzó de su apoyo inicial a Franco. Murió exiliado en Argentina. Doblemente exiliado, de España —a la que preparaba volver, aunque fuera de manera puntual— y de Cataluña; doblemente frustrado: de la incapacidad de moderación en la época y de no haber conseguido ensartar a Cataluña en España: desde entonces se vive la dialéctica de vencedores y vencidos, que todavía dura, y ahora más que nunca. Otro representante Cambó de la Tercera España. La de Manuel Chaves Nogales. La de Miguel de Unamuno. La de tantos a quienes helaron el corazón las dos Españas. Su única hija, Helena, acaba de morir hace menos de un mes. Queda ahora más lejos la posibilidad de que Michelle Marullo sea definitivamente un símbolo político de las Españas que fueron.