Boris y la Pérfida Albión

Tengo que reconocer, como aviso a navegantes, que creo que las comunidades de individuos poseen unos elementos definitorios de carácter general, con los altibajos históricos y con las excepciones que se quiera. Se puede buscar el perfil de lo español, como se puede deducir el carácter de los serbios –en fin, me muerdo la lengua-, de los holandeses, de los franceses. El carácter de un pueblo es su destino. Parafraseo a los griegos.

Cuando se rompió el imperio fue la Commonwealt, con la reina a la cabeza, la que mantuvo hilado ese puzle tan heterogéneo de pueblos, aunque sus costuras fueran muy débiles

Gran Bretaña es un país que se encandila con las formas, y más si proceden de la historia; venera la costumbre aunque se deduzcan de ella principios que luego no se residencian en ley positiva alguna. Y ensalza las instituciones como manera de sostener incluso la vida cotidiana. Paradójicamente no tiene Constitución; paradójicamente es el Common Law –una especie de derecho común conformado por resoluciones judiciales- el que rige en las relaciones personales, eso que en los países de tradición romanista llamamos Derecho Civil. Esas formas, esas instituciones, esas costumbres que normativizan la convivencia poseen la misma función que el hilo que ensarta los ojos de diversas agujas. Si se parte, todo se va al garete. Por eso la Corona funciona como símbolo y como referente de estabilidad social; del status quo y de la unidad. Cuando se rompió el imperio fue la Commonwealt, con la reina a la cabeza, la que mantuvo hilado ese puzle tan heterogéneo de pueblos, aunque sus costuras fueran muy débiles. En ese contexto, demuestra una ignorancia supina quien equipara la relación Escocia-Inglaterra con la de Cataluña y el resto de España. Ambos países se asociaron en 1707 por el Acta de la Unión, que permitió a Escocia recuperarse financieramente tras sus veleidades imperialistas en Panamá. Escocia siempre mantuvo una relativa independencia y ante todo la posibilidad de denunciar un tratado al que se oponía el 99% de sus ciudadanos (según informe del Daniel Defoe, espía inglés y autor del supremacista Robinson Crusoe).

He hablado de supremacismo en la última línea. Esa es otra de las características de este pueblo, capaz de convertir –por su alto y excesivo concepto de sí mismo- cualquier circunstancia negativa en una positiva. El 15 de abril de 1989, en el estadio de Hillsborough, en Sheffield, murieron 97 personas aplastadas contra las vallas de un estadio de fútbol. Tuvieron que pasar veintitrés años, veintitrés, para que se conociera la resolución de una comisión de investigación. El premier David Cameron –uno de los dirigentes más nefastos que ha conocido el país- lo vendió como ejemplo de transparencia y de buen hacer oficial. Se puso el acento en el informe más que en los hechos luctuosos. ¿Hubiera sido reproducible esta situación en España? No lo creo. Del periodismo británico se pondera la presunta objetividad de la BBC, y se olvida el amarillismo de los tabloides ingleses, ejemplo de anti periodismo. Goza de fama la flema de la clase dirigente pero se pasa por alto la zafiedad, la mala educación, la grosería de las clases populares, sobre todo fuera de la isla. No es Dowton Abbey el único ejemplo de lo inglés, también lo son los desarrapados que inundan Benalmádena y Magaluf. Pero su supremacismo y el atolondramiento europeo –yo mismo en ocasiones idolatro su siglo XIX- hace que el foco se dirija en una sola dirección.

Boris Johnson es un ejemplo de las contradicciones internas de este país

Boris Johnson es un ejemplo de las contradicciones internas de este país. Conservador pero, desde su supremacismo, con un gusto desmedido por lo excéntrico; revolucionario –Gran Bretaña tuvo muy pronto un gobierno socialista, en 1924- pero con una tendencia a que el cerco nunca termine de romperse. Democrático en casa pero incapaz de defender los derechos humanos en los pueblos más primitivos. Rural –hasta crear una clase especial de la nobleza- mas también cosmopolita. Un país que se dice serio pero que proscribe en cualquier conversación todo lo que no sea banal o intranscendente.

Johnson se educó en Eton y en Oxford, en donde se doctoró. No es un estúpido. Pero su comportamiento es el de un extravagante (la extravagancia en Inglaterra solo se les permite públicamente a la alta burguesía y a la nobleza). Es capaz de escribir una entretenidísima obra sobre Churchill –otro personaje que encierra en sí todas las contradicciones inglesas- pero la documenta con pulcritud. En ‘El factor Churchill’ hay defensa de lo necesario de una Europa unida y, sin embargo, su paso por Bruselas, como corresponsal del periódico The Daily Telegraph, es de un despropósito anti UE que llega a lo hilarante. Recomiendo la lectura de la biografía del histórico premier, como recomiendo la de su novela ‘Seventy two virgins’ –’Setenta y dos vírgenes’-. Como ha señalado el periodista Fintan O´Toole, en el protagonista, Roger Barlow, está la esencia de Johnson y, también, digo, de esta clase alta inglesa llena de prejuicios y de necesidad constante de autoafirmación: “Había algo lascivo en su necesidad de leer su propia autodestrucción, igual que había algo extraño en la manera en que había sido impelido a mantener el rumbo que había tomado. Tal vez no fuera un ákrata genuino. Tal vez sería más exacto decir que le movía el impulso del thánatos”. Premonición de lo que hoy le sucede. Nada les gusta más a los sajones que apelar a conceptos latinos o griegos. Toque de distinción. Aunque después desprecien a los PIGS. Es la estudiada excentricidad, distancia, flema, gusto por las formas que oculta la eterna contradicción en el país y en sus representantes entre ser y aparentar.